Estimadas
amigas, estimados amigos:
Me siento muy honrado con la invitación
que me habéis hecho para participar
en las celebraciones del aniversario
de vuestro Instituto. En esta ocasión,
quiero compartir con vosotros las perspectivas
que mis colegas del Instituto Lumen
Vitae, y yo, vislumbramos para el próximo
futuro de la catequesis. Como bien sabemos,
las prácticas catequéticas
tradicionales han entrado en crisis
con la evolución cultural contemporánea.
No obstante, nuestro mundo ofrece oportunidades
inéditas para la escucha renovada
del Evangelio. Por eso, quiero consagrar
mi reflexión al tema de la reestructuración
de la catequesis en este mundo nuevo.
La
reestructuración de la catequesis
en tiempos de crisis
Desde hace unos cuarenta años,
la catequesis se ha constituido en
un campo muy notable de innovación,
experimentación y creatividad.
La presión de la vida y las
nuevas circunstancias han hecho surgir
en la práctica nuevas modalidades
de organización de la catequesis,
particularmente en lo que tiene que
ver con las personas adultas. El magisterio
de la Iglesia universal, por su parte,
se ha mostrado muy comprometido con
la renovación de la catequesis.
Recordemos algunos momentos de sus
intervenciones: la publicación
del Directorio Catequético
General en 1971, el Sínodo
de los obispos sobre la catequesis
en 1977, la exhortación apostólica
Catechesi Tradendae en 1979, el Catecismo
de la Iglesia Católica en 1992,
la publicación del nuevo Directorio
General para la Catequesis en 1997.
Por lo tanto, se puede afirmar que,
desde el final del Concilio Vaticano
II, la catequesis ha entrado en una
fase de reconstrucción, tanto
si se considera el nivel de base,
como si se tienen en cuenta los pastores.
Esta extraordinaria
creatividad de la catequesis, sin
embargo, ni asegura nada, ni se puede
mirar con actitud triunfalista. En
realidad, ésta es la contraparte
de la profunda crisis que afecta la
transmisión de la fe en nuestros
días. En efecto, la catequesis
se ha visto forzada a inventar, teniendo
como trasfondo la crisis global de
la iniciación cristiana en
la actualidad. En concreto, lo que
está haciendo crisis es el
sistema catequético destinado
a los niños y a los adolescentes,
quienes se inscriben a una determinada
edad para prepararse sucesivamente
a la primera comunión, a la
profesión de fe o a la confirmación.
Este sistema consiste esencialmente
en la preparación a los sacramentos
mencionados, los cuales, por demás,
se perciben como la conclusión
de la catequesis.
Este proceso
catequístico en crisis está
organizado en el ritmo escolar anual,
en lugar del litúrgico, y propone
el mismo esquema para todos. La preparación
presacramental se le confía
a un grupo de catequistas y se desarrolla,
por lo general, sin tener en cuenta
el conjunto de actividades de la parroquia
y de la vida comunitaria. Aunque este
clásico sistema de catequesis
esté dando todavía algunos
frutos, adolece de crecientes dificultades,
no sólo en razón de
sus limitaciones, sino, sobre todo,
debido a su progresiva inadecuación
a la evolución sociocultural
de la sociedad, lo cual está
generando una crisis, cuyos síntomas
nos son bien conocidos: disminución
constante de niños catequizados,
abandono frecuente después
de la recepción de los sacramentos,
falta de motivación de los
padres, folclorización de los
ritos religiosos de paso, dificultad
para encontrar catequistas, envejecimiento
de los mismos, problemas de inserción
de los jóvenes en las comunidades,
etc.
Es en este
contexto de crisis donde un nuevo
paradigma de la catequesis está
surgiendo. Yo quiero precisarlo, enumerando
aquí cuatro retos, y por ende
cuatro tareas fundamentales para la
catequesis del mañana. Las
propuestas que voy a presentar me
parecen realistas y abordables. Ante
todo, porque ya se están gestando
sobre el terreno; y porque están
haciendo evolucionar las cosas sin
revolucionarlas. Estas cuatro propuestas
se caracterizan por construir y mantener
vínculos de humanidad que pueden
revelarse como otros tantos lugares
de la experiencia de Dios. De esta
forma se busca establecer relaciones
entre las personas, entre las generaciones,
con el medio ambiente sociocultural,
al tiempo que se invita a reconocer
en nuestras alianzas humanas el lugar
de nuestra alianza filial con Dios.
1. El reto de la comunidad. Por
una catequesis permanente de las comunidades
orientada hacia la proclamación
de la fe pascual.
Esta primera
propuesta me parece ser el fermento
principal de toda renovación
catequética actual. Consiste
en considerar que las comunidades,
como tales, son las destinatarias
de la catequesis. El Directorio Catequético
General de 1971 ya lo destacaba: "En
la actividad pastoral, la catequesis
es una forma de acción eclesial
que trata de llevar a la madurez de
la fe tanto a las comunidades como
a los individuos" (§21).
Y agregaba: "La catequesis se
dirige a la comunidad sin olvidar
a los fieles en particular" (§31).
En esta misma línea, el nuevo
Directorio General para la Catequesis
de 1997 establece: "La atención
a cada una de las personas no debe
hacer olvidar, sin embargo, que la
catequesis tiene como destinataria
a la comunidad cristiana, en cuanto
tal, y a cada uno de sus miembros
en particular" (§168). Y
Monseñor Ricard, al finalizar
la Asamblea plenaria anual del episcopado
francés en Lourdes, en noviembre
de 2004, reclamaba -cito textualmente-
"propuestas catequéticas
comunitarias dirigidas a todas las
generaciones" . Lo que está
en juego, precisaba, es que las comunidades
"ofrezcan a todos un medio portador
de la fe, una inserción, una
inmersión en la expresión
de la fe y la oración de la
comunidad cristiana".
Afirmar que
la comunidad es destinataria de la
catequesis constituye un desplazamiento
considerable con relación a
las representaciones y prácticas
habituales. Esta afirmación
es una invitación a superar
una catequesis que se limita a los
niños y a los adolescentes,
para ir hacia una catequesis que se
extienda a la comunidad como tal.
En realidad, se trata de establecer
fórmulas catequéticas
comunitarias y, por lo tanto, intergeneracionales,
sin restricciones, abiertas a todos
los miembros de la comunidad, sea
cual sea su edad. En este sentido,
el punto clave de la catequesis del
mañana consiste en crear un
tejido comunitario fraternal, catequizado
y catequizante, que una a las distintas
generaciones.
¿Pero
cómo concebir en la práctica
esta catequesis para las comunidades?
Aludo aquí a dos posibles mediaciones:
la comunidad puede valerse del ciclo
litúrgico para desplegar todas
sus virtualidades catequéticas
y elegir un tema para desarrollar
a lo largo del año.
|
El ciclo litúrgico constituye
para la catequesis de la comunidad
el punto de apoyo esencial. El
ciclo litúrgico es, de
hecho, una narración de
la historia de salvación;
una narración que "la
representa", lo que literalmente
quiere decir, "ponerla en
escena", "volverla presente".
En otras palabras, el ciclo litúrgico
nos invita a participar como protagonistas
en esta historia de salvación,
de forma que nuestra propia historia
se convierta en una historia santa.
Desde este punto de vista, la
catequesis de la comunidad valorará
todas las potencialidades catequizantes
del ciclo litúrgico. No
se trata, por supuesto, de transformar
nuestras liturgias en catequesis
largas y locuaces, sino de actualizar,
de distintas maneras, en distintos
tiempos y lugares, y para toda
la comunidad, las virtualidades
catequéticas que ofrece
la liturgia. |
|
La comunidad también podría
elegir un tema para cada año.
El tema escogido se profundizaría
a lo largo del ciclo litúrgico
mediante un conjunto de medios
y actividades que reclamarían
la constante atención de
toda la comunidad. Estos medios
pueden incluir "tiempos fuertes"
en los que se invite a la comunidad
a reunirse durante una mañana,
una tarde o un día entero
para un tiempo de reflexión,
de convivencia y celebración.
También podrían
realizarse ciclos de conferencias
o grupos de reflexión en
torno a la temática elegida;
o bien un peregrinaje, una marcha
comunitaria, una exposición
artística, carteleras en
la iglesia, una selección
de textos para la lectura, etc.
|
Estas actividades
ofrecidas a todos y para todos los
miembros de la comunidad a lo largo
del año litúrgico, estarán
orientadas hacia la proclamación
de fe de la comunidad durante la vigilia
pascual y en el día de Pascua.
Desde este punto de vista, la catequesis
de la comunidad está completamente
orientada hacia la maduración
de la fe pascual y hacia su proclamación
solemne durante la vigilia pascual.
Como es obvio,
y por motivos perfectamente legítimos,
no todos los integrantes de la comunidad
participarán en todas las iniciativas
de catequesis comunitaria que se programen.
