|
"Para
mis pies antorcha es tu palabra, luz
para mi sendero"
(Sal 118[119],105)
Desde
hace veinte años, gracias al
Papa Juan Pablo II, el Domingo de
Ramos se ha convertido de manera particular
en el día de la juventud, el
día en que los jóvenes
del todo el mundo salen al encuentro
de Cristo, deseando acompañarle
en sus ciudades y sus países
para que esté entre nosotros
y pueda establecer en el mundo su
paz. Si queremos salir al encuentro
de Jesús y caminar después
con él por su camino, tenemos
que preguntar: ¿Por qué
camino quiere guiarnos? ¿Qué
nos esperamos de él? ¿Qué
se espera de nosotros?
Para comprender lo que sucedió
el Domingo de Ramos y saber qué
significa no sólo para aquella
época sino para todos los tiempos,
resulta importante un detalle, que
para sus discípulos se convirtió
en la clave para comprender aquel
acontecimiento cuando, después
de Pascua, recordaron con una nueva
mirada aquellos días tumultuosos.
Jesús entra en la Ciudad Santa
a lomos de un asno, es decir, el animal
de la sencilla gente del campo, y
además un asno que no le pertenece,
que ha tomado prestado para esta ocasión.
No llega en una lujosa carroza real,
ni a caballo como los grandes del
mundo, sino en un asno tomado prestado.
Juan nos cuenta que en un primer momento
los discípulos no entendieron
esto. Sólo después de
la Pascua se dieron cuenta de que
de este modo Jesús estaba cumpliendo
los anuncios de los profetas, mostraba
que su acción derivaba de la
Palabra de Dios y la llevaba a su
cumplimiento. Se acordaron, dice Juan,
de que en el profeta Zacarías
se lee: "No temas, hija de Sión;
mira que viene tu Rey montado en un
pollino de asna" (Juan 12, 15;
Cf. Zacarías 9, 9). Para comprender
el significado de la profecía
y de este modo la acción de
Jesús, tenemos que escuchar
todo el texto de Zacarías que
sigue diciendo: "El suprimirá
los cuernos de Efraím y los
caballos de Jerusalén; será
suprimido el arco de combate, y él
proclamará la paz a las naciones.
Su dominio irá de mar a mar
y desde el Río hasta los confines
de la tierra" (9,10).
De este modo, el profeta hace tres
afirmaciones sobre el rey venidero.
En primer lugar, dice que será
un rey de los pobres, un pobre entre
los pobres y para los pobres. La pobreza
se entiende en este caso en el sentido
de los "anawim" de Israel,
de esas almas creyentes y humildes
que vemos alrededor de Jesús,
en la perspectiva de la primera bienaventuranza
del Sermón de la montaña.
Uno puede ser materialmente pobre
pero tener el corazón lleno
del ansia de riqueza y del poder que
deriva de la riqueza. El hecho de
que vive en la envidia y en la avaricia
demuestra que, en su corazón,
forma parte de los ricos. Desea trastocar
la repartición de los bienes,
pero para que él mismo se encuentre
en la situación que antes ocupaban
los ricos. La pobreza en el sentido
de Jesús --en el sentido de
los profetas-- presupone sobre todo
la libertad interior de la avaricia
y del afán de poder. Se trata
de una realidad más grande
que una repartición diferente
de los bienes, que se limitaría
al campo material, y que haría
aún más duros los corazones.
Se trata, ante todo, de la purificación
del corazón, gracias a la cual
se reconoce que la posesión
es responsabilidad ante los demás,
que bajo laminada de Dios y se deja
guiar por Cristo que, siendo rico,
se hizo pobre por nosotros (Cf. 2
Corintios 8, 9). La libertad interior
es el presupuesto para superar la
corrupción y la avaricia que
a estas alturas devastan el mundo;
esta libertad puede encontrarse sólo
si Dios se convierte en nuestra riqueza;
sólo puede encontrarse en la
paciencia de las renuncias cotidianas,
en las que se desarrolla como libertad
auténtica. En el Domingo de
Ramos aclamamos al rey que nos indica
el camino hacia esta meta, Jesús,
y le pedimos que nos lleve consigo
en su camino.
En segundo lugar, el profeta nos muestra
que este rey será un rey de
paz: hará que desaparezcan
los carros de guerra y los caballos
de batalla, romperá los arcos
y anunciará la paz. En la figura
de Jesús esto se concretiza
con el signo de la Cruz. Es el arco
roto, en cierto sentido el nuevo,
el auténtico arco iris de Dios,
que une el cielo y la tierra y tiende
puentes entre los continentes sobre
los abismos. La nueva arma que Jesús
pone en nuestras manos es la Cruz,
signo de reconciliación, signo
del amor que es más fuerte
que la muerte. Cada vez que nos hacemos
la señal de la Cruz tenemos
que acordarnos de no responder a la
injusticia con otra injusticia, a
la violencia con otra violencia; tenemos
que acordarnos de que sólo
podemos vencer al mal con el bien,
sin ofrecer mal por mal.
La tercera afirmación del profeta
es el preanuncio de la universalidad:
el reino del rey de la paz se extiende
"de mar a mar
hasta los
confines de la tierra". La antigua
promesa de la Tierra es sustituida
aquí con una nueva visión:
el espacio del rey mesiánico
ya no es un país determinado,
que se separaría de los demás,
y que inevitablemente tomaría
posición contra los demás
países. Su país es la
tierra, el mundo entero. Superando
toda delimitación, en la multiplicidad
de las culturas, crea unidad. Penetrando
con la mirada en las nubes de la historia,
vemos aquí cómo emerge
desde lejos en la profecía
la red de las comunidades eucarísticas
que abraza a todo el mundo, una red
de comunidades que constituyen el
"Reino de la paz" de Jesús,
de mar amar hasta los confines de
la tierra. Él llega a todas
las culturas y a todas las partes
del mundo, por doquier, a las miserables
cabañas y a los pobres pueblos,
así como al esplendor de las
catedrales. Por doquier él
es el mismo, el Único, y de
este modo todos los orantes reunidos,
en la comunión con él,
están unidos también
entre sí en un único
cuerpo. Cristo gobierna haciéndose
nuestro pan y entregándose
a nosotros. De este modo construye
su Reino.
Este nexo se resulta totalmente claro
en otra frase del Antiguo Testamento
que caracteriza y explica lo sucedido
en el Domingo de Ramos. La muchedumbre
aclama a Jesús: "¡Hosanna!
Bendito el que viene en el nombre
del Señor" (Marcos 11,9;
Salmo 117[118], 25s). Esta frase forma
parte del rito de la fiesta de las
cabañas, durante la cual los
fieles se mueven en corro en torno
al altar, llevando en las manos ramos
de palma, arrayán y sauce.
Ahora la gente lanza este grito ante
Jesús, en quien ve quien viene
en el nombre del Señor: la
expresión: "El que viene
en nombre del Señor",
de hecho, se había convertido
en la manera de designar al Mesías.
En Jesús reconocen a quien
verdaderamente viene en el nombre
del Señor y trae la presencia
de Dios entre ellos. Este grito de
esperanza de Israel, esta aclamación
a Jesús durante su entrada
a Jerusalén, se ha convertido
con razón en la Iglesia en
la aclamación a quien, en la
Eucaristía, nos sale al encuentro
de una manera nueva. Saludamos a quien
en la Eucaristía siempre llega
entre nosotros en el nombre del Señor
uniendo en la paz de Dios los confines
de la tierra. Esta experiencia de
la universalidad forma parte de la
Eucaristía. Dado que el Señor
viene, nosotros salimos de nuestras
realidades exclusivistas y pasamos
a formar parte de la gran comunidad
de todos los que celebran este santo
sacramento. Entramos en su reino de
paz y aclamamos en él en cierto
sentido a nuestros hermanos y hermanas,
por quienes viene para crear un reino
de paz en este mundo lacerado.
Las tres características anunciadas
por el profeta --pobreza, paz, universalidad--
están resumidas en el signo
de la Cruz. Por este motivo, y con
razón, la Cruz se ha convertido
en el centro de las Jornadas Mundiales
de la Juventud. Hubo un período
--y no quedado totalmente superado--
en el que se rechazaba el cristianismo
precisamente a causa de la Cruz. La
Cruz habla de sacrificio, se decía,
la Cruz es signo de negación
de la vida. Nosotros, sin embargo,
queremos la vida entera, sin restricciones
y sin renuncias. Queremos vivir, nada
más que vivir. No nos dejamos
limitar por los preceptos y las prohibiciones
--se decía y se sigue diciendo--;
queremos riqueza y plenitud. Todo
esto parece convincente y seductor;
es el lenguaje de la serpiente que
nos dice: "No os dejéis
atemorizar! ¡Comed tranquilamente
de todos los árboles del jardín!".
El domingo de los Ramos, sin embargo,
nos dice que el auténtico gran
"sí" es precisamente
la Cruz, que la Cruz es el auténtico
árbol de la vida. No alcanzamos
la vida apoderándonos de ella,
sino dándola. El amor es la
entrega de nosotros mismos y, por
este motivo, es el camino de la vida
auténtica simbolizada por la
Cruz. Hoy se entrega la Cruz que fue
el centro de la Jornada Mundial de
la Juventud en Colonia a una delegación
para que comience su camino hacia
Sydney, donde en el año 2008
la juventud del mundo quiere reunirse
de nuevo alrededor de Jesús
para construir junto a él el
reino de la paz. ¡De Colonia
a Sydney, un camino a través
de los continentes y las culturas,
un camino a través de un mundo
lacerado y atormentado por la violencia!
Simbólicamente es como el camino
de mar a mar, desde el río
hasta los confines de la tierra. Es
el camino de quien, con el signo de
la Cruz, nos entrega la paz y hace
de nosotros portadores de su paz.
Doy las gracias a los jóvenes
que llevarán por los caminos
del mundo esta Cruz, en la que casi
podemos tocar el misterio de Jesús.
Pidámosle que al mismo tiempo
abra nuestros corazones para que,
siguiendo su cruz, nos convirtamos
en mensajeros de su amor y de su paz.
Amén.
Traducción
del original italiano realizada por
Zenit © Copyright 2006 - Libreria
Editrice Vaticana
Ver
mensaje de Cuaresma
|