Cinco flagelos, entre otros, amenazan
seriamente hoy la vida de los pueblos
latinoamericanos: deuda externa, corrupción,
droga, abusos y daños ecológicos,
armamentismo.
El peso insoportable
de la deuda externa
El desarrollo integral de los pueblos
latinoamericanos y e! acceso a una vida
digna está impedido hoy por e!
peso asfixiante de la deuda externa,
constituye un gravísimo obstáculo
para e! desarrollo de las naciones y
una permanente amenaza para toda la
humanidad. Se estima que cada año,
nacen aproximadamente 75 de millones
de habitantes entre los países
más pobres de! continente Asiático,
Africano y Americano.
Cada uno de los recién nacidos
entra al mundo con una pesada deuda
bajo el brazo. Dada la perversidad inicua
de la deuda, ésta se trasmite
de generación en generación
como una carga, sin que nadie sepa a
ciencia cierta quién, cómo
y cuándo fue contraída.
y, al final de cuentas, eso ya no es
lo que preocupa. En realidad lo que
importa es lo que cuesta pagada y cómo
el fantasma de la deuda externa pone
en jaque el futuro de estos niños
y el país en su conjunto.
Aunque la Iglesia reconoce la complejidad
de tan grave problema, tanto en su origen
como en las posibles soluciones, le
preocupa la suerte de las naciones americanas,
sobre todo la situación de vulnerabilidad
en la que se encuentran millones de
hombres y mujeres, y hace un fuerte
llamado a la solidaridad; al mismo tiempo,
que denuncia el origen de tan inicuo
flagelo, el cual se genera por causas
externas y al interior de los mismos
países, haciendo que la deuda
sea verdaderamente abrumadora (EAm.
n 22).
Entre las causas internas se señalan
la corrupción pública
y privada, la mala administración
de los gobiernos y su irresponsabilidad
en el manejo de la cuestión económica,
las autoridades al momento de solicitar
los préstamos o recibidos no
se percataron de sus consecuencias y
no reflexionaron suficientemente sobre
las posibilidades reales de pago, muchas
veces el dinero fue destinado al enriquecimiento
de personas concretas (EAm. n 22).
Entre las causas externas están
los elevados intereses que hay que pagar,
sólo eso constituye un enorme
peso para las débiles economías
de los países pobres, con el
agravante de seguir soportando el peso
del ,capital; se han implementado políticas
financieras especulativas en claro atropello
a los pobres; la presión de los
acreedores ha sido tan fuerte que los
Gobiernos han dejado de invertir en
el desarrollo social, la educación,
la salud y la vivienda; realmente la
economía de los países
pobres existe en función del
pago de la deuda o solo para pagar los
intereses (EAm. n 22).
¿Qué hacer ante tan grave
y complejo problema que afecta directamente
la vida de tantas personas y naciones
enteras? En primer lugar, "la Iglesia
en su solicitud pastoral no puede ignorar
este problema. Es necesario fomentar
estudios serios y objetivos que generen
conciencia en la población y
en los responsables de la situación
económica y social de los países,
de las graves consecuencias de la deuda
externa; tales estudios han de aportar
soluciones eficaces y deben ser publicados
sus resultados (EAm. n 59). En segundo
lugar, es ético seguir trabajando
en la perspectiva de "una notable
reducción, si no en una total
condonación de la deuda (EAm.
n 59). Son ya muchos los sectores y
organizaciones en todos los países
que han reclamado a los organismos internacionales,
como el Fondo Monetario Internacional
(FMI) y el Banco Mundial, que perdonen
el 100% de la deuda, especialmente a
los países más pobres.
En tercer lugar, es necesaria una lucha
de todos los ciudadanos, de la Sociedad
Civil y de los gobiernos contra la impunidad
y la corrupción.
La lacra
de la corrupción
La corrupción es otro de los
graves problemas que afrontan nuestros
países, hasta el punto de constituir
una de las causas de la agobiante
deuda externa, al mismo tiempo que
es la mayor causa de la pobreza y
uno de los más grandes obstáculos
para combatida. Podemos afirmar que
deuda externa, corrupción y
pobreza son flagelo s que se alimentan
mutuamente atrapando a nuestros pueblos
en el círculo perverso de la
miseria. Son los grandes obstáculos
para el desarrollo social y para el
logro de una vida digna para todos.
Son ciertamente los pobres, los primeros
en sufrir los retrasos, la ineficiencia,
la ausencia de una defensa adecuada
y las carencias estructurales que
se generan en un ambiente donde campea
la corrupción y la impunidad
(EAm. n 23).
