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| “Queremos ser testigos de Jesucristo en un mundo que cambia”. Bajo este lema nos reunimos en Asamblea – durante cuatro sábados en los meses de septiembre y octubre del 2006 – los y las coordinadoras de la catequesis de cada parroquia de la Diócesis, junto a los párrocos, religiosas y religiosos que acompañan esta pastoral. |
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Esta Asamblea diocesana fue la culminación del Itinerario de Reflexión, Discernimiento y Formación para la Renovación de la Catequesis Diocesana que llevamos adelante para revisar, humilde y honestamente, el modo y el contenido de la catequesis en sus diversas áreas con el objetivo de adecuarla mejor a la realidad concreta en la que vivimos.
Estamos inmersos en un proceso de cambio de formas de pensar y de vivir cuyo alcance difícilmente podemos percibir. Todo parece indicar que estamos pasando de una forma social regida por los valores cristianos - y que a la vez servía de contención y apoyo a la difusión y aceptación de dichos valores - a una sociedad cada vez más plural donde nuestra fe cristiana debe acreditarse, por la vida personal y comunitaria de los “testigos”, como Buena Noticia para los varones y mujeres de hoy.
El proyecto del Itinerario
La elaboración del proyecto del Itinerario se inició con la “Carta a los Catequistas” que escribí en octubre del 2003 donde constataba la necesidad de caminar juntos hacia una catequesis diocesana más definida en cuanto a sus opciones y orientaciones básicas.
Durante los meses de noviembre y diciembre me reuní con los catequistas de, en ese momento cuatro decanatos, para recoger de una manera más precisa sus pareceres al respecto. En todos la respuesta fue clara y unánime: “deseamos y necesitamos emprender este camino de renovación de la catequesis y nos comprometemos a recorrerlo juntos”.
A partir de allí encomendé al Equipo Diocesano de Catequesis la elaboración de un proyecto de Itinerario de Reflexión, Discernimiento y Formación para la Renovación de la Catequesis Diocesana, cuyo primer “borrador” evaluamos con el Equipo en el mes de marzo del 2004. Con correcciones y ampliaciones, este proyecto de Itinerario fue presentado, en el mes de abril, al Consejo Diocesano de Pastoral, al Consejo Presbiteral y al Consejo de Asuntos Económicos. Sus sugerencias y aportes esclarecieron aún más el proceso que queríamos emprender.
Finalmente, el 2 de junio del 2004, junto con el Equipo Diocesano, presentamos una tercera elaboración del proyecto de Itinerario a los párrocos, coordinadores de la catequesis parroquial y coordinadores de la catequesis de las escuelas.
Este proceso, aunque un poco largo y laborioso, me pareció necesario para que una cuestión de tanta importancia se resuelva con la colaboración de todos.
Objetivos del Itinerario
Durante el proceso de discernimiento que comenzábamos nos propusimos alcanzar cinco objetivos:
Fortalecer y renovar, como catequistas, la conciencia de nuestra vocación, lugar y misión en la acción pastoral evangelizadora de nuestra Iglesia de Merlo-Moreno.
Definir mejor qué catequesis queremos en la Diócesis.
Consensuar algunas líneas o cauces comunes para nuestra tarea catequística que nos ayuden a dar respuestas, más adecuadas y en común, a los desafíos que nos presenta la realidad actual y la misión evangelizadora.
Dar orientación sobre algunas cuestiones prácticas respecto de la catequesis, dejando margen en su implementación a las necesidades y situaciones particulares de cada comunidad.
Fijar el rumbo de la catequesis diocesana para el quinquenio 2006-2010, procurando evaluaciones anuales.
Etapas del Itinerario
En la primera etapa, bajo el lema “Señor, que vea!” (Lc 18,41), durante todo el año 2004 nos dedicamos a la tarea de “Ver” la realidad de nuestros barrios, nuestras comunidades, nuestra vocación y misión de catequistas con la ayuda de unas “fichas de trabajo”. Las respuestas a las fichas de trabajo elaboradas por cada comunidad y cada escuela, fueron sintetizadas por el Equipo Diocesano de Catequesis.
Esta síntesis fue oportunamente presentada en dos encuentros diocesanos a los que asistieron un poco más de 200 delegados de todas las comunidades y publicada en números especiales del boletín “Vida Diocesana”.
En la segunda etapa, atentos a la exhortación de San Pablo: “No extingan la acción del Espíritu; examínenlo todo y quédense con lo bueno” (1 Tes 5, 19.21), realizamos cuatro encuentros en el Colegio Consolata de Merlo entre junio y julio del 2005. El objetivo de estos encuentros era contar con elementos fundamentales sobre la fe en Jesucristo, sobre la Iglesia, sobre la dignidad humana y sobre la vocación y misión del catequista que nos permitieran analizar “críticamente” los resultados obtenidos en la mirada sobre la realidad.
En la tercera etapa, con la humildad y confianza de Pedro: “Maestro... si tú lo dices, echaré las redes” (Lc 5, 17), buscamos elaborar y consensuar cauces comunes, y proponer cuestiones prácticas orientativas que respondan a los desafíos que la realidad nos presenta. Con este objetivo en el mes de marzo del 2006 se reunieron los catequistas de Confirmación (unos 120) en el Colegio Consolata de Merlo; en abril unos 600 catequistas de Primera Comunión en el Colegio La Gruta de Parque San Martín, Merlo; en mayo poco más de un centenar de catequistas de Bautismo, Adultos, Prematrimonial y Catequesis Especial en el Colegio Consolata nuevamente; también en mayo fue el turno para las Escuelas Católicas.
El objetivo de estos encuentros era analizar juntos el diagnóstico de situación de cada área de la catequesis; reconocer entre todos cuáles son los “núcleos problemáticos” a los que tenemos que prestar más atención; y discernir qué “acciones necesarias” tenemos que poner en marcha para generar respuestas adecuadas y creativas.
Finalmente, en la semana del presbiterio del 2006 analizamos todo el material elaborado por el Equipo Diocesano de Catequesis con el objetivo de enriquecerlo en vistas a la redacción de un “documento de trabajo” que nos sirviera de base para las deliberaciones en la Asamblea.
“La realidad social y familiar compleja nos urge a una renovación de la catequesis ”
La catequesis no puede estar ajena a la realidad social y cultural en la que vivimos si quiere ser forjadora de una vida cotidiana según los criterios del Evangelio. Por eso comenzamos nuestro Itinerario abocándonos a mirar la realidad. ¿Cómo lo hicimos? Desde nuestra perspectiva concreta: como cristianos y agentes de pastoral que en cada una de nuestras comunidades queremos anunciar la Buena Nueva de Jesús. No pretendimos alcanzar un análisis sociológico exhaustivo ni agotar la descripción de la realidad compleja en que vivimos. Sí intentamos percibir y tomar conciencia de aquellos aspectos más emergentes en nuestra Diócesis que nos desafían a repensar el modo de transmitir la fe, asumiendo todo aquello que impulsa dicha transmisión y superando lo que la frena y dificulta.
Convicciones fundamentales para una auténtica renovación de la catequesis diocesana
¿Qué es la catequesis?
En la catequesis procuramos brindar una formación orgánica y sistemática de la fe. Sin embargo, ella es más que una sola enseñanza, pues la fe abarca la totalidad de la persona. Es un auténtico discipulado que ayuda a conocer y seguir a Jesucristo centrando toda la vida en Él, pone las bases de la vida cristiana y posibilita el proceso permanente de conversión. De este modo el cristiano progresivamente muere a su “hombre viejo”, asume sus compromisos bautismales y profesa su fe con convicción profunda.
La catequesis de iniciación incorpora, además, al cristiano en la comunidad que vive, celebra y testimonia la fe. Sin una comunidad que lo reciba, la catequesis de iniciación puede quedar estéril. Todos los discípulos de Jesucristo necesitamos alimentarnos permanentemente de la mesa de la Palabra y de la Eucaristía para que la acción del Espíritu vaya profundizando en cada uno y en la comunidad cristiana el don de la comunión y de la misión.
Con este presupuesto, y recordando la compleja y desafiante realidad que constatamos en la primera parte de esta carta, a la que queremos responder más adecuadamente, nos preguntamos: ¿es suficiente una Catequesis enfocada principal y, en muchos casos, casi exclusivamente a la preparación y recepción de los sacramentos? A medida que fuimos avanzando en este largo Itinerario de renovación, se nos fue haciendo cada vez más evidente que no. Los cristianos, peregrinos en la historia, necesitamos renovar permanentemente nuestra fe, iluminando todos los momentos, situaciones y acontecimientos de la vida personal y social con la luz de la Palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia.
Para una auténtica renovación de nuestra catequesis, no podemos, por lo tanto, contentarnos con resolver ciertos aspectos que a primera vista pueden parecer importantes (edad, ¿CAFA o CATRA?, duración, etc.) pero que, en realidad, son consecuencia de opciones más de fondo en la transmisión de la fe y de la vida cristiana. Durante la Asamblea identificamos tres convicciones fundamentales que orientaron nuestro discernimiento comunitario:
Una mística que anime y oriente todas nuestras acciones catequísticas
Una exposición íntegra de nuestra fe que supere parcialidades y equívocos que la deforman
Un modo de ser catequista, de crecer en la vocación y misión y de anunciar y dar testimonio de la Buena Noticia de Jesús en un mundo que cambia.
Mística de la catequesis: talante espiritual y cauces comunes
Talante espiritual
Un corazón comprensivo y misericordioso...
Las dificultades que viven las familias son tantas, y muchas veces tan dolorosas, que al acercarnos a ellas debemos hacerlo como lo haría Jesús: con la sabiduría que brotaba de su corazón comprensivo y lleno de misericordia, y que le permitía encontrar creativamente la mejor respuesta para cada situación. Sólo así podremos acompañar a las familias desde sus necesidades reales y no desde el modelo de familia idealizado que podría llevarnos a echar mano de respuestas prefabricadas pero no necesariamente sabias ni evangélicas. En particular hemos de procurar especial delicadeza con los niños y adolescentes que viven y crecen en medio de situaciones familiares complejas.
Por otra parte, esta preocupación por la situación dolorosa que generan en la vida de las personas los quiebres familiares debe impulsarnos a todos, y especialmente a los catequistas, a anunciar con confianza la “Buena Noticia” de la familia cristiana. Y buscar, sin desalentarnos, caminos adecuados para que los jóvenes de nuestras comunidades puedan asumir, concientes de que el amor de Dios es más fuerte que las dificultades, el compromiso de formar una familia fundada en el sacramento del matrimonio.
... alegre y valiente
La impotencia y el sufrimiento frente a la experiencia del mal y la injusticia, suelen generar en muchas personas una queja amarga acompañada de tristeza y desesperanza. Como catequistas podemos y queremos aportar algo nuevo: la alegría confiada del Reino de Dios que nos libera de temores y amarguras, y la fortaleza del Espíritu que nos impulsa a denunciar con valentía todo aquello que provoca cualquier tipo de muerte, nos anima a fomentar una cultura del cuidado de la vida y nos ayuda a vivir con coherencia lo que anunciamos.
Cauces comunes
En la primera sesión de la Asamblea priorizamos seis cauces que orientarán la acción catequética en nuestra Diócesis. Queremos caminar hacia una Catequesis más MISIONERA y PROFÉTICA; más TESTIMONIAL y VIVENCIAL; más ENCARNADA; más INTEGRADORA; menos ocasional y más PERMANENTE; y adecuadamente DOCTRINAL.
Una catequesis Misionera y Profética
Normalmente comenzamos el proceso de la catequesis con aquellos y aquellas que han venido a “anotarse”. ¿qué pasa con quienes no lo han hecho? ¿no tienen interés? ¿o no se han enterado que hay para todos una propuesta de crecimiento en la fe? Más que esperar el acercamiento de las familias del barrio a la catequesis, queremos salir al encuentro de los vecinos del barrio y, especialmente, de quienes están alejados de la comunidad cristiana invitando a todos a renovar la vida nueva recibida en el bautismo. Los catequistas somos misioneros porque hemos recibido un bien que no queremos guardar para nosotros mismos. “Lo que hemos visto y oído reclama que lo transmitamos a quienes quieran escucharnos. Porque somos depositarios de un tesoro que humaniza, que aporta vida, luz y salvación”.
Esta misión ha de estar siempre orientada “proféticamente”. Siguiendo el ejemplo de los profetas de Israel, también nosotros estamos llamados a iluminar nuestro caminar histórico con la Palabra de Dios. Por eso será profética una catequesis que aliente a los hombres y mujeres de nuestra Diócesis a descubrir su dignidad desde la fe en Jesucristo; que ayude a discernir las causas de fondo de los males que aquejan a nuestro tiempo; que promueva también el compromiso y participación social de los cristianos recordando a cada bautizado el derecho y el deber de trabajar por una sociedad más justa, humanizando toda realidad y asumiendo la defensa y el cuidado de la vida.
Una catequesis Testimonial y Vivencial
La catequesis debe brotar del encuentro profundo del catequista con Cristo Resucitado para que su testimonio llegue, como un manantial, a la vida de la gente. La necesaria coherencia entre lo que anunciamos y lo que hacemos, no será ya una exigencia voluntarista que nos proponemos alcanzar sino fruto maduro de nuestra experiencia de fe. Y así, la vida del catequista y su testimonio cristiano serán la primera y más fundamental catequesis.
Para acompañar a nuestros hermanos y hermanas al encuentro vivo con Cristo Resucitado y actuante en nuestras vidas, la catequesis debe estar centrada en Jesús, en su vida y en sus enseñanzas, sus valores, sus actitudes, sus opciones. Por ello mismo, un elemento esencial de nuestra catequesis será la lectura y meditación constante, personal y comunitaria, de la Palabra de Dios.
Debemos procurar que el Evangelio impregne la vida cotidiana dándole un sentido trascendente. Sólo desde ahí nuestra catequesis será capaz de generar procesos de crecimiento en todas las dimensiones de la persona y en todos los momentos y ámbitos de su existencia: la relación con Dios, con los demás, con uno mismo y con la naturaleza.
Una catequesis Encarnada
Jesús es Dios hecho hombre. ¡Dios encarnado! Al enseñarnos el camino que nos hermana y conduce al Padre, lo hizo siempre desde la realidad concreta, las búsquedas y preocupaciones de su pueblo. Su lenguaje nunca fue rebuscado sino sencillo y comprensible por todos. Al transmitir el Evangelio de Jesucristo, hemos de procurar, entonces, imitarlo siempre a Él, adaptándonos a la realidad de las personas con quienes nos encontramos, y teniendo muy en cuenta sus heridas y tristezas, sus alegrías y esperanzas.
También hemos de recordar que nunca partimos de cero. En nuestro pueblo hay una fuerte vivencia de la fe, que se manifiesta principalmente en la devoción mariana, en el culto a los santos, en la oración por los difuntos, en la fe y la vida unidas espontáneamente en la fiesta, en la serena confianza en un Dios bueno y providente que nos acompaña día a día. Nuestra catequesis ha de tener en cuenta, como punto de partida, esta rica experiencia simbólica y celebrativa de la piedad popular, sin olvidar que su fin último es conducir a la comunión con Jesucristo, el único que nos libera de las deformaciones mágicas o individualistas de la fe.
Una catequesis Integradora
El Reino de Dios crece también con la vivencia de relaciones fraternas auténticas, motivadas desde el Evangelio. Por eso necesitamos una catequesis que procure también formar comunidad y fortalecer los vínculos de participación, corresponsabilidad y comunión, dándole prioridad a lo más valioso: las personas.
En un contexto de tanto individualismo y competencia, generador de seres solitarios y angustiados, es vital que la catequesis se oriente a fomentar y fortalecer los vínculos interpersonales y que ayude a los varones y mujeres de nuestros barrios a reconocer la presencia de Dios en todo ser humano, y de manera especial en aquellos que sufren cualquier forma de discriminación o exclusión.
Una catequesis integradora supone también apertura al trabajo conjunto con otras instituciones del barrio que promueven la dignidad de la persona humana y la inclusión de todos en la “mesa de la vida”, sobre todo en orden a acompañar situaciones complejas como las dificultades en la educación de los hijos adolescentes, los abusos sexuales, la violencia familiar y social, las adicciones, la soledad de tantos niños y jóvenes, el abandono de los ancianos, etc.
Finalmente, la integración implica evitar el aislamiento que esteriliza y procurar una creciente participación en los diversos ámbitos de comunión: la parroquia, el decanato, la Diócesis. Una tarea importante de los catequistas es animar la participación de las familias en aquellos acontecimientos que nos ayudan a reconocernos como comunidad parroquial e Iglesia Diocesana (por ejemplo: la fiesta patronal parroquial, la fiesta de Ntra. Sra. de Guadalupe, la peregrinación a Luján, el Encuentro del Pueblo de Dios, etc.).
Una catequesis Permanente
Al comenzar este capítulo he mencionado que, dada la compleja realidad que vivimos, una catequesis enfocada solamente como preparación a los sacramentos es insuficiente para que la gracia recibida en el Bautismo llegue a su plenitud. Si es verdad que para crecer de niño/a a adulto es necesario recorrer diversas etapas, también es verdad que para crecer como hijos/as de Dios necesitamos recorrer un camino progresivo para la maduración de la fe. Queremos, por tanto, como uno de los cauces importantes, promover una catequesis permanente que, atenta a las situaciones y a los procesos de las personas y las comunidades, acompañe en su crecimiento no sólo a cada cristiano sino también a la comunidad cristiana como tal, tanto en su vida interna de amor a Dios y de amor fraterno, cuanto en su apertura al mundo como comunidad misionera.
¿Cómo podríamos “aterrizar” esta propuesta en nuestras comunidades? Estoy seguro de que a todos ustedes se les ocurrirán, con fecunda creatividad, diversos modos de concretarla. Quiero, sin embargo, proponerles aquí dos grandes caminos posibles de implementación.
a) Un camino consistiría en generar espacios estables, y de algún modo sistemáticos, para todos aquellos que quieren robustecer su fe y buscan ahondar en el sentido de su vida cristiana en todas sus dimensiones: personal, familiar, social, política, etc. Tres grandes ámbitos podemos privilegiar aquí:
Lectura orante de la Palabra de Dios. No son pocos los agentes pastorales que en nuestra Diócesis pueden ayudar a otros a estudiar y profundizar la Sagrada Escritura, leída en la fe viva de la Iglesia. Los aliento para que brinden este servicio a los hermanos y hermanas de modo que, poco a poco, vayan afianzándose en las parroquias grupos bíblicos de reflexión que animen a cultivar debidamente el espíritu de comunidad y a cooperar eficazmente en la evangelización y en la edificación de la Iglesia.
Construcción de una sociedad más justa y fraterna. Desde la Pastoral Social Diocesana venimos insistiendo que el compromiso social y político de los cristianos deriva de nuestra misma fe. Hoy sabemos bien que en nuestra sociedad plural se plantean muchas cuestiones de vital importancia, frente a las cuales no podemos callar la propuesta evangélica. Destaco aquí la importancia del conocimiento y estudio de la Doctrina Social de la Iglesia “como el mejor medio para encarnar los principios evangélicos en la compleja realidad cultural, política, social, ecológica y económica”.
Cuestiones tales como la defensa de la vida desde su concepción hasta su término natural, la dignidad humana y sus derechos inalienables, la familia fundada en el matrimonio entre varón y mujer, el derecho al trabajo y el deber de llevarlo a cabo de una manera responsable, el cuidado solidario de los recursos naturales, etc., requieren una formación permanente para que podamos participar activamente en la construcción del bien común. Invito a todas las comunidades a no descuidar este aspecto. Y sugiero que a nivel de los decanatos se organicen cursos y talleres para reflexionar sobre estas cuestiones u otras similares que vayan surgiendo.
La catequesis litúrgica. Con frecuencia nos cuesta mucho descubrir la unidad profunda entre la fe que profesamos, el sacramento que celebramos y la vida que vivimos. Sin embargo, toda celebración litúrgica es, o debería ser, educadora de la fe y animadora de la vida. Una “asignatura pendiente” en estos diez años de vida diocesana es justamente la carencia de una catequesis litúrgica que explique “los contenidos de la oración, el sentido de los gestos y de los signos, que eduque para la participación activa, para la contemplación y el silencio”. Ruego a los párrocos que constituyan en sus comunidades equipos de liturgia para animar las celebraciones y asumir este servicio de la catequesis litúrgica, y que procuren la formación de quienes los integren.
b) Otro camino es el de “la catequesis ocasional que, ante determinadas circunstancias de la vida personal, familiar, eclesial y social trata de ayudar a interpretarlas y vivirlas desde la fe”. En este sentido, dentro del plan de trabajo anual, los catequistas deberían estar atentos a una mayor apertura y receptividad de las familias en los tiempos litúrgicos fuertes tales como el Adviento y la Navidad, la Cuaresma y la Pascua; la Fiesta Patronal; los diversos días que la sociedad destina para homenajear a los distintos integrantes de la familia tales como el día del niño, el día de la madre o del padre, etc. Éstos son momentos privilegiados para que la comunidad en su conjunto – y especialmente el área de catequesis- procure generar espacios de encuentro, de reflexión, de oración para iluminar desde la Palabra de Dios la realidad familiar y barrial, la enfermedad y la muerte, los conflictos sociales, etc.
Una catequesis Doctrinal
Una catequesis que sea sólo enseñanza doctrinal sin la experiencia de fe viva no ayuda a quien la recibe a experimentar la alegría del encuentro con Jesús capaz de transformar la propia vida. Por otra parte, una catequesis que se limitara solamente a provocar la experiencia religiosa, no permitiría la profundización de la fe pues quedaría así reducida a un difuso y frágil sentimentalismo. Nosotros queremos caminar hacia una catequesis que armonice la experiencia del encuentro con Jesús y los contenidos básicos de la fe cristiana. ¿Cuáles son los elementos esenciales de nuestra fe que hemos de integrar en una síntesis ordenada? Son seis:
la historia de la salvación: la unidad del obrar de Dios en la historia de Israel, en Jesucristo, centro y plenitud de su Revelación, y en el tiempo de la Iglesia;
el Credo Apostólico: resumen y clave de lectura de toda la Escritura y de toda la doctrina de la Iglesia. En él confesamos nuestra fe en el Padre creador y Señor de la historia; en su Hijo Jesucristo, imagen del Padre, camino de verdadera humanidad; y en el Espíritu Santo, dador de vida que anima el testimonio de la comunidad cristiana en la historia;
los sacramentos: brotan del misterio pascual de Jesucristo como fuerzas regeneradoras para el pueblo peregrino. Entre ellos, la Eucaristía, hacia la que los demás sacramentos están ordenados, ocupa un puesto central;
el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo: es el resumen y plenitud de los diez mandamientos. Vividos según el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas, constituyen la clave y fundamento del obrar moral cristiano;
el Padrenuestro: la oración que el mismo Jesús enseñó a la Iglesia como síntesis de toda la oración contenida en la Escritura. Expresa la confianza filial y los deseos más profundos con que una persona puede dirigirse a Dios;
el Ave María: desde nuestra confianza en la primera de los Santos: María, madre de Jesús y madre nuestra, integramos también en la catequesis el saludo del Ángel a la “llena de gracia” y el pedido de su compañía constante “ahora y en la hora de nuestra muerte”.
Nuestra Catequesis Diocesana ha de incorporar y transmitir armónicamente todos estos elementos fundamentales de nuestra fe, teniendo en cuenta también las acentuaciones del capítulo siguiente.
Conclusión
Esta Carta Pastoral sobre la Catequesis recoge el trabajo intenso de tres años de camino conjunto bajo la asistencia generosa del Espíritu del Resucitado. Es, por una parte, una conclusión del “Itinerario de renovación y reflexión” que recorrimos juntos como familia diocesana. Pero, por otra, y quizás en mayor medida, es un punto de partida: una invitación a todos los catequistas y las comunidades de la Diócesis a renovar la propia vida y la vocación al servicio de transmitir la fe con creatividad y esperanza.
Una tarea ineludible que tenemos por delante es que todos, catequistas, coordinadores, agentes de pastoral de otras áreas, religiosas y presbíteros, ahondemos en el conocimiento de estos resultados de nuestra Asamblea diocesana y nos dispongamos a ponerlos en práctica.
Por lo tanto, exhorto a todos los que tengan responsabilidad en la animación de la catequesis, en cada una de las comunidades de la Diócesis, que reciban esta carta pastoral con apertura de corazón y con la confianza de saber que el discernimiento común está – más allá de los límites humanos – asistido por el Espíritu. Estas orientaciones nos ayudarán a ir concretando un perfil más definido de la catequesis diocesana, de modo que toda nuestra catequesis alcance una identidad de base común.
Confío a María de Guadalupe, madre de Jesús y madre nuestra, todo el trabajo realizado. Su presencia amorosa y solícita fue sentida y valorada por todos a lo largo de este Itinerario ¡Qué ella nos ayude a hacer vida estas conclusiones de nuestