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Estas
son las palabras que pronunció
el Papa Benedicto XVI el domingo 1º
de octubre, ante miles de fieles y
peregrinos en la Residencia Pontificia
de Castel Gandolfo, con ocasión
del rezo de la oración mariana
del Ángelus.
Queridos
hermanos y hermanas
Hoy, primer día de octubre,
desearía detenerme en dos aspectos
que, en la Comunidad eclesial, caracterizan
este mes: la oración del Rosario
y el compromiso por las misiones.
El día 7, sábado próximo,
celebraremos la fiesta de la Virgen
del Rosario, y es como si, cada año,
Nuestra Señora nos invitara
a redescubrir la belleza de esta oración,
tan sencilla y profunda. El amado
Juan Pablo II fue gran apóstol
del Rosario: le recordamos arrodillado
con la corona entre las manos, inmerso
en la contemplación de Cristo,
como él mismo invitó
a hacer con la Carta Apostólica
"Rosarium Virginis Mariae".
El Rosario es oración contemplativa
y cristocéntrica, inseparable
de la meditación de la Sagrada
Escritura. Es la oración del
cristiano que avanza en la peregrinación
de la fe, en el seguimiento de Jesús,
precedido por María. Desearía
invitaros, queridos hermanos y hermanas,
a rezar el Rosario durante este mes
en familia, en las comunidades y en
las parroquias por las intenciones
del Papa, por la misión de
la Iglesia y por la paz del mundo.
Octubre es también el mes misionero,
y el domingo 22 celebraremos la Jornada
Misionera Mundial. La Iglesia es por
su naturaleza misionera. "Como
el Padre me envió, también
yo os envío" (Jn 20,21),
dijo Jesús resucitado a los
Apóstoles en el cenáculo.
La misión de la Iglesia es
la prolongación de la de Cristo:
llevar a todos el amor de Dios, anunciándolo
con las palabras y con el testimonio
concreto de la caridad. En el Mensaje
para la próxima Jornada Misionera
Mundial he querido presentar la caridad
precisamente como "alma de la
misión". San Pablo, el
apóstol de las gentes, escribía:
"El amor de Cristo nos apremia"
(2 Co 5,14). Que pueda cada cristiano
hacer propias estas palabras, en la
gozosa experiencia de ser misionero
del Amor allí donde la Providencia
le ha puesto, con humildad y valor,
sirviendo al prójimo sin segundas
intenciones y obteniendo en la oración
la fuerza de la caridad alegre y laboriosa
("Deus caritas est", 32-39).
Patrona universal de las misiones,
junto a San Francisco Javier, es Santa
Teresa del Niño Jesús,
virgen carmelita y doctora de la Iglesia,
de la que precisamente hoy hacemos
memoria. Que ella, que indicó
como camino "sencillo" a
la santidad el abandono confiado en
el amor de Dios, nos ayude a ser testigos
creíbles del Evangelio de la
caridad. Que María Santísima,
Virgen del Rosario y Reina de las
Misiones, nos conduzca a todos a Cristo
Salvador".
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