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Excelentísimo Señor
Presidente de la República
Señores Cardenales y Venerados
Hermanos en el Episcopado
¡Queridos Hermanos y Hermanas
en Cristo!
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1.
Es para mí motivo de particular
satisfacción iniciar mi Visita
Pastoral a Brasil y presentar a Vuestra
Excelencia, en calidad de Jefe y representante
supremo de la gran nación brasileña,
mis agradecimientos por la amable
acogida con que me han recibido. Extiendo
este agradecimiento con mucho gusto,
a los miembros del Gobierno que acompañan
Vuestra Excelencia, a las personalidades
civiles y militares aquí reunidas
y a las autoridades del Estado de
Sao Paulo.
En sus palabras de bienvenida, siento
resonar, Señor Presidente,
los sentimientos de cariño
y amor de todo el Pueblo brasileño
para el Sucesor del Apóstol
Pedro. Saludo fraternalmente en el
Señor a mis queridos hermanos
del episcopado que vinieron a recibirme
en nombre de la Iglesia que está
en Brasil.
Saludo igualmente a los sacerdotes,
los religiosos y las religiosas, los
seminaristas y los legos comprometidos
con la obra de la evangelización
de la Iglesia y con el testimonio
de una vida auténticamente
cristiana. En fin, dirijo mi afectuoso
saludo a todos los brasileños
sin distinción, hombres y mujeres,
familias, ancianos, enfermos, jóvenes
y niños. A todos digo de corazón:
¡Muchas gracias por vuestra
generosa hospitalidad!
2. Brasil ocupa un lugar muy especial
en el corazón del Papa no solamente
porque nació cristiano y porque
posee hoy el mayor número de
católicos, sino sobretodo,
porque es una nación rica en
potencialidades, con una presencia
eclesial que es motivo de alegría
y esperanza para toda la Iglesia.
Mi visita, Señor Presidente,
tiene un objetivo que sobrepasa las
fronteras nacionales: vengo a presidir,
en Aparecida, la sesión de
apertura de la V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano y del
Caribe. Por una providencial manifestación
de la bondad del Creador, este país
deberá servir de cuna para
las propuestas eclesiales que, Dios
quiera, podrán dar un nuevo
vigor y empuje misionero a este continente.
3. En esta área geográfica
la mayoría son católicos,
esto significa que ellos deben aportar
de modo particular al servicio del
bien común de esta Nación.
La solidaridad será, sin duda,
palabra llena de contenido para las
fuerzas vivas de la sociedad, cuando
cada uno, desde su propio ámbito,
se empeñe seriamente por construir
un futuro de paz y de esperanza para
todos.
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La
Iglesia católica -como puse
en evidencia en la Encíclica
"Dios caritas est"- transformada
por la fuerza del Espíritu
está llamada a ser, "en
el mundo, testigo del amor del Padre,
que quiere hacer de la humanidad,
en su Hijo, una sola familia"
(cf. 19). De allí su profundo
compromiso con la misión evangelizadora,
al servicio de la causa de la paz
y de la justicia. La decisión,
por tanto, de realizar una Conferencia
esencialmente misionera, refleja la
preocupación del episcopado,
y no menos mía, de buscar caminos
adecuados para que, en Jesucristo,
"nuestros pueblos tengan vida",
como reza el tema de la Conferencia.
Con esos sentimientos, quiero ir más
allá de las fronteras de este
país y saludar todos los pueblos
de América Latina y del Caribe
anhelando, con las palabras del Apóstol,
"Que la paz esté con todos
vosotros que estáis en Cristo"
(1Pt 5,14).
4. Doy las gracias, Señor Presidente,
a la Divina Providencia que me concede
la gracia de visitar a Brasil, un
país de gran tradición
católica. Ya he tenido la oportunidad
de referir el motivo principal de
mi viaje que tiene un alcance latinoamericano
y un carácter esencialmente
religioso.
Estoy muy feliz por poder estar algunos
días con los brasileños.
Sé que el alma de este Pueblo,
como el de toda América Latina,
conserva valores radicalmente cristianos
que jamás serán cancelados.
Y estoy seguro que en Aparecida, durante
la Conferencia General del Episcopado,
será reforzada tal identidad,
al promover el respeto por la vida,
desde su concepción hasta su
natural declinación, como exigencia
propia de la naturaleza humana; hará
también de la promoción
de la persona humana el eje de la
solidaridad, especialmente con los
pobres y desamparados.
La Iglesia quiere apenas indicar los
valores morales de cada situación
y formar a los ciudadanos para que
puedan decidir consciente y libremente;
en este sentido, no dejaré
de insistir en el empeño que
se debe dar para asegurar el fortalecimiento
de la familia --como célula
madre de la sociedad; de la juventud--
cuya formación constituye un
factor decisivo para el porvenir de
una Nación y, finalmente, pero
no por último, defendiendo
y promoviendo los valores subyacentes
en todos los segmentos de la sociedad,
especialmente de los pueblos indígenas.
5. Con
estos augurios y al renovar mis agradecimientos
por la calurosa acogida que como Sucesor
de Pedro he recibido, invoco la protección
materna de Nuestra Señora de
la Concepción Aparecida, evocada
también como Nuestra Señora
de Guadalupe, Patrona de las Américas,
para que proteja e inspire a los gobernantes
en la ardua tarea de ser promotores
del bien común, reforzando
los lazos de fraternidad cristiana
para el bien de todos sus ciudadanos.
¡Dios bendiga América
Latina! ¡Dios bendiga Brasil!
Muchas gracias. |