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"Los
medios: red de comunicación,
comunión y cooperación"
Domingo 27 de mayo
Queridos
hermanos y hermanas
1.
Al cumplirse el cuadragésimo
aniversario de la clausura del Concilio
Vaticano II, me alegra recordar su
Decreto sobre los Medios de Comunicación
Social, "Inter Mirifica",
que señaló especialmente
el poder de los medios para ejercer
una influencia en toda la sociedad
humana. La necesidad de herramientas
que ayuden al bien de la humanidad
me ha impulsado a reflexionar, en
mi primer mensaje para la Jornada
Mundial de las Comunicaciones Sociales,
sobre la idea de los medios como una
red que facilita la comunicación,
la comunión y la cooperación.
San Pablo, en su carta a los Efesios,
describe vívidamente nuestra
vocación humana como la de
"participantes de la naturaleza
divina" ("Dei verbum",
2): por Cristo tenemos acceso al Padre
en el Espíritu; ya no somos
extranjeros y extraños, sino
ciudadanos con los santos y los miembros
de la familia de Dios, transformándonos
en un templo santo, una morada para
Dios (cf. Ef 2, 18-22). Este sublime
retrato de una vida de comunión
pone en movimiento todos los aspectos
de nuestra vida como cristianos. La
invitación a acoger con autenticidad
la autocomunicación de Dios
en Cristo significa en realidad una
llamada a reconocer su fuerza dinámica
dentro de nosotros, que desde ahí
desea propagarse a los demás
y extenderse a todo el mundo, para
que su amor sea realmente la medida
prevalente en el mundo (cf. "Homilía
para la Jornada Mundial de la Juventud",
Colonia, 21 de agosto 2005).
2. Los avances tecnológicos
en los medios han conquistado en cierta
medida tiempo y espacio, haciendo
la comunicación entre las personas
tanto instantánea como directa,
aun cuando están separadas
por enormes distancias. Este desarrollo
presenta un potencial enorme para
servir al bien común y "constituye
un patrimonio a salvaguardar y promover"
("El Rápido Desarrollo",
10). Sin embargo, como todos sabemos,
nuestro mundo está lejos de
ser perfecto. Diariamente se nos recuerda
que la inmediatez de la comunicación
no necesariamente se traduce en la
construcción de la cooperación
y la comunión en la sociedad.
Iluminar las conciencias de los individuos
y ayudar a formar su pensamiento nunca
es una tarea neutral. La comunicación
auténtica demanda valor y decisión
radicales. Requiere la determinación
de aquellos que trabajan en los medios
para no debilitarse bajo el peso de
tanta información ni para conformarse
con verdades parciales o provisionales.
Por el contrario, requiere tanto la
búsqueda como la transmisión
de lo que es el sentido y el fundamento
último de la existencia humana,
personal y social (cf. "Fides
et Ratio", 5). De esta forma,
los medios pueden contribuir constructivamente
a la propagación de todo lo
que es bueno y verdadero.
3. El llamado a los medios de comunicación
de hoy a ser responsables, a ser protagonistas
de la verdad y promotores de la paz
que ella conlleva, supone numerosos
desafíos. Aunque los diversos
instrumentos de comunicación
social facilitan el intercambio de
información, ideas y entendimiento
mutuo entre grupos, también
están teñidos de ambigüedad.
Paralelamente a que facilitan "una
gran mesa redonda" para el diálogo,
algunas tendencias dentro de los medios
engendran una forma de monocultura
que oscurece el genio creador, reduce
la sutileza del pensamiento complejo
y desestima la especificidad de prácticas
culturales y la particularidad de
la creencia religiosa. Estas son distorsiones
que ocurren cuando la industria de
los medios se reduce al servicio de
sí misma o funciona solamente
guiada por el lucro, perdiendo el
sentido de responsabilidad hacia el
bien común.
Así pues, deben fomentarse
siempre el reporte preciso de los
eventos, la explicación completa
de los hechos de interés público
y la presentación justa de
diversos puntos de vista. La necesidad
de sostener y apoyar la vida matrimonial
y familiar es de particular importancia,
precisamente porque se relaciona con
el fundamento de cada cultura y sociedad
(cf. "Apostolicam Actuositatem",
11). En colaboración con los
padres, las industrias de la comunicación
social y el entretenimiento pueden
ayudar en la difícil pero altamente
satisfactoria vocación de educar
a la niñez, con la presentación
de modelos edificantes de vida y amor
humanos (cf. "Inter Mirifica",
11). Es muy descorazonador y destructivo
para todos nosotros cuando lo opuesto
ocurre. ¿No lloran nuestros
corazones, muy especialmente, cuando
los jóvenes son sujetos de
expresiones degradantes o falsas de
amor que ridiculizan la dignidad otorgada
por Dios de cada persona humana y
socavan los intereses de la familia?
4. Para motivar tanto una presencia
constructiva como una percepción
positiva de los medios en la sociedad,
deseo reiterar la importancia de los
tres pasos identificados por mi venerado
predecesor el Papa Juan Pablo II,
necesarios para el servicio que deben
prestar al bien común: formación,
participación y diálogo
(cf. "El Rápido Desarrollo",
11).
La formación en el uso responsable
y crítico de los medios ayuda
a las personas a utilizarlos de manera
inteligente y apropiada. El profundo
impacto que los medios electrónicos
en particular ejercen al generar un
nuevo vocabulario e imágenes,
que introducen tan fácilmente
en la sociedad, no habría de
ser sobrevalorado. Precisamente porque
los medios contemporáneos configuran
la cultura popular, ellos mismos deben
sobreponerse a toda tentación
de manipular, especialmente a los
jóvenes, y por el contrario
deben impulsarse en el deseo de formar
y servir. De este modo, ellos protegen
en vez de erosionar el tejido de la
sociedad civil, tan valioso para la
persona humana.
La participación en los medios
surge de su naturaleza: son un bien
destinado a toda persona. Como servicio
público, la comunicación
social requiere de un espíritu
de cooperación y co-responsabilidad
con escrupulosa atención en
el uso de los recursos públicos
y en el desempeño de los cargos
públicos (cf. "Ética
en las Comunicaciones Sociales",
20), incluyendo el recurso a marcos
normativos y a otras medidas o estructuras
diseñadas para lograr este
objetivo.
Finalmente, los medios de comunicación
deben aprovechar y ejercer las grandes
oportunidades que les brindan la promoción
del diálogo, el intercambio
de conocimientos, la expresión
de solidaridad y los vínculos
de paz. De esta manera ellos se transforman
en recursos incisivos y apreciados
para la construcción de la
civilización del amor que toda
persona anhela.
Estoy seguro de que unos serios esfuerzos
para promover estos tres pasos, ayudarán
a los medios a desarrollarse sólidamente
como una red de comunicación,
comunión y cooperación,
ayudando a los hombres, mujeres y
niños, a prestar más
atención a la dignidad de la
persona humana, a ser más responsables
y abiertos a los otros, especialmente
a los miembros más necesitados
y débiles de la sociedad (cf.
"Redemptor Hominis", 15;
"Ética en las Comunicaciones
Sociales", 4).
Para concluir, retomo las alentadoras
palabras de San Pablo: Cristo es nuestra
paz. En él somos uno (cf. Ef
2, 14). ¡Rompamos juntos los
muros divisorios de la hostilidad
y construyamos la comunión
de amor según los designios
que el Creador nos dio a conocer por
medio de su Hijo!
Desde el Vaticano, 24 de enero 2006,
Fiesta de San Francisco de Sales.
BENEDICTUS
PP. XVI
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