La participación, por principio,
será libre y necesariamente
variable de acuerdo con las personas,
los momentos y las propuestas concretas.
Pero lo fundamental no radica en la
cantidad, ni mucho menos en dividir
la comunidad en bandos de ritmos diferentes.
Por el contrario, el objetivo consiste
en poner la comunidad en movimiento
para el provecho de todos y todas,
y en beneficio de la dinámica
de conjunto. Las comunidades así
catequizadas se convertirán
en células cada vez más
catequizantes, es decir, en comunidades
maduras en la fe, conscientes de su
responsabilidad catequética,
capaces de apoyar el despertar de
la fe de los niños y las niñas;
de los jóvenes y adultos que
se les acerquen o con quienes se relacionen.
2. El desafío de la diversidad.
Por una catequesis diversificada que
ofrezca variados caminos para avanzar
en la fe.
Esta segunda
propuesta está en estrecha
conexión con la primera, ya
que las fórmulas de catequesis
comunitaria favorecen, al mismo tiempo,
la aparición de catequesis
específicas y diversificadas,
y éstas, a su vez, enriquecen
la catequesis comunitaria.
Esta diversificación
de la catequesis es en la actualidad
una necesidad ineludible, impuesta
por las circunstancias. El caminar
de la gente, su medio de vida, sus
raíces culturales o étnicas,
sus cuestionamientos y aspiraciones
son tan variados, que hoy es imposible
proponer un itinerario único.
Esta afirmación es válida,
tanto en el caso de los adultos como
de los niños. Se observa, por
ejemplo, cómo algunos adultos
se presentan actualmente para ser
confirmados, o aún más,
para redescubrir la fe de una manera
nueva. Igualmente sucede con los niños
o adolescentes que tienen antecedentes
familiares, culturales y religiosos
muy distintos, quienes llegan en número
creciente a la catequesis sin ser
bautizados. Por esta razón,
bien sea para los unos o para los
otros, es necesario crear itinerarios
específicos adaptados a cada
situación.
Por eso, las
actuales comunidades cristianas deben
enfrentar el reto de implementar fórmulas
catequéticas variadas, que
se acomoden lo mejor posible a las
condiciones y a las aspiraciones de
las personas, siempre con un espíritu
de servicio. La cuestión, en
efecto, no consiste en "conformar"
a la gente con un modelo establecido
de la fe, sino en ofrecer una organización
con variadas alternativas, en la que
todos puedan moverse, y donde encuentren
apoyo para crecer y caminar libremente
en la fe.
| Desde
esta perspectiva se pueden distinguir
varios ejes de diversificación
de las propuestas catequéticas.
|
| Existen
catequesis que varían según
su función |
despertar, iniciación,
reiniciación o maduración.
Las catequesis del despertar y
de la iniciación, como
en el catecumenado, por ejemplo,
se sitúan allí donde
la adhesión de fe y la
inserción en la comunidad
cristiana toman forma. Las catequesis
para recomenzar o reiniciarse
se ofrecen a las personas que
desean redescubrir la fe de otra
forma, de manera nueva. Las catequesis
de maduración van dirigidas
a los cristianos seguros de su
fe para que puedan profundizarla.
Profundización que, destaquémoslo,
consistirá a menudo, debido
al actual contexto cultural, en
la reconsideración de las
cuestiones fundamentales, a partir
de las cuales resurge la fe con
más vigor y sentido . |
| Hay
catequesis que varían según
las dimensiones de la vida cristiana
(creer/celebrar/vivir; fe/esperanza/caridad) |
Algunas catequesis, en efecto,
se centran más en la inteligencia
de la fe en relación con
temas o asuntos culturales (grupos
bíblicos, ciclos de conferencias
o formación). Otras se
centran más que todo en
la liturgia y en los sacramentos,
según las circunstancias
de la vida. Otras se concentran
más bien en la ética,
en los valores del Reino y en
la acción en el mundo teniendo
en cuenta los retos por la humanización
de la sociedad. |
|
Hay catequesis
que varían según
la sensibilidad personal |
Así se pueden distinguir
catequesis que trabajan la fe
a partir de distintas dimensiones:
cultural, emocional, comunitaria
o ética . En el campo cultural,
por ejemplo, pienso en las catequesis
que están en relación
con actividades artísticas:
corales, talleres de arte cristiano.
|
| Hay
catequesis que varían según
las modalidades técnicas
y organizativas |
catequesis
por grupos de edad o intergeneracionales;
catequesis individuales, en pequeños
o en grandes grupos; catequesis
de corta o de larga duración;
catequesis locales o en red, etc.