Las consecuencias nefastas de la corrupción
afecta a las personas, a las estructuras
públicas y privadas de poder
y a las clases dirigentes, al mismo
tiempo genera una situación
de impunidad, de enriquecimiento ilícito,
falta de confianza en las instituciones
políticas, impide la adecuada
administración de justicia
y la debida inversión pública
(EAm. n 23). Reconocemos que luchar
contra la corrupción no es
tarea fácil, requiere la colaboración
de cada ciudadano. La lucha contra
la corrupción es tarea de todos.
La Iglesia en su compromiso con la
promoción humana y el desarrollo
integral participa también
en esta lucha.
La amenaza
del narcotráfico y el consumo
de la droga
La situación del Continente
se agrava frente a la creciente amenaza
del narcotráfico, que con sus
tentáculos perversos ha penetrado
la institucionalidad de muchos países;
se incrementa el consumo de la droga
particularmente entre los jóvenes
urbanos. Además, el narcotráfico
ha llegado a ser un negocio que produce
enormes ganancias cada día.
Como cualquier otra industria, se
mueve por las leyes del mercado: la
oferta y la demanda. La demanda crece
aceleradamente desde los países
ricos, asimismo la producción
también crece desde algunos
países del Sur. Además,
los productores, ya sean campesinos
en la región andina, o fabricantes
de drogas sintéticas en Europa
o EEUU, tratan de minimizar los costos
y maximizar las ganancias. De tal
manera que producción, tráfico
y consumo constituyen tres dimensiones
de la misma problemática que
se convierten en una seria amenaza
para las estructuras sociales en cada
nación (EAm. n 24).
Las naciones que viven azotadas por
este flagelo experimentan altos índices
de criminalidad y violencia, de inseguridad
y zozobra hasta poner en peligro la
gobernabilidad y la democracia, ya
que este nefasto negocio es capaz
de destruir gobiernos, corroyendo
la seguridad económica. Y la
estabilidad de las naciones (EAm.
n 24). La droga, por un lado, es un
poderoso destructor de la vida familiar,
de las comunidades y de la persona
en su dimensión física
y emocional.
También aquí la Iglesia,
frente a este flagelo ofrece su compromiso
solidario en cuatro direcciones. Primero
en la línea de desarrollar
proyectos orientados a la erradicación
del consumo, el tráfico y la
producción. Los proyectos para
garantizar su eficacia deben hacerse,
"con los responsables de las
Naciones, los directivos de las empresas
privadas, las organizaciones no gubernamentales
y las instancias internacionales"
(EAm. n 61). Segundo, en el campo
jurídico, apoyando a los organismos
responsables de elaborar las leyes
para que emitan aquellas que impidan
el 'bloqueo de dinero', que favorezcan
el control de los bienes del tráfico,
que vigilen la producción y
comercio de las sustancias químicas
(EAm. n 61).Tercero, comprometer a
la sociedad civil en esta lucha y
denunciar valientemente, con fuerza
el hedonismo, el materialismo y los
estilos de vida que conducen a la
producción, tráfico
y consumo de la droga. (EAm. n 61).
Cuarto, en virtud de su misión
evangelizadora la Iglesia tiene que
ofrecer el auténtico sentido
de la vida especialmente a los jóvenes
De parte de los Gobiernos se deben
implementar políticas en tres
direcciones. Primero, ayudar a los
agricultores pobres a no buscar el
dinero fácil por los caminos
que ofrece la droga. Segundo, con
la solidaridad de las Organizaciones
internacionales incentivar las producciones
agrícolas alternativas. Tercero,
apoyar los programas de atención
a las víctimas de la toxico
dependencia.
Los abusos y daños ecológicos
Nuestros países no son ajenos
a la gravedad de la crisis ecológica,
la cual se detecta con gran preocupación
tanto en el área urbana como
rural de las naciones del Continente.
Las grandes urbes muestran un panorama
desolador, pues están enfermas
en sus zonas centrales y deterioradas
en su periferia (SD 169).
La realidad del campo presenta una
situación similar, especialmente
aquellas áreas habitadas por
indígenas y campesinos, quienes
golpeados por la pobreza tienen el
ú8nico recursos de la tierra.
Muchas veces, para complicar esa situación,
poblaciones enteras son despojadas
de sus tierras o arrinconadas en las
menos productivas. Además se
continúa talando y quemando
los bosques sin ningún control
de parte de la autoridad competente
y a beneficio de unos pocos, a quienes
no importa nada la depredación
de la naturaleza ni sacrificar los
bosques, el aire, los ríos
y los mares con tal de favorecer el
afán de lucro y satisfacer
fuertes intereses económicos.
Por eso los abusos y daños
ecológicos que se clan son
grandes, denuncia el Papa Juan Pablo
II en Ecclesia in America: baste pensar
en la emisión incontrolada
de gases nocivos o en el dramático
fenómeno de los incendios forestales,
provocados a veces intencionalmente
por personas movidas por intereses
egoístas. Esta devastación
puede conducir a una verdadera desertización
de no pocas zonas de América,
con las inevitables secuelas de hambre
y miseria (EAm. n 25).
Probablemente una de las causas de
esa situación esté en
las actitudes y 'los estilos de vida
conducidos por el egoísmo que
llevan al agotamiento de los recursos
naturales (Ibid). Frente a esa problemática,
la Iglesia latinoamericana ya se había
pronunciado en la Conferencia de Santo
Domingo, apelando a un trabajo serio
capaz de conjugar el crecimiento económico
con los límites ecológicos
de modo que se pueda garantizar un
desarrollo sostenible, pero que no
privilegie minorías en detrimento
de las grandes mayorías empobrecidas
del mundo sino subordinado a criterios
éticos, los cuales plantean
como exigencia, en primer lugar, la
ruptura con una moral utilitarista
e individualista y, en segundo lugar,
la adhesión al principio del
destino universal de los bienes de
la creación y promoción
de la justicia y solidaridad como
valores indispensables (SD 169). Ecclesia
in America considera muy importante
la intervención de los creyentes
en este campo tan actual. De igual
manera se ha de involucrar todos los
hombres de buena voluntad, las instancias
legislativas de cada país y
los gobiernos en pleno (EAm. n 25).
Ahora, desde una perspectiva pastoral
emergen algunas preguntas fundamentales
que hay que responder desde el contexto
de una creciente conciencia planetaria
y de un mundo aceleradamente globalizado,
que, sin duda alguna, estarán
desafiando a la V Conferencia General.
¿Cómo hacer comprensible
el Evangelio, en cuanto la buena noticia
de Dios a los hombres y mujeres que
viven en este mundo globalizado? ¿Cómo
hablar de Dios en el contexto de una
época que esta en su ocaso
y otra época emerge, generando
una situación generalizada
de crisis? ¿Cuál es
el lenguaje adecuado y la metodología
pertinente capaz de anunciar el acontecimiento
salvador y auténticamente liberador
de Jesucristo hoy? Frente a esos cuestionamientos,
nos corresponde elaborar una nueva
versión del cristianismo desde
la nueva época que esta naciendo.
¿Cómo evangelizar en
mundo de excluidos? ¿Cómo
entender la Historia de la Salvación
en el contexto de una historia humana
marcada por la injusticia? ¿Qué
aporta significativamente la fe ante
una pobreza estructural? Estos interrogantes
desafían a la Iglesia para
que no caiga en el juego de los que
promueven la alineación Y pone
a prueba la credibilidad del propio
Evangelio en cuanto "vida en
plenitud".
¿Cómo evangelizar en
el respeto a las culturas haciendo
de la evangelización un proceso
de inculturación del Evangelio?
¿Cómo evangelizar en
el respeto a la religión del
otro? Hoy es un desafío apremiante
para el Iglesia el dialogo cultural
e Inter-religioso.
El proceso de la V Conferencia General,
en su fase preparatoria, celebrativa
y de proyección en la "misión
continental" deberá generar
una nueva conciencia eclesial, una
fuerte consolidación de la
identidad de sus miembros desde el
discipulado y la misionariedad; también
ha de provocar una amplia capacidad
de respuesta a los nuevos desafíos
pastorales, dado que estamos en un
nuevo contexto cultural, al cual hemos
de responder desde la riqueza de nuestra
identidad que se configura en la experiencia
del ser discípulos y misioneros
de Jesucristo para comunicar vida
en su Nombre a estos pueblos amados
por Dios y la Iglesia y, que a la
vez, son excluidos por un modelo de
sociedad en el que dominan los poderosos
y se caracteriza por la contracultura
de la muerte (EAm.,n 63).
Este
es el extracto de una extensa nota
publicada en la revista medellín/teología
y pastoral para américa latina
Nº 126, junio de 2006.
P. Victor M. Ruano Pineda
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