A.
Jesús nos llama a la santidad
Estas palabras del Señor Resucitado
valen hoy para nosotros. El Santuario
de la Virgen Aparecida se convierte
en la montaña que Jesús
ha indicado para que los discípulos
suyos que peregrinan en América
Latina y el Caribe se reúnan
para recibir otra vez su mandato misionero.
Este es un "tiempo oportuno",
un "kairós" que el
Señor ha determinado para una
obra de su gracia para bien de todos
nuestros pueblos. Debemos tener conciencia
de la cercanía privilegiada de
Dios con nosotros en estos días,
y de la magnitud de la obra para la
que El nos convoca: la Evangelización
de nuestros pueblos.
Con agradecimiento y humildad hemos
de disponernos a escuchar al Señor
que nos llama en todo y siempre. Nos
llama en la creación y en la
historia; en la humanidad de Cristo,
en la humanidad de la Iglesia y en la
humanidad de todos los hombres; en el
esplendor de la Liturgia y en la sencillez
de los hechos cotidianos; en su Palabra
revelada y en las palabras humanas;
en el dolor y en la alegría;
en la pobreza y en la riqueza. Nos llama
en todo cuanto existe y en todo cuanto
acontece, porque toda criatura es lo
que es por razón de una palabra
creadora de Dios y porque todo acontecimiento
de la historia le pertenece en el único
designio de su benevolencia. Es Él
mismo quien nos llama hoy, en el aquí
y ahora de nuestros pueblos. Lo hace
por Jesucristo en su plenitud, su Palabra
perfecta e insuperable. Dice la Epístola
a los Hebreos: "Después
de haber hablado antiguamente a nuestros
padres por medio de los profetas, en
muchas ocasiones y de diversas maneras,
ahora, en este tiempo final, Dios nos
habló por su Hijo, a quien constituyó
heredero de todas las cosas y por quien
hizo el mundo" ( Hb 1, 1-2).
Dios nos revela por su Hijo el misterio
de piedad, su designio de salvación.
Dios no tiene otro proyecto que el de
nuestra santidad en Cristo, la santidad
de todos, de individuos y de pueblos.
Dios, que es santo, nos llama a ser
santos: "Él nos ha elegido...
antes de la fundación del mundo,
para ser santos e inmaculados en su
presencia, en el amor... para ser sus
hijos adoptivos por medio de Jesucristo"
(Ef. 1, 4-5). La santidad es nuestro
destino de gracia y de gloria. Para
ello Jesucristo dio su vida.
La cuestión del hombre y de los
pueblos es una cuestión con Dios.
Los dos amores que dividen a los hombres
en la historia son el amor de sí
mismo hasta el desprecio de Dios y el
amor de Dios hasta el desprecio de sí
mismo. Esta elección de amor,
que se debe hacer en la opción
fundamental de la existencia, ha de
ser sostenida y confirmada en el ejercicio
de la libertad en la vida cotidiana.
Cada día el hombre es interpelado
para que elija a Dios que lo llama al
servicio y no al dominio.
Conscientes de nuestra vocación
a la libertad, queremos elegir el amor
de Dios y de los hermanos, también
de los enemigos y perseguidores, abandonando
el odio y construyendo la paz. La conversión
es realmente un cambio intelectual y
moral hondo, arduo y prolongado, pero
posible y debido. Siempre estamos en
un combate espiritual porque: "Todo
hombre es Adán. Todo hombre es
Cristo" (San Agustín). Siempre
tenemos que luchar desde nuestra naturaleza
humana herida por el pecado. En un clima
de esfuerzo y de trabajo, debemos santificamos
en estos días, con la verdad
de la humildad y la certeza de la esperanza.
En una cultura donde tantos hombres
se han enamorado de sí mismos
porque han creído la mentira
del "serán como dioses"
(Gn 3,5), debemos confesar con sabiduría
diáfana y serena que nada vale
en la vida si no nos lleva a Dios. "Nos
hiciste para Ti, e inquieto está
nuestro corazón, mientras no
descanse en Ti".
Para nuestra historia santa, como para
toda vida de responsabilidad, es necesaria
la gracia de Dios y nuestra colaboración.
La gracia de Dios es una ayuda que necesitamos
absolutamente para caminar hacia nuestra
santidad. Nadie existe sin recibir de
Dios esta ayuda. Dios ha prometido auxilio
a su criatura y Él es bueno y
fiel, con la sobreabundancia de la redención.
Esto se verifica en la existencia de
todos los hombres, lo sepan o no lo
sepan.
En el acto bueno Dios dignifica tanto
nuestra colaboración que hace
que su gracia sea nuestro mérito.
Aquellos que hayan ejercido su libertad
en la caridad, según la voluntad
de Dios, escucharán decir al
Señor: "Vengan, benditos
de mi Padre, a poseer el Reino que les
ha sido preparado desde toda la eternidad.
Porque tuve hambre y me dieron de comer...
Lo que hicieron con uno de estos pequeños,
conmigo lo hicieron" (Mt 25,35.40).
El encuentro de Dios que obra la salvación
en el hombre es un misterio, que nunca
se debe explicar oscureciendo alguno
de los protagonistas, sino subrayando
que la mayor presencia de Dios y de
su gracia, da mayor entidad al hombre
y a su libertad, porque cuando la historia
se hace más de Dios, se hace
más de los hombres. Así
debemos entender la libertad de los
hijos de Dios. El combate contra el
tentador fue librado primero por el
Señor, que salió victorioso.
Ahora el combate es nuestro y tiene
en esta asamblea un momento privilegiado
para una gran victoria. ¿Quién
nos conducirá? "¿A
quién iremos, Señor, si
sólo Tú tienes palabras
de vida eterna?" ( Jn 6,68). Venimos
a Ti, Jesús. Queremos escuchar
tus palabras. Nosotros y nuestros pueblos
queremos ser tus discípulos y
tus misioneros. Queremos recibir tu
Espíritu.
B. Discípulos
de Cristo
Es el Señor quien elige y llama
a los discípulos, no por sus
cualidades personales, ni siquiera
las morales. Es la gratuidad de su
elección la razón de
nuestra presencia aquí. Ser
discípulo es un don de Dios,
que consiste no sólo en aceptar
una doctrina, sino en adherir a la
Persona de Jesús, e incorporarse
por Él a la obediencia filial
al Padre y a la docilidad al Espíritu
Santo (cf. Heb 5,8-10), porque en
la revelación, "Dios invisible,
movido por el amor, habla a los hombres
como amigos, trata con ellos para
invitarlos y recibirlos en su compañía"
(Dei Verbum, 2).
La Palabra revelada por Dios, no es
acogida con la fuerza de la evidencia
de la luz natural de la inteligencia
sino con la firmeza propia de la fe,
de la confianza sobrenatural en Dios
bueno y veraz que nos habla como amigo,
abriéndonos la intimidad de
su designio. La Fe es la verdad del
misterio divino compartida en el amor:
el amor de quien revela, el Señor,
y el amor de quien le cree, el discípulo.
La obediencia de la fe, raíz
de la salvación, es un acontecimiento
de la nueva creación. No es
resultado de ninguna cultura humana.
El Señor quiere continuar su
obra por nosotros. Necesitamos ofrecernos
todos los miembros de la Iglesia como
sus signos e instrumentos. Unos para
otros, y todos nosotros para todos
los hombres que comparten nuestra
historia. Que seamos uno en la fe
y en el amor, para que el mundo crea.
Empecemos a dar testimonio en estos
días.
El discípulo cree porque fue
seducido por la Pascua de Jesucristo,
por su entrega de amor en la Cruz.
El acto de fe es este encuentro de
libertades y de amores, una libertad
seductora por su amor, la de Cristo;
otra seducida por ser amada, la del
discípulo. Así se origina
el injerto del bautizado en la cepa
que es Cristo y su incorporación
a la Iglesia.
La libertad de la fe, como toda auténtica
libertad, debe ser vivida con la dignidad
de un hombre que tiene sed de Dios
y lo busca con todo el corazón.
Por eso, debe ser sostenida y defendida
frente a todas las tiranías,
cualquiera sea su origen y su forma.
Hemos de vivir apasionados por la
verdad, por toda verdad, porque en
toda verdad está llegando el
misterio de Dios, Padre de las luces,
y el Verbo, Jesucristo, que es la
Verdad. El pecado entró en
el mundo por la mentira. El diablo
es el padre de la mentira, y así,
el padre de los pecados de los hombres.
Tener pasión por la verdad
es propio de los hijos de la luz,
y manifestación de la sed de
la vida. En cambio, la indiferencia
por ella y el relativismo del conocimiento
entrañan la renuncia a la sabiduría,
que debe dirigir los pasos del el
hombre, ser inteligente y libre. El
hombre está llamado a caminar
en la luz de la verdad, a buscarla
siempre como su enamorado y mendigo,
aunque en el tiempo nunca la encuentre
en plenitud.
Jesucristo es la Verdad (Jn 14,6).
En Él, Dios Padre nos abre
al misterio de Dios Uno y Trino, y
de su designio, y nos explica quiénes
somos los hombres y adónde
vamos. Por Cristo aprendemos que somos
imagen de Dios, llamados a ser hijos
en el Hijo y amados por Dios por nosotros
mismos (cf. GS 24). Entendemos que
la familia es el santuario del amor
y de la vida. Sabemos que la comunidad
humana está destinada a la
fraternidad, se debe construir cada
día y debe durar para siempre.
La razón de pertenencia de
cada persona a la familia humana universal
radica en su dignidad de hijo de Dios
y hermano de los hombres.
Conocemos así que el encuentro
de los hombres no se debe regular
por las normas del egoísmo,
para que cada uno procure su propio
provecho reclamando exclusivamente
sus derechos, sino por la ley del
amor para que descubramos en el otro
un don de Dios y un destinatario de
nuestro servicio, cuyos derechos debemos
defender como si fuesen propios. En
la fe debemos descubrir a Cristo en
el rostro de todos, particularmente
de su hermanos más pequeños
(cf. Mt 25,31-46).
Además por la fe sabemos que
el universo creado es una casa común,
obra de Dios Padre, regalada a todos
los hombres de todos los tiempos,
a quienes les entregó como
título de propiedad inajenable
y como título de responsabilidad
irrenunciable su propia naturaleza
de hombre, imagen de Dios, hijo suyo,
hermano de todos los hombres y junto
con ellos, administrador del cosmos.
En fin, por la fe sabemos que el tiempo,
por la gracia de Jesucristo, es camino
de la eternidad, a la que vamos acercándonos
en cada instante y vamos llegando
en cada muerte.
¡Cuánta sabiduría
nos regala Dios en su Hijo, Camino,
Verdad y Vida! Esta sabiduría
es plena cuando se vive la fe, que
reclama para su perfección
la esperanza y la caridad. Aceptemos
agradecidos el don de ser discípulos
y vivamos "haciendo la verdad
en el amor" ( Ef 4,14).
El misterio de Jesús no estrecha
el horizonte sino que ilumina el destino
de todos los hombres en el Plan de
Dios. Esto es sostener con claridad
la última razón de la
dignidad y la igualdad de todos los
hombres. La verdadera estatura de
todo hombre no es simplemente la del
viejo Adán, sino la del nuevo
Adán, la de Jesucristo, el
Hombre Nuevo.
A Él debemos seguir. Él
es el Camino, en su estilo, el de
la Cruz: "El que quiera venir
detrás de mí, que renuncie
a sí mismo, que cargue con
su cruz y me siga. Porque el que quiera
salvar su vida, la perderá;
y el que pierda su vida por mí
y por el Evangelio, la salvará"
(Mc 8, 34-35).
Para vivir la vida nueva de la gracia
y empezar el Reino de la Vida que
prepara los cielos nuevos y la tierra
nueva, el Señor nos ha dado
como alimento del camino la Eucaristía,
sacramento de su amor, de su sacrificio,
de su muerte y su resurrección.
Es el Señor hecho pan y hecho
vino el que nos da la fuerza para
vivir como Él, para que participemos
de su "amor hasta el fin",
para incorporarnos al dinamismo de
su amor oblativo, nos enseñaba
Benedicto XVI (Cf. Sacramentum caritatis
11). Un gran pastor de nuestra América,
poco antes de morir, me decía:
"No nacemos para morir. Nacemos
para entregarnos a Dios". El
que así vive -así vivió
él- tiene en la muerte el último
acto de su vida, el último
acto de su amor.
La oración, que acompañó
a Jesús sobre todo en sus momentos
culminantes, debería distinguir
a los miembros de la Conferencia para
que la cercanía del Señor
sea profundamente experimentada y
éstos sean días de tierna
intimidad con Él. Los cristianos
eran reconocidos en el mundo pagano
como comunidad orante. La Conferencia
de Aparecida debería ser señalada
por lo mismo. En la oración
encontrará sabiduría
y discernimiento, espíritu
de diálogo serio y fraterno,
capacidad de comunicación entre
todos, porque Dios se aproxima a todos
para reunimos y no está tejos
de nadie sino sólo de aquel
que lo rechaza.
C. Misioneros
de Cristo
A quienes les había revelado
la voluntad del Padre, les transmite
la potestad y les impone el deber
de anunciar el Evangelio. "Yo
he recibido todo poder... hagan discípulos...
bautizándolos... y enseñándoles..."
El amor de Cristo al Padre y a todos
los hombres debe pasar al corazón
de los discípulos para comunicar
ese amor, que es la misión
del Señor.
Quien ha conocido al Señor,
y su designio de misericordia, experimenta
el deber maravilloso de compartir
los dones de la creación y
de la gracia, y la esperanza de la
gloria. El discípulo de Cristo
ha comprendido que existir es coexistir,
o mejor, es proexistir, es decir,
existir para el servicio, para dar,
darse, comunicarse. La vida de la
persona humana es esencialmente relacional,
sólo es auténtica cuando
se comunica y vive en comunión.
La Comunión de Dios trinitario
se refleja en nosotros cuando, por
la comunicación con Él
y de unos con otros, nos hacemos Cuerpo
de Cristo, Pueblo de Dios, Templo
del Espíritu.
La misión del discípulo
procede del misterio de comunión
divino. El discípulo de Cristo
es, como Cristo mismo, servidor de
la comunión. Vivir la vida
nueva es, para el discípulo,
vivir la comunión con Cristo
por la fuerza del Espíritu
que lo conduce a anunciar la redención.
Es ofrecerse el discípulo como
víctima junto a Jesús
para la conversión y la salvación
de los hombres, para su participación
en el Misterio trinitario.
Queremos hacer el don de Dios a todos
los hombres de nuestra tierra. Porque,
como dijo nuestro Sumo Pontífice,
"quien no da a Dios, da demasiado
poco". Y si queremos dar a Dios,
infinito en su ser y su verdad, en
su bondad y su belleza, ¿cómo
no hemos de querer darnos a nosotros
mismos? Y dándonos a nosotros
mismos, ¿cómo no hemos
de querer compartir los otros bienes?
Si no compartimos los bienes creados,
materiales y espirituales, trabajándolos
juntos y participando de ellos en
solidaridad, no estamos amando a Dios.
"El que no practica la justicia
no es de Dios, ni tampoco el que no
ama a su hermano", dice San Juan
( 1 Jn 3,10). Pero también
es cierto que si no damos a Dios,
aunque demos otros bienes, no estamos
pagando la deuda de amor entre nosotros:
nuestra deuda es Dios. No nos debemos
sólo la fraternidad, sólo
la justicia social. Nuestra primera
deuda es Dios.
Creamos: la redención actúa
hoy. La Pascua de Cristo está
en la eternidad dominando los siglos,
brindándose con la plenitud
de su gracia a todos los hombres y
pueblos de América Latina y
El Caribe. Hoy podemos convertirnos,
santificarnos y servir a la santidad
de los demás. Hoy podemos amar
porque hoy somos amados por el amor
redentor. Hoy podemos servir a la
conversión de los hermanos.
Cada instante es capaz de Cristo pascual.
El instante de cada persona y de cada
pueblo existe para que Cristo acceda
al corazón y a la libertad
de cada uno. Hoy, "el Hijo de
Dios, por su Encarnación, se
ha unido en cierto modo con todos
los hombres (GS 22).
No nos debemos extrañar si
no obtenemos frutos pastorales cuando
no tenemos interiormente semejanza
real con el Buen Pastor, que da la
vida por sus ovejas. Siempre, siempre,
la verdad y la gracia son vida que
nos llega de Jesús, a cuyo
servicio está siempre la Iglesia.
Ella reclama de sus miembros y de
sus ministros, la identificación
creciente con el Redentor. Toda la
acción de la Iglesia no es
sino ser signo e instrumento del misterio
del Señor, ser su transparencia
eficaz para irradiar la verdad y la
vida de su belleza.
En definitiva, si el hombre se hace
padre de sí mismo por sus opciones,
los pueblos también deben definirse
en su cultura por sus amores. En esta
Conferencia no queremos vivir una
libertad vacía y errante, sino
que queremos elegir conducidos por
el Espíritu. "Todos los
que son conducidos por el Espíritu
de Dios son hijos de Dios" (Rom
8,14). Queremos elegirnos en el amor
de Jesús para donamos en la
cultura de la amistad social y la
solidaridad. Esta fuerza llega a nosotros
desde la comunión del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo,
y nos llega aquí y ahora, en
la casa de Nuestra Señora Aparecida.
D. La verdad
es la esperanza
¿Seremos pueblos más
justos y solidarios, capaces de conversión
y de perdón, capaces de reconciliación
y de paz? ¿Pueblos más
creyentes, discípulos de Cristo,
fraternos y misioneros, más
esperanzados, magnánimos y
audaces? ¿Seremos pueblos con
más vida en Jesucristo, más
santos y peregrinos de la gloria?
Dios nos eligió y nos está
llamando a su Reino de Vida. Respondamos
hoy. La Quinta Conferencia vale por
sí misma. Hoy, y en la medida
en que vale hoy, vale para mañana.
El tiempo es un Adviento. No es algo
que pasa. Es Alguien que viene: Jesucristo
el Señor.
Dios no responde con ideas. Responde
con personas. A la cuestión
del hombre, "que el demonio pretendió
responder con la promesa mentirosa
de "serán como dioses"
(Gn 3,5), Dios, en la plenitud de
los tiempos, respondió con
la verdad plena de su Hijo en la Encarnación
redentora.
Hoy, en una cultura en la que se ha
proclamado que el hombre ha muerto,
la respuesta sigue siendo Jesucristo,
que debe llegar y está llegando
por las personas de sus discípulos,
de sus auténticos discípulos,
identificados con Él y sacramentados
por Él en su amor hasta el
fin. No temamos. No es que en este
cambio de época todo lo bueno
desaparece sino que sufrimos dolores
de parto de un mundo nuevo. Por nuestro
servicio misionero queremos que este
mundo adveniente se abra a la filiación
divina, a la fraternidad humana y
al banquete de la creación.
Cristo es el manantial vivo de nuestra
esperanza (cf. NMI 58). Por Él,
con Él y en Él, debemos
y queremos ser discípulos y
misioneros.
Dice el Señor: "Sabiendo
Jesús que había llegado
su hora de pasar de este mundo al
Padre, él, que había
amado a los suyos que quedaban en
el mundo, los amó hasta el
fin" (Jn 13,1). Les lavó
los pies y se entregó a sí
mismo en la Última Cena. Nosotros,
que queremos ser sus fieles discípulos,
sabiendo que también este tiempo
es un kairós en el que con
Cristo hemos de pasar al Padre, debemos
amar a nuestros hermanos hasta el
fin, lavar sus pies y entregar nuestras
vidas a su servicio. Nada menos. Éste
es el lenguaje de Jesús Resucitado
con sus discípulos misioneros.
En este lenguaje vital renueva hoy
Jesús su Alianza con nosotros
en el Evangelio y en la Eucaristía.
María la primera discípula
de su Hijo que creyó y, por
eso, lo concibió, nos enseñe
a escuchar y creer para anunciar a
Jesús, Camino, Verdad y Vida.
Que Ella nos enseñe a obedecer
a su Hijo, que nos repite: "Vayan
y hagan discípulos a todos
los pueblos" ( Mt 28,19).
Nuestra Señora de Guadalupe,
Nuestra Señora Aparecida, ruega
por nosotros.
Meditación
de monseñor Estanislao E. Karlic,
arzobispo emérito de Paraná
en la Jornada Espiritual
(Aparecida, 14 de mayo de 2007)
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