Hay catequesis que tienen lugar
en sitios eclesiales muy conocidos
y catequesis que se llevan a cabo
en lugares donde se desenvuelve
la vida social o familiar. Hay
catequesis que se realizan al
ritmo de las fiestas eclesiales
y otras que se desarrollan paralelas
a los acontecimientos de la vida
social o familiar. |
A cada comunidad
parroquial le corresponde trazar su
camino, teniendo en cuenta las posibilidades
expuestas. Seguramente una comunidad
no podrá hacerlo todo; pero,
en la medida de lo posible, puede
asociarse con otras comunidades para
constituir conjuntos más extensos
que puedan ofrecer alternativas catequéticas
más variadas y mejor organizadas.
3. El reto de la misión.
Por una catequesis para quienes se
inician y para quienes se reinician
en la fe, abierta al entorno social.
En la presente
situación, la catequesis no
es separable del contexto de la evangelización
e incluso de la primera evangelización.
Actualmente, en efecto, la cuestión
que se plantea una y otra vez, es
la del acceso a la fe, mientras el
compromiso renovado de fe constituye
una inquietud constante para los cristianos.
De hecho, el mundo secularizado, exige
al creyente dar razón de su
propio compromiso, tanto frente a
sí mismo, como frente a los
demás. En este contexto, toda
catequesis es inevitablemente misionera.
Precisamente, la tercera propuesta
que voy a formular pone específicamente
de relieve esta exigencia misionera
de la catequesis: se refiere al acompañamiento
catecumenal de los nuevos creyentes
que caminan hacia el bautismo, como
también al acompañamiento
de aquellas personas que, a pesar
de haber sido bautizadas, descubren
o redescubren la fe en la edad adulta.
Para evitar toda confusión,
aclaro que lo que voy a decir no se
refiere en ningún momento,
ni de modo alguno, al "neocatecumenado",
el cual es un camino de renovación
espiritual.
Hace ya 40 años, el Concilio
Vaticano II, pedía a los obispos:
"Esfuércense también
en restablecer o mejorar la instrucción
de los catecúmenos adultos
". Esta revalorización
del catecumenado de adultos es indudablemente
fundamental en la ciudad secular de
nuestros días, emancipada de
la tutela clerical y donde la religión
ya no ejerce el papel de marco de
referencia y fundamento de la sociedad.
En esta ciudad secular, la fe cristiana,
al igual que el bautismo de los niños
pequeños, ya no son evidentes,
como sí lo fueron en el período
de "cristiandad". La fe
cristiana y la petición del
bautismo son, cada vez más,
el fruto del consentimiento personal,
de la adhesión libre, de la
convicción de que se trata
de un acontecimiento salvador y bueno
para la vida, convencimiento al que
se llega, muchas veces, después
de vacilaciones y rodeos, y de avanzar
por un largo y tortuoso camino. El
catecumenado se esfuerza en asumir
esta condición peregrina de
nuestros contemporáneos, poniéndose
al servicio del engendramiento de
esta fe libre y personal. Así
pues, en el corazón mismo de
la ciudad secular, el catecumenado
se propone ofrecer espacios de encuentro,
intercambio y diálogo para
permitir a los ciudadanos que lo deseen,
avanzar en la fe y hacia el bautismo,
con el apoyo amistoso de cristianos.
En este espíritu catecumenal,
la catequesis de reiniciación
es igualmente decisiva. Su finalidad
es abrir de nuevo a los bautizados
la posibilidad, bien sea de descubrir
la fe cristiana, o bien de redescubrirla
de forma diferente y nueva, más
allá de las contingencias que
eventualmente les hayan separado de
la práctica religiosa o de
la misma fe. Son muchas las personas,
bien lo sabemos, que se han distanciado
de la Iglesia, cansadas de un cristianismo
que no les permitía vivir plenamente,
y del cual se liberaron para crecer
en humanidad. En virtud de la dignidad
y la solidaridad bautismales, todas
estas personas conservan el derecho
inalienable a dar su palabra en la
Iglesia. Con ellas debemos construir
espacios para compartir -y, si fuere
el caso, para el perdón- espacios
donde juntos podremos redescubrir
la frescura de la Buena Noticia, más
allá de las sombras y las barreras
que la hayan desvirtuado. Para nosotros
y para todos los que estuviesen dispuestos
a volver a emprender un nuevo camino
en la fe, sería necesario,
como lo escribía recientemente
el obispo emérito español,
Monseñor Rafael Sanus Abad,
"aligerar el bagaje intelectual
e histórico, desprendiéndose
de muchas tradiciones, normas, falsas
seguridades, teologías caducas,
excesiva burocratización de
estructuras, etc." .
En realidad,
el catecumenado de adultos y los espacios
de reiniciación en la fe ya
existen, aunque en forma embrionaria,
rara, y no habitual de la catequesis.
Por eso, el reto que debemos enfrentar,
es convertir el catecumenado y la
reiniciación en la fe, en la
catequesis ordinaria, habitual y cotidiana.
Para tal efecto,
se pueden enunciar al menos tres condiciones.
La primera, es promover una pastoral
inserta en la cultura. El objetivo
de esta pastoral consiste en hacer
ampliamente accesible el tesoro de
la tradición cristiana en el
campo cultural (escuelas, universidades,
medios de comunicación, artes,
espacios de tiempo libre, etc.), para
que dicho tesoro pueda ser conocido
en estos espacios, para que allí
se lo puedan apropiar libremente,
y para que lleguen a hacer de él
una "parte seminal" de su
existencia, sea o no desde la fe.
Esto implica la aptitud de acercarse
a los demás, de mezclarse en
la vida de la gente, de participar
en su conversación, de compartir
sus alegrías y sus penas con
un sentido de hospitalidad recíproca
y benevolencia mutua, dando tanto
como se recibe. La segunda condición
es hacer saber, públicamente,
que es posible convertirse en cristiano
y recibir el bautismo a cualquier
edad. Finalmente, la tercera condición
es la formación de los cristianos
en el espíritu catecumenal
para que sepan en qué consiste
el catecumenado, su funcionamiento,
sus etapas, su importancia para el
mundo de hoy. Que los cristianos sean
capaces de dar consejos acertados,
de proporcionar las direcciones correctas,
e incluso de participar en el acompañamiento
de los nuevos creyentes o de quienes
se reinician en la fe. Pero ha de
saberse que es toda la comunidad cristiana
la que está llamada a acompañar
a los nuevos creyentes, a hacerse
solidaria orando con y por ellos,
participando en las celebraciones
que marcan el ritmo de su caminar,
recibiendo de ellos el testimonio
de la frescura siempre nueva del Evangelio.
4. El reto de la iniciación
de los jóvenes. Por una catequesis
inicial de tipo iniciático.
El
cuarto reto es el de la catequesis
inicial de los niños y adolescentes.
Abordo aquí el ámbito
más tradicional de la catequesis,
ése en el que se piensa espontáneamente
cuando se habla de catequesis. Esta
catequesis de los niños y adolescentes
sigue siendo, por supuesto, una exigencia
esencial. ¿Pero cómo
concebirla en el mundo que se acerca?
Lo que está en juego, me parece,
es darle una forma verdaderamente
iniciática a la catequesis
de las jóvenes generaciones.
A este respecto, así como lo
destacan los textos de la Iglesia,
en particular el parágrafo
90 del nuevo Directorio General para
la Catequesis, la catequesis de los
jóvenes bautizados tomará
el catecumenado como modelo y se dejará
inspirar por sus elementos esenciales.
1. Una catequesis
articulada con la catequesis de toda
la comunidad.
Es importante que la catequesis de
los niños y adolescentes se
apoye en la vida de la comunidad y
en la catequesis de la misma. De esta
forma, los niños y adolescentes
percibirán que su propia catequesis
es parte de la organización
catequética comunitaria y que,
con ellos y junto a ellos, también
otras personas integrantes de la comunidad
están participando de actividades
catequéticas, que varían,
por supuesto, con las circunstancias
propias del caminar en la fe.
2. Una pedagogía
que favorezca la inmersión.
La catequesis tendrá siempre
un aspecto de instrucción y
de enseñanza. Pero aunque este
aspecto didáctico logre hacer
comprensible la fe, no basta para
que ésta llegue a ser deseable.
Además es necesario ver, tocar,
sentir..., ya que la percepción
de la fe pasa también por los
sentidos. Los procesos iniciáticos
involucran todo el ser, haciéndole
experimentar una vivencia mediante
la inmersión en la realidad
que se va a vivir: inmersión
comunitaria, inmersión litúrgica,
inmersión en el compromiso
por un mundo mejor. El texto con las
orientaciones de la catequesis de
los obispos de Francia habla, a este
respecto, de "baño eclesial".
Esta inmersión deriva de la
pedagogía evangélica
del "venid y ved". En esta
óptica iniciática, el
catequista no es solamente un testigo,
un instructor, un animador, un compañero;
es también un "mediador",
es decir, el que muestra y hace ver,
facilita el descubrimiento del medio,
pone en relación, establece
vínculos personales y favorece
así la aparición de
un sentimiento de pertenencia a la
comunidad cristiana. El (la) catequista
es, hasta cierto punto, quien actualiza
las virtualidades catequizantes de
toda la comunidad.
3. Una pedagogía
que apuesta a la libertad de avanzar
a través de una amplia gama
de posibilidades.
Hemos estado acostumbrados a una catequesis
que ofrece cursos uniformes, con etapas
que deben finalizarse a edades determinadas.
Pero cabe aquí preguntarse
si esta programación preestablecida
favorece suficientemente el deseo
y la libertad de los catequizados.
Nos lamentamos cuando muchos adolescentes
ejercen su libertad al término
de la iniciación cristiana,
abandonando toda práctica.
Se les echa en cara su infidelidad
o ligereza, mientras que ellos, por
su parte, tienen el sentimiento de
emanciparse de su condición
infantil y de crecer. Más vale,
pues, favorecer el ejercicio de la
libertad desde el comienzo del proceso
catequético.
La propuesta
catecumenal es un modelo a este respecto.
El proceso catecumenal está
estructurado de tal forma, que existen
una serie de etapas con sus respectivas
metas. Pero la manera de recorrer
cada etapa, el tiempo destinado para
ello, va a variar según las
personas. Abandonemos, pues, las edades
determinadas de antemano para tal
o cual etapa de iniciación.
Procuremos, por el contrario, que
si el niño comulga, si el adolescente
proclama su fe, no sea porque llegó
a la edad prevista para ello, sino
porque su deseo ha madurado, y libremente
ha hecho la solicitud para recibir
el sacramento. Con todo, no se trata
de esperar pasivamente a que el deseo
nazca; esto llevaría, por demás,
a relegar a los niños provenientes
de familias culturalmente necesitadas.
No. Es necesario estimular el deseo
de los infantes y adolescentes, ofreciendo
sistemáticamente catequesis
por grupos de edad. A través
de lo que se les ofrece, será
necesario velar para que surja el
deseo en cada niño, niña
o adolescente, en relación
con sus pares, en una dinámica
de grupo, y en contacto con los adultos,
de tal forma que sean ellos y ellas,
como sujetos de la catequesis, quienes
determinen el momento conveniente
de avanzar a tal o cual etapa de su
proceso de iniciación.
4. Una catequesis
presacramental y postsacramental equilibradas.
Cuando se retoma la tradición
catecumenal, conviene prever en el
proceso de iniciación, tanto
la catequesis que sigue a los sacramentos
como la catequesis de preparación
a los mismos. Las catequesis postsacramentales
o mistagógicas, en particular,
podrían ser la ocasión
de encuentros intergeneracionales.
Recordemos que, en la práctica
catecumenal de los primeros siglos,
toda la comunidad estaba invitada
a participar en la catequesis mistagógica
de los neófitos. Ésta
era la forma como la comunidad acogía
a los nuevos bautizados, y también
la manera de entrar con ellos, y gracias
ellos, en una catequesis permanente.
A este respecto, sería muy
oportuno favorecer en la actualidad
las catequesis postsacramentales,
las cuales se caracterizarían
por abrir espacios para el diálogo
entre jóvenes y adultos, lo
que implicaría el mutuo testimonio
de fe, beneficiándose así,
tanto los unos como los otros..
5. Catequesis
en redes que superen el nivel local.
La catequesis de los niños
y adolescentes no podría circunscribirse
únicamente al nivel parroquial
local.
Este nivel, por supuesto, es esencial;
allí la comunidad cristiana
tiene un rostro concreto y familiar.
Recordemos, no obstante que, como
en el catecumenado, no es la comunidad
local aislada la que engendra la fe,
sino la Iglesia diocesana en la que
ella se inserta, y a través
de la cual entra en comunión
con la Iglesia universal. De aquí
la importancia de la llamada decisiva
por parte del obispo en el proceso
catecumenal. Desde este punto de vista,
es importante que la catequesis de
los niños y adolescentes, aunque
realizándose localmente, se
conecte, a fortiori, con movimientos
o redes (Taizé, Jornada Mundial
de la Juventud, Movimiento Eucarístico
Juvenil, etc.) que van más
allá del nivel local, sobretodo
cuando los recursos locales faltan.
En estos tiempos de globalización,
la catequesis no puede abstenerse
de hacer experimentar a las jóvenes
generaciones la diversidad y el alcance
de la comunidad cristiana, y ha de
hacerlo no sólo teóricamente,
por medio de informaciones, sino también
de manera práctica, mediante
la participación en diversas
iniciativas, en particular interparroquiales,
o en redes que permitan hacer contactos
y crear vínculos más
allá del nivel local.
6. Nuevos
ritmos y derroteros. Por último,
me parece que es necesario reconsiderar
los ritmos y los derroteros del proceso
de iniciación ofrecido a los
jóvenes.
La siguiente hipótesis plantea
una renovación que toca aspectos
fundamentales, pero sin pretender
revolucionarlos, al tiempo que evita
transiciones bruscas. En la actualidad,
es un hecho que los jóvenes
alcanzan generalmente una situación
relativamente estable en lo profesional,
lo afectivo y lo social, a partir
de los 25 años. Por lo tanto,
desde el punto de vista de la iniciación
en la fe cristiana, se debe aprovechar
este largo período, para proponer
algunas etapas rituales inspiradas
en el catecumenado.
- Entre
7 y 11 años se podría
celebrar la primera comunión,
junto con la confirmación,
si el niño o la niña
han sido bautizados en la primera
infancia. En caso de que el bautismo
no se haya administrado durante
la primera infancia, o que se
haya sustituido por una celebración
cristiana para acoger la nueva
vida, se podría proponer
la celebración simultánea
de los tres sacramentos de la
iniciación. Esta etapa
estaría marcada, además,
por el signo simbólico
de la entrega de una cruz y por
la "redditio" del Padre
Nuestro.
- Entre
12 y 14 años, podría
proponerse una ceremonia de llamamiento
a los jóvenes por parte
de toda la comunidad cristiana.
Durante esta ceremonia, se les
hace entrega del Evangelio o de
la Biblia. Esto representa una
inversión importante con
relación a la profesión
de fe tradicional a los 12 años.
No se trata aquí de un
compromiso formal del joven con
la comunidad, sino de un acto
comunitario, en el que se convoca
a los jóvenes y se les
confía una tarea entregándoles
el Evangelio
- Entre
16 y 19 años, al finalizar
el ciclo de los estudios secundarios
y entrar en un período
de aprendizaje técnico
o de estudios superiores, podría
proponerse la profesión
solemne de la fe, con toda la
comunidad, el día de Pascua.
- Finalmente,
alrededor de los 25 años,
se podría proponer a los
jóvenes adultos que están
comenzando su vida profesional
y conyugal, una celebración
de reconocimiento de la fe recibida
y de compromiso de servicio a
la humanidad en la comunidad cristiana.
Es bueno notar
que el proceso que acabo de plantear,
no es posible sin la existencia de
una estructura comunitaria, o al menos
de un núcleo fraternal capaz
de interrelacionar los diferentes
estratos generacionales.
Un concepto
amplio de la catequesis.
Los cuatro
retos y tareas de la catequesis que
os he presentado, implican un concepto
ampliado pero preciso de la catequesis.
Ésta constituye un dispositivo
complejo y variado, orgánicamente
constituido, pedagógicamente
reflexionado, del que la comunidad
se dota para crecer en la fe y para
hacer crecer a cada uno de sus miembros.
Más
concretamente, podríamos
definir la catequesis de la siguiente
manera:
- Junto con del kerigma, la homilía
y la teología, la catequesis
hace parte de la función
profética de la Iglesia.
- Es una actividad de la palabra
sobre la fe y sobre la vida cristiana,
- dialogada,
- inscrita en un proceso pedagógico
reflexionado, con etapas y momentos
definidos,
- con una organización
establecida y consolidada,
- cuya finalidad es la de permitir
que las personas (niños,
jóvenes y adultos) y las
comunidades puedan descubrir y
comprender la esencia y coherencia
del mensaje cristiano (creer/vivir/celebrar)
y apropiarse libremente de él,
bien sea inicialmente o en profundidad,
y contribuir así a la edificación
de una comunidad de cristianos
y cristianas libres (confirmados),
congregados en nombre del Evangelio,
en medio del mundo y a su servicio.
Ésta
es una definición amplia, pero
precisa. En ella no se confunde la
catequesis con la pastoral, de la
que, no obstante, hace parte. En realidad,
no todo en la Iglesia es catequesis.
Pero si no todo es catequesis, ésta,
sin embargo, está relacionada
con todo, y recíprocamente,
todo en la Iglesia puede tener una
función catequética.
Se puede comprender, por lo tanto,
el llamado del nuevo Directorio, donde
se pide una mejor concertación
en el seno de la comunidad cristiana
para que la actividad catequética,
en sus diversas formas, esté
verdaderamente articulada con la pastoral
de conjunto, y que las diferentes
pastorales sean conscientes de su
responsabilidad y de las consecuencias
catequéticas de sus diversas
acciones. Importa, en efecto, que
dispongamos de una organización
eficaz de la catequesis en sus distintos
aspectos, articulada con una pastoral
de conjunto.
Advertid que
acabo de pronunciar la palabra "eficaz".
Esta eficacia se refiere a la calidad
del servicio que se ha de prestar
a las personas en su caminar en la
fe. En ningún momento se refiere,
ni se puede confundir con cualquier
tipo de voluntad de poder sobre las
personas o de control en la transmisión
de la fe; porque en la catequesis
no hay soluciones milagrosas. Nos
podemos preocupar al máximo
por las condiciones que hacen posible,
comprensible y deseable la fe. Pero
la transmisión misma de la
fe no está en nuestras manos.
En este sentido, un nuevo creyente
o una persona que se reinicia en la
fe siempre constituirán una
sorpresa; de ninguna forma serán
el resultado de una conquista o el
producto de nuestros esfuerzos. "Sucede
con el Reino de Dios, lo mismo que
con el grano que un hombre echa en
la tierra. No importa que él
esté dormido o despierto, que
sea de noche o de día. El grano
germina y crece, sin que él
sepa cómo" (Mc 4, 26-27).
Por eso tenemos que sembrar, y sembrar
extensamente, contando con una organización
eficaz. Pero es inútil ahogar
los retoños, madurar los frutos
a la fuerza o predecir la cosecha.
Sembrar es emprender con nuestros
contemporáneos una historia
común, sin querer controlar
los resultados. Por eso estamos llamados
a poner por obra planes catequéticos
audaces, rigurosos; un rigor que sea
animado por el espíritu de
la entrega desinteresada. Lo que simplemente
hemos de vivir en la catequesis, es
una exquisita solicitud hacia cada
una y cada uno de los demás.
Esta solicitud hacia cada persona
y nuestra devoción a Dios -tal
es nuestro testimonio- son como las
dos caras de una misma moneda.
André
Fossion
Elementos
bibliográficos recientes de
Lumen Vitae
- Luc
AERENS, La catéchèse
de cheminement. Pédagogie pastorale
pour mener la transition en paroisse,
Collection " Pédagogie
catéchétique ",
Lumen Vitae, Bruxelles, 2002.
- Philippe Bacq, Christoph Théobald
(sous la direction de), Une nouvelle
chance pour l'Evangile, Collection
" Théologie pratique ",
Lumen Vitae / l'Atelier, Bruxelles/Paris,
2004.
- Henri DERROITTE, La catéchèse
décloisonnée, Collection
" Pédagogie catéchétique
", Lumen Vitae, Bruxelles, 2000.
- Henri DERROITTE (sous la direction
de), Théologie, mission et
catéchèse, Collection
" Théologie pratique ",
Lumen Vitae, Novalis, Bruxelles, 2002.
- Henri DERROITTE (sous la direction
de), Catéchèse et initiation,
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catéchétique ",
Lumen Vitae, 2005.
- André FOSSION, La catéchèse
dans le champ de la communication,
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", n°156, Cerf, Paris, 1990.
- André FOSSION, Dieu toujours
recommencé. Essai sur la catéchèse
contemporaine, Collection " Théologie
pratique ", Lumen Vitae, Cerf,
Novalis, Bruxelles,1997
- André Fossion, Une nouvelle
fois. Vingt chemins pour recommencer
à croire, Lumen Vitae, Bruxelles,
2004. - En castellano : Volver a empezar,
Veinte caminos para volver a la fe,
Sal Terrae, Santander, 2005.
- Reinhilde HOUTEVELS-MINET, Il nous
parlait en chemin. La catéchèse
paroissiale. Communauté, parole,
chemin, Collection " Pédagogie
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- Bill HUEBSCH, La catéchèse
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", Lumen Vitae, 2005.
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