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Publicamos
la homilía que pronunció
Benedicto XVI el martes 13 de septiembre
durante la santa misa que presidió
ante más de 250.000 personas
en la explanada del Islinger Feld
de Ratisbona
¡Queridos
hermanos y hermanas!
"Quien
cree nunca está solo"
es el lema de estos días. Lo
vemos aquí realizado. La fe
nos reúne y nos dona una fiesta.
Nos dona el gozo en Dios, el gozo
por la creación y por estar
juntos. Sé que esta fiesta
ha requerido mucha fatiga y mucho
trabajo previo. A través de
las noticias de los periódicos
he podido darme de cuenta un poco
de cuántas personas han comprometido
su tiempo y sus fuerzas para preparar
esta explanada en un modo así
de digno; gracias a ellos está
la Cruz aquí sobre la colina
como signo de Dios para la paz del
mundo; los caminos de acceso y de
partida están libres; la seguridad
y el orden están garantizados;
se prepararon alojamientos, etc. No
podía imaginar --de hecho ahora
lo sé sólo sucintamente--
cuánto trabajo, hasta los mínimos
detalles, ha sido necesario para que
podamos reunirnos. Por todo ello sólo
puedo decir: "¡Gracias
de corazón!". Que el Señor
os lo recompense y que el gozo que
ahora podemos experimentar gracias
a vuestra preparación, sea
devuelto multiplicado por cien a cada
uno de vosotros. Me he conmovido,
cuando he escuchado cuántas
personas, en particular de las escuelas
profesionales de Leiden y Amberg,
así como compañías
y personas, hombres y mujeres, han
colaborado para embellecer mi casa
y mi jardín. Estoy un tanto
desconcertado ante tanta bondad, y
puedo en este caso también
decir solamente un humilde "¡gracias!"
por este esfuerzo. No habéis
hecho todo esto solamente por un hombre,
por mi pobre persona; lo habéis
hecho en la solidaridad de la fe,
dejándoos guiar por el amor
por el Señor y por la Iglesia.
Todo esto es un signo de verdadera
humanidad, que nace de haber sido
tocados por Jesucristo.
Nos hemos reunido
en una celebración de la fe.
Ahora, sin embargo, surge la pregunta:
¿Pero en qué creemos
realmente? ¿Qué significa:
creer? ¿Puede todavía
existir algo así en el mundo
moderno? Viendo las grandes "Sumas"
de teología redactadas en el
Medioevo o pensando en la cantidad
de libros escritos cada día
a favor o en contra la fe, podemos
desalentarnos y pensar que todo esto
es demasiado complicado. Al final,
si se quieren ver los árboles
individualmente no se ve más
el bosque. Es verdad: la visión
de la fe comprende cielo y tierra;
el pasado, el presente, el futuro,
la eternidad, y por ello no es agotable
jamás. Ahora bien, en su núcleo
es mucho más sencilla. El Señor
habla sobre ello con el Padre diciendo:
"has ocultado estas cosas a sabios
e inteligentes, y se las has revelado
a pequeños" (Cf. Mateo
11, 25). La Iglesia, por su parte,
nos ofrece una pequeña "Suma",
en la cual se expresa todo lo esencial:
es el así llamado "Credo
de los Apóstoles". Se
divide normalmente en doce artículos,
según el número de los
Apóstoles, y habla de Dios,
creador y principio de todas las cosas;
de Cristo y de la obra de la salvación,
hasta la resurrección de los
muertos y la vida eterna. Pero en
su concepción de fondo, el
Credo está compuesto sólo
por tres partes principales, y según
su historia no más que una
ampliación de la fórmula
bautismal, que el Señor resucitado
entregó a los discípulos
para todos los tiempos cuando les
dijo: " Id, pues, y haced discípulos
a todas las gentes bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo"
(Mateo 28, 19).
En esta visión
se demuestran dos cosas: la fe es
sencilla. Creemos en Dios, en Dios,
principio y fin de la vida humana.
En ese Dios que se pone en relación
con nosotros, seres humanos, que es
para nosotros origen y futuro. Así,
la fe, contemporáneamente,
es al mismo tiempo esperanza, es la
certeza de que tenemos un futuro y
de que no caeremos en el vacío.
Y la fe es amor, porque el amor de
Dios quiere "contagiarnos".
Esto es lo primero: nosotros simplemente
creemos en Dios, y esto lleva consigo
también la esperanza y el amor.
Como segundo
punto podemos constatar: el Credo
no es un conjunto de sentencias, no
es una teoría. Está,
justamente, anclado en el acontecimiento
del Bautismo, un acontecimiento de
encuentro entre Dios y el hombre.
Dios, en el misterio del Bautismo,
se inclina hacia el hombre; sale a
nuestro encuentro y así también
nos acerca mutuamente. Porque el Bautismo
significa que Jesucristo, por decirlo
así, nos adopta como a sus
hermanos y hermanas, acogiéndonos
como hijos en la familia de Dios mismo.
De este modo hace por lo tanto de
todos nosotros una gran familia en
la comunidad universal de la Iglesia.
Sí, quien cree nunca está
solo. Dios nos sale al encuentro.
¡Encaminémonos también
nosotros hacia Dios y salgamos así
los unos al encuentro de los otros!
¡No dejemos solo, en cuanto
lo consientan nuestras fuerzas, a
ninguno de los hijos de Dios!
Nosotros creemos
en Dios. Ésta es una opción
fundamental. ¿Pero es hoy aún
posible? ¿Es algo razonable?
Desde la Ilustración, al menos
una parte de la ciencia se ha dedicado
a buscar una explicación al
mundo en la que Dios sería
innecesario. Y si eso fuera así,
Dios sería innecesario en nuestras
vidas. Pero cada vez que parecía
que este intento había logrado
éxito inevitablemente surgía
lo evidente: las cuentas no cuadran.
Las cuentas sobre el hombre, sin Dios,
no cuadran, y las cuentas sobre el
mundo, sobre todo el universo, sin
Él, no cuadran. A final de
cuentas se presentan dos alternativas:
¿Qué existió
primero? La Razón creadora,
el Espíritu que obra todo y
suscita el desarrollo, o la Irracionalidad
que, carente de toda razón,
produce extrañamente un cosmos
ordenado matemáticamente, al
igual que el hombre y su razón.
Esta última, sin embargo, no
sería más que un resultado
casual de la evolución y por
lo tanto, en definitivamente, también
irrazonable. Como cristianos decimos:
"Creo en Dios Padre, Creador
del cielo y de la tierra", creo
en el Espíritu Creador. Nosotros
creemos que en el origen está
el Verbo eterno, la Razón y
no la Irracionalidad. Con esta fe
no tenemos necesidad de escondernos,
no tenemos que tener miedo de encontrarnos
con ella en un callejón sin
salida. ¡Estamos contentos de
poder conocer a Dios! ¡Y tratamos
de hacer ver a otros la racionalidad
de la fe, como San Pedro nos exhorta
en su primera Carta!
Nosotros creemos
en Dios. Lo afirman las partes principales
del Credo y lo destaca sobre todo
su primera parte. Pero ahora surge
la segunda pregunta: ¿En qué
Dios? Pues bien, creemos en ese Dios
que es Espíritu Creador, Razón
creadora, del que proviene todo y
del que provenimos también
nosotros. La segunda parte del Credo
nos dice algo más. Esta Razón
creadora es Bondad. Es Amor. Tiene
un rostro. Dios no nos deja andar
a tientas en la oscuridad. Se ha mostrado
como hombre. Él es tan grande
que se puede permitir hacerse pequeñísimo.
" El que me ha visto a mí,
ha visto al Padre" (Juan 14,
9), dice Jesús. Dios ha asumido
un rostro humano. Nos ama hasta de
dejarse clavar por nosotros en la
Cruz, para llevar los sufrimientos
de la humanidad hasta el corazón
de Dios. Hoy, que hemos aprendido
a reconocer las patologías
y las enfermedades mortales de la
religión y de la razón,
y la manera en que la imagen de Dios
puede ser destruida a causa del odio
y el fanatismo, es importante decir
con claridad en qué Dios creemos
y profesar confiadamente que este
Dios tiene un rostro humano. Sólo
esto nos impide tener miedo a Dios,
que en definitiva es la raíz
del ateísmo moderno. Sólo
este Dios nos salva del miedo del
mundo y de la ansiedad ante el vacío
de la vida. Sólo mirando a
Jesucristo, nuestro gozo en Dios alcanza
su plenitud, se hace gozo redimido.
¡Dirijamos durante esta celebración
solemne de la Eucaristía nuestra
mirada al Señor y pidámosle
el gran gozo que Él ha prometido
a sus discípulos! (Cf. Juan
16, 24)
La segunda
parte del Credo termina con la perspectiva
del Juicio Final y la tercera parte
con la resurrección de los
muertos. Juicio, ¿acaso esta
palabra no nos da también miedo?
Pero, por otro lado, ¿no deseamos
todos que un día se haga justicia
a todos los condenados injustamente,
a cuantos han sufrido a lo largo de
la vida y después de una vida
llena de dolor han sido tragados por
la muerte? ¿No queremos acaso
que el exceso de injusticia y sufrimiento
que vemos en la historia, al final
se disuelva; que todos en definitiva
puedan estar alegres, que todo adquiera
un sentido? El concepto de Juicio
universal es ese triunfo de la justicia,
esa conjunción de tantos fragmentos
de historia que parecen privados de
sentido y su integración en
un todo, en el que dominen la verdad
y el amor. La fe no está para
dar miedo; en cambio --con certeza--
nos llama a la responsabilidad. No
debemos desperdiciar nuestra vida,
ni abusar de ella; tampoco debemos
guardarla para nosotros mismos; frente
a la injusticia no debemos permanecer
indiferentes, haciéndonos colaboradores
silenciosos o incluso cómplices.
Debemos percibir nuestra misión
en la historia y buscar corresponder.
Lo que se necesita no es miedo sino
responsabilidad, responsabilidad y
preocupación por nuestra salvación,
y por la salvación de todo
el mundo. Pero cuando la responsabilidad
y preocupación tienden a convertirse
en miedo, deberíamos recordar
las palabras de San Juan: "Hijos
míos, os escribo esto para
que no pequéis. Pero si alguno
peca, tenemos a uno que abogue ante
el Padre: a Jesucristo, el Justo"
(1 Juan 2, 1). "En caso de que
nos condene nuestra conciencia, Dios
es mayor que nuestra conciencia y
conoce todo" (Ibídem 3,
20).
Celebramos
hoy la fiesta del "Santísimo
Nombre del María". A cuantas
llevan este nombre --mi mamá
y hermana lo llevaban-- quisiera expresar
mis más cordiales felicitaciones
por su onomástico. María,
la Madre del Señor, del pueblo
fiel ha recibido el título
de "Advocata", pues es nuestra
abogada ante Dios. Así la conocemos
desde las bodas de Caná: como
la mujer benigna, llena de solicitud
materna y de amor, la mujer que advierte
las necesidades ajenas y, para ayudar,
las lleva ante del Señor. Hoy
hemos escuchado en el Evangelio cómo
el Señor la entrega como Madre
al discípulo predilecto y,
en él, a todos nosotros. En
toda época, los cristianos
han acogido con gratitud este testamento
de Jesús, y junto a la Madre
han encontrado siempre esa seguridad
y confiada esperanza, que nos dan
gozo en Dios. ¡Acojamos también
nosotros a María como la estrella
de nuestra vida, que nos introduce
en la gran familia de Dios! Sí,
quien cree nunca está solo.
¡Amén!
Fuente:
Agencia de Noticias Zenit
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