Año 5 • Nº 67

Junio 2007
 

Los días 3, 4 y 5 de Junio, se realizó en la localidad de Villa Allende, Córdoba, el encuentro de catequistas de Adultos, ENCA 2007, organizado por el equipo nacional de catequesis de adultos (JNC). Los catequistas que participan de dicho espacio, se reunieron para seguir fortaleciendo su mirada, sus propuestas y su capacidad de actuar pastoralmente de manera conjunta allí donde la bisagra de la fe y la cultura y los signos de los tiempos se entrecruzan. Mons. Navarro, miembro de la Comisión Episcopal de Catequesis y Pastoral Bíblica y Asesor del Equipo Nacional de Catequesis de Adultos, acompañó a los catequistas con su presencia y su cercanía y presidió la Eucaristía de cada jornada. Participó entre los catequistas desde su escucha y su voz como pastor de comunidades.

Este encuentro anual fue un momento importante en la dinámica actual en la que viven los catequistas de adultos. La pregunta sobre como insertar en nuestras comunidades el tema de la iniciación cristiana y el catecumenado se fue desentrañando bajo la animación del padre Walter Khury y el ENCA, desde las ponencias del padre Justino Fernández, el padre Marcelo Franchini, junto al testimonio de catecumenado, expuesto por el padre Claudio Castricone que se realiza en el NEA. Enmarcándose en la intervención activa y comprometida de los sesenta catequistas participantes de numerosas diócesis del país, cuyo trabajo en distintos grupos por regiones, propuso algunos ejes para insertar el tema y la reflexión del catecumenado en las diversas comunidades.

El lema del encuentro, "hacia una catequesis de adultos de iniciación cristiana", gravitó a lo largo de los tres días, donde el compartir y el celebrar forjaron el entramado de estas jornadas. Las celebraciones estuvieron cargadas de ternura y encuentro. Apostando a la creatividad y a la participación de los diferentes signos que expresan la vida de los catequistas que pueblan nuestra Argentina.

Como reza el himno del Congreso Eucarístico 2004 de Itatí en una de sus partes:

Somos hijos del "Dios Padre y Madre"
que es ternura y ayuda eficaz:
desde la Compasión y el Coraje
reinventemos nuestra caridad...
Somos rostro de un Dios Trinitario
que aparece cuando hay comunión,
cuando somos todos solidarios,
cuando el pobre es sujeto y señor.

Que este Dios que es Padre y Madre y nos enseña desde la Santísima Trinidad como ser sujetos multiplicadores de Su Amor en nuestras comunidades, reinvente en cada uno de nosotros, catequistas, el Coraje de ser fieles Mensajeros de la Buena Nueva en nuestra tierra de cada día.

Discípulos y Misioneros de Jesucristo

El Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo termina así: "Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el Cielo y en la tierra. Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt 28, 16-20)

A. Jesús nos llama a la santidad

Estas palabras del Señor Resucitado valen hoy para nosotros. El Santuario de la Virgen Aparecida se convierte en la montaña que Jesús ha indicado para que los discípulos suyos que peregrinan en América Latina y el Caribe se reúnan para recibir otra vez su mandato misionero.

Este es un "tiempo oportuno", un "kairós" que el Señor ha determinado para una obra de su gracia para bien de todos nuestros pueblos. Debemos tener conciencia de la cercanía privilegiada de Dios con nosotros en estos días, y de la magnitud de la obra para la que El nos convoca: la Evangelización de nuestros pueblos.

Con agradecimiento y humildad hemos de disponernos a escuchar al Señor que nos llama en todo y siempre. Nos llama en la creación y en la historia; en la humanidad de Cristo, en la humanidad de la Iglesia y en la humanidad de todos los hombres; en el esplendor de la Liturgia y en la sencillez de los hechos cotidianos; en su Palabra revelada y en las palabras humanas; en el dolor y en la alegría; en la pobreza y en la riqueza. Nos llama en todo cuanto existe y en todo cuanto acontece, porque toda criatura es lo que es por razón de una palabra creadora de Dios y porque todo acontecimiento de la historia le pertenece en el único designio de su benevolencia. Es Él mismo quien nos llama hoy, en el aquí y ahora de nuestros pueblos. Lo hace por Jesucristo en su plenitud, su Palabra perfecta e insuperable. Dice la Epístola a los Hebreos: "Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo" ( Hb 1, 1-2).

Dios nos revela por su Hijo el misterio de piedad, su designio de salvación. Dios no tiene otro proyecto que el de nuestra santidad en Cristo, la santidad de todos, de individuos y de pueblos. Dios, que es santo, nos llama a ser santos: "Él nos ha elegido... antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor... para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo" (Ef. 1, 4-5). La santidad es nuestro destino de gracia y de gloria. Para ello Jesucristo dio su vida.

La cuestión del hombre y de los pueblos es una cuestión con Dios. Los dos amores que dividen a los hombres en la historia son el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo. Esta elección de amor, que se debe hacer en la opción fundamental de la existencia, ha de ser sostenida y confirmada en el ejercicio de la libertad en la vida cotidiana. Cada día el hombre es interpelado para que elija a Dios que lo llama al servicio y no al dominio.

Conscientes de nuestra vocación a la libertad, queremos elegir el amor de Dios y de los hermanos, también de los enemigos y perseguidores, abandonando el odio y construyendo la paz. La conversión es realmente un cambio intelectual y moral hondo, arduo y prolongado, pero posible y debido. Siempre estamos en un combate espiritual porque: "Todo hombre es Adán. Todo hombre es Cristo" (San Agustín). Siempre tenemos que luchar desde nuestra naturaleza humana herida por el pecado. En un clima de esfuerzo y de trabajo, debemos santificamos en estos días, con la verdad de la humildad y la certeza de la esperanza.

En una cultura donde tantos hombres se han enamorado de sí mismos porque han creído la mentira del "serán como dioses" (Gn 3,5), debemos confesar con sabiduría diáfana y serena que nada vale en la vida si no nos lleva a Dios. "Nos hiciste para Ti, e inquieto está nuestro corazón, mientras no descanse en Ti".

Para nuestra historia santa, como para toda vida de responsabilidad, es necesaria la gracia de Dios y nuestra colaboración. La gracia de Dios es una ayuda que necesitamos absolutamente para caminar hacia nuestra santidad. Nadie existe sin recibir de Dios esta ayuda. Dios ha prometido auxilio a su criatura y Él es bueno y fiel, con la sobreabundancia de la redención. Esto se verifica en la existencia de todos los hombres, lo sepan o no lo sepan.

En el acto bueno Dios dignifica tanto nuestra colaboración que hace que su gracia sea nuestro mérito. Aquellos que hayan ejercido su libertad en la caridad, según la voluntad de Dios, escucharán decir al Señor: "Vengan, benditos de mi Padre, a poseer el Reino que les ha sido preparado desde toda la eternidad. Porque tuve hambre y me dieron de comer... Lo que hicieron con uno de estos pequeños, conmigo lo hicieron" (Mt 25,35.40). El encuentro de Dios que obra la salvación en el hombre es un misterio, que nunca se debe explicar oscureciendo alguno de los protagonistas, sino subrayando que la mayor presencia de Dios y de su gracia, da mayor entidad al hombre y a su libertad, porque cuando la historia se hace más de Dios, se hace más de los hombres. Así debemos entender la libertad de los hijos de Dios. El combate contra el tentador fue librado primero por el Señor, que salió victorioso. Ahora el combate es nuestro y tiene en esta asamblea un momento privilegiado para una gran victoria. ¿Quién nos conducirá? "¿A quién iremos, Señor, si sólo Tú tienes palabras de vida eterna?" ( Jn 6,68). Venimos a Ti, Jesús. Queremos escuchar tus palabras. Nosotros y nuestros pueblos queremos ser tus discípulos y tus misioneros. Queremos recibir tu Espíritu.

B. Discípulos de Cristo

Es el Señor quien elige y llama a los discípulos, no por sus cualidades personales, ni siquiera las morales. Es la gratuidad de su elección la razón de nuestra presencia aquí. Ser discípulo es un don de Dios, que consiste no sólo en aceptar una doctrina, sino en adherir a la Persona de Jesús, e incorporarse por Él a la obediencia filial al Padre y a la docilidad al Espíritu Santo (cf. Heb 5,8-10), porque en la revelación, "Dios invisible, movido por el amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía" (Dei Verbum, 2).

La Palabra revelada por Dios, no es acogida con la fuerza de la evidencia de la luz natural de la inteligencia sino con la firmeza propia de la fe, de la confianza sobrenatural en Dios bueno y veraz que nos habla como amigo, abriéndonos la intimidad de su designio. La Fe es la verdad del misterio divino compartida en el amor: el amor de quien revela, el Señor, y el amor de quien le cree, el discípulo. La obediencia de la fe, raíz de la salvación, es un acontecimiento de la nueva creación. No es resultado de ninguna cultura humana. El Señor quiere continuar su obra por nosotros. Necesitamos ofrecernos todos los miembros de la Iglesia como sus signos e instrumentos. Unos para otros, y todos nosotros para todos los hombres que comparten nuestra historia. Que seamos uno en la fe y en el amor, para que el mundo crea. Empecemos a dar testimonio en estos días.

El discípulo cree porque fue seducido por la Pascua de Jesucristo, por su entrega de amor en la Cruz. El acto de fe es este encuentro de libertades y de amores, una libertad seductora por su amor, la de Cristo; otra seducida por ser amada, la del discípulo. Así se origina el injerto del bautizado en la cepa que es Cristo y su incorporación a la Iglesia.
La libertad de la fe, como toda auténtica libertad, debe ser vivida con la dignidad de un hombre que tiene sed de Dios y lo busca con todo el corazón. Por eso, debe ser sostenida y defendida frente a todas las tiranías, cualquiera sea su origen y su forma.
Hemos de vivir apasionados por la verdad, por toda verdad, porque en toda verdad está llegando el misterio de Dios, Padre de las luces, y el Verbo, Jesucristo, que es la Verdad. El pecado entró en el mundo por la mentira. El diablo es el padre de la mentira, y así, el padre de los pecados de los hombres. Tener pasión por la verdad es propio de los hijos de la luz, y manifestación de la sed de la vida. En cambio, la indiferencia por ella y el relativismo del conocimiento entrañan la renuncia a la sabiduría, que debe dirigir los pasos del el hombre, ser inteligente y libre. El hombre está llamado a caminar en la luz de la verdad, a buscarla siempre como su enamorado y mendigo, aunque en el tiempo nunca la encuentre en plenitud.

Jesucristo es la Verdad (Jn 14,6). En Él, Dios Padre nos abre al misterio de Dios Uno y Trino, y de su designio, y nos explica quiénes somos los hombres y adónde vamos. Por Cristo aprendemos que somos imagen de Dios, llamados a ser hijos en el Hijo y amados por Dios por nosotros mismos (cf. GS 24). Entendemos que la familia es el santuario del amor y de la vida. Sabemos que la comunidad humana está destinada a la fraternidad, se debe construir cada día y debe durar para siempre. La razón de pertenencia de cada persona a la familia humana universal radica en su dignidad de hijo de Dios y hermano de los hombres.

Conocemos así que el encuentro de los hombres no se debe regular por las normas del egoísmo, para que cada uno procure su propio provecho reclamando exclusivamente sus derechos, sino por la ley del amor para que descubramos en el otro un don de Dios y un destinatario de nuestro servicio, cuyos derechos debemos defender como si fuesen propios. En la fe debemos descubrir a Cristo en el rostro de todos, particularmente de su hermanos más pequeños (cf. Mt 25,31-46).

Además por la fe sabemos que el universo creado es una casa común, obra de Dios Padre, regalada a todos los hombres de todos los tiempos, a quienes les entregó como título de propiedad inajenable y como título de responsabilidad irrenunciable su propia naturaleza de hombre, imagen de Dios, hijo suyo, hermano de todos los hombres y junto con ellos, administrador del cosmos. En fin, por la fe sabemos que el tiempo, por la gracia de Jesucristo, es camino de la eternidad, a la que vamos acercándonos en cada instante y vamos llegando en cada muerte.

¡Cuánta sabiduría nos regala Dios en su Hijo, Camino, Verdad y Vida! Esta sabiduría es plena cuando se vive la fe, que reclama para su perfección la esperanza y la caridad. Aceptemos agradecidos el don de ser discípulos y vivamos "haciendo la verdad en el amor" ( Ef 4,14).

El misterio de Jesús no estrecha el horizonte sino que ilumina el destino de todos los hombres en el Plan de Dios. Esto es sostener con claridad la última razón de la dignidad y la igualdad de todos los hombres. La verdadera estatura de todo hombre no es simplemente la del viejo Adán, sino la del nuevo Adán, la de Jesucristo, el Hombre Nuevo.
A Él debemos seguir. Él es el Camino, en su estilo, el de la Cruz: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará" (Mc 8, 34-35).

Para vivir la vida nueva de la gracia y empezar el Reino de la Vida que prepara los cielos nuevos y la tierra nueva, el Señor nos ha dado como alimento del camino la Eucaristía, sacramento de su amor, de su sacrificio, de su muerte y su resurrección. Es el Señor hecho pan y hecho vino el que nos da la fuerza para vivir como Él, para que participemos de su "amor hasta el fin", para incorporarnos al dinamismo de su amor oblativo, nos enseñaba Benedicto XVI (Cf. Sacramentum caritatis 11). Un gran pastor de nuestra América, poco antes de morir, me decía: "No nacemos para morir. Nacemos para entregarnos a Dios". El que así vive -así vivió él- tiene en la muerte el último acto de su vida, el último acto de su amor.

La oración, que acompañó a Jesús sobre todo en sus momentos culminantes, debería distinguir a los miembros de la Conferencia para que la cercanía del Señor sea profundamente experimentada y éstos sean días de tierna intimidad con Él. Los cristianos eran reconocidos en el mundo pagano como comunidad orante. La Conferencia de Aparecida debería ser señalada por lo mismo. En la oración encontrará sabiduría y discernimiento, espíritu de diálogo serio y fraterno, capacidad de comunicación entre todos, porque Dios se aproxima a todos para reunimos y no está tejos de nadie sino sólo de aquel que lo rechaza.

C. Misioneros de Cristo

A quienes les había revelado la voluntad del Padre, les transmite la potestad y les impone el deber de anunciar el Evangelio. "Yo he recibido todo poder... hagan discípulos... bautizándolos... y enseñándoles..." El amor de Cristo al Padre y a todos los hombres debe pasar al corazón de los discípulos para comunicar ese amor, que es la misión del Señor.

Quien ha conocido al Señor, y su designio de misericordia, experimenta el deber maravilloso de compartir los dones de la creación y de la gracia, y la esperanza de la gloria. El discípulo de Cristo ha comprendido que existir es coexistir, o mejor, es proexistir, es decir, existir para el servicio, para dar, darse, comunicarse. La vida de la persona humana es esencialmente relacional, sólo es auténtica cuando se comunica y vive en comunión. La Comunión de Dios trinitario se refleja en nosotros cuando, por la comunicación con Él y de unos con otros, nos hacemos Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios, Templo del Espíritu.

La misión del discípulo procede del misterio de comunión divino. El discípulo de Cristo es, como Cristo mismo, servidor de la comunión. Vivir la vida nueva es, para el discípulo, vivir la comunión con Cristo por la fuerza del Espíritu que lo conduce a anunciar la redención. Es ofrecerse el discípulo como víctima junto a Jesús para la conversión y la salvación de los hombres, para su participación en el Misterio trinitario.

Queremos hacer el don de Dios a todos los hombres de nuestra tierra. Porque, como dijo nuestro Sumo Pontífice, "quien no da a Dios, da demasiado poco". Y si queremos dar a Dios, infinito en su ser y su verdad, en su bondad y su belleza, ¿cómo no hemos de querer darnos a nosotros mismos? Y dándonos a nosotros mismos, ¿cómo no hemos de querer compartir los otros bienes?

Si no compartimos los bienes creados, materiales y espirituales, trabajándolos juntos y participando de ellos en solidaridad, no estamos amando a Dios. "El que no practica la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano", dice San Juan ( 1 Jn 3,10). Pero también es cierto que si no damos a Dios, aunque demos otros bienes, no estamos pagando la deuda de amor entre nosotros: nuestra deuda es Dios. No nos debemos sólo la fraternidad, sólo la justicia social. Nuestra primera deuda es Dios.
Creamos: la redención actúa hoy. La Pascua de Cristo está en la eternidad dominando los siglos, brindándose con la plenitud de su gracia a todos los hombres y pueblos de América Latina y El Caribe. Hoy podemos convertirnos, santificarnos y servir a la santidad de los demás. Hoy podemos amar porque hoy somos amados por el amor redentor. Hoy podemos servir a la conversión de los hermanos. Cada instante es capaz de Cristo pascual. El instante de cada persona y de cada pueblo existe para que Cristo acceda al corazón y a la libertad de cada uno. Hoy, "el Hijo de Dios, por su Encarnación, se ha unido en cierto modo con todos los hombres (GS 22).

No nos debemos extrañar si no obtenemos frutos pastorales cuando no tenemos interiormente semejanza real con el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas. Siempre, siempre, la verdad y la gracia son vida que nos llega de Jesús, a cuyo servicio está siempre la Iglesia. Ella reclama de sus miembros y de sus ministros, la identificación creciente con el Redentor. Toda la acción de la Iglesia no es sino ser signo e instrumento del misterio del Señor, ser su transparencia eficaz para irradiar la verdad y la vida de su belleza.

En definitiva, si el hombre se hace padre de sí mismo por sus opciones, los pueblos también deben definirse en su cultura por sus amores. En esta Conferencia no queremos vivir una libertad vacía y errante, sino que queremos elegir conducidos por el Espíritu. "Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rom 8,14). Queremos elegirnos en el amor de Jesús para donamos en la cultura de la amistad social y la solidaridad. Esta fuerza llega a nosotros desde la comunión del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y nos llega aquí y ahora, en la casa de Nuestra Señora Aparecida.

D. La verdad es la esperanza

¿Seremos pueblos más justos y solidarios, capaces de conversión y de perdón, capaces de reconciliación y de paz? ¿Pueblos más creyentes, discípulos de Cristo, fraternos y misioneros, más esperanzados, magnánimos y audaces? ¿Seremos pueblos con más vida en Jesucristo, más santos y peregrinos de la gloria? Dios nos eligió y nos está llamando a su Reino de Vida. Respondamos hoy. La Quinta Conferencia vale por sí misma. Hoy, y en la medida en que vale hoy, vale para mañana. El tiempo es un Adviento. No es algo que pasa. Es Alguien que viene: Jesucristo el Señor.

Dios no responde con ideas. Responde con personas. A la cuestión del hombre, "que el demonio pretendió responder con la promesa mentirosa de "serán como dioses" (Gn 3,5), Dios, en la plenitud de los tiempos, respondió con la verdad plena de su Hijo en la Encarnación redentora.

Hoy, en una cultura en la que se ha proclamado que el hombre ha muerto, la respuesta sigue siendo Jesucristo, que debe llegar y está llegando por las personas de sus discípulos, de sus auténticos discípulos, identificados con Él y sacramentados por Él en su amor hasta el fin. No temamos. No es que en este cambio de época todo lo bueno desaparece sino que sufrimos dolores de parto de un mundo nuevo. Por nuestro servicio misionero queremos que este mundo adveniente se abra a la filiación divina, a la fraternidad humana y al banquete de la creación. Cristo es el manantial vivo de nuestra esperanza (cf. NMI 58). Por Él, con Él y en Él, debemos y queremos ser discípulos y misioneros.

Dice el Señor: "Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn 13,1). Les lavó los pies y se entregó a sí mismo en la Última Cena. Nosotros, que queremos ser sus fieles discípulos, sabiendo que también este tiempo es un kairós en el que con Cristo hemos de pasar al Padre, debemos amar a nuestros hermanos hasta el fin, lavar sus pies y entregar nuestras vidas a su servicio. Nada menos. Éste es el lenguaje de Jesús Resucitado con sus discípulos misioneros. En este lenguaje vital renueva hoy Jesús su Alianza con nosotros en el Evangelio y en la Eucaristía.

María la primera discípula de su Hijo que creyó y, por eso, lo concibió, nos enseñe a escuchar y creer para anunciar a Jesús, Camino, Verdad y Vida. Que Ella nos enseñe a obedecer a su Hijo, que nos repite: "Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos" ( Mt 28,19).

Nuestra Señora de Guadalupe, Nuestra Señora Aparecida, ruega por nosotros.

Meditación de monseñor Estanislao E. Karlic,
arzobispo emérito de Paraná en la Jornada Espiritual
(Aparecida, 14 de mayo de 2007)

 
Hola queridos hermanos en Jesús: aprovecho un momento del café para contarles algo más de mi vida y cómo la afecta el Taller; "Los Adolescentes y la Fe". Junto con mi marido tenemos un pequeño kiosco donde tenemos Internet. Aquí viene todo el pueblo por diferentes motivos, la cuestión es que pasan por aquí diferentes amigos que tienen que ver con la Iglesia, con el trabajo con adolescentes, todos saben de este taller y siempre me dan sus aportes con sugerencias, o les pregunto sus pareceres y al acercarnos vemos que todos buscamos un camino mejor para nuestros hijos. Tenemos muchas desventajas por ser un pueblito alejado de posibilidades en lo que respecta a estudio, participación, pero como nos conocemos y tenemos tiempo, puedo compartir esta experiencia tan rica con otros en el día a día. Por tanto este taller ya tiene sus frutos. Un tema que les pregunté a mis compañeros es qué significa para cada uno tener un verdadero encuentro con Jesús, me llevé varias sorpresas, "no todos los que dicen Señor, Señor" en realidad han encontrado al Señor.
Bueno se enfría el café, un abrazo en Cristo y María para todos.
María Belén Silveyra de Libertad,
Misiones

¿Nuestras comunidades se sienten responsables de la fe de los nuevos miembros que se incorporan a ella? ¿Por qué?

 

El próximo 18 de junio, en la Diócesis de Río Cuarto (Córdoba) se realizará el tercer y cuarto encuentro preparatorio correspondiente al Curso de Agentes Multiplicadores semi-presencial. De este modo se concluirá la etapa de discernimiento y diagnóstico. En julio tendrá lugar la primera jornada presencial, cuya coordinación académica y metodológica estará a cargo del ISCA.

 

El jueves 28 de junio se realizará la reunión anual de los miembros del ISCA con el Presidente de la Comisión Episcopal de Catequesis y Pastoral Bíblica, Mons. Luis Eichhorn, quien presentará el proyecto de formación de catequistas que se está desarrollando actualmente en la Diócesis de Morón. Luego todos dialogaremos acerca de la misión del ISCA en el movimiento catequístico nacional.

 
Sede Central
Rector: P. José Luis Quijano
Venezuela 4145
CP 1211 • Buenos Aires
Tel/Fax: (011) 4512-3868
rector@isca.org.ar
www.isca.org.ar
 
Web
www.isca.org.ar

Si tiene dificultades navegando este sitio o utilizando nuestros servicios contáctese con: ayudaenlinea@isca.org.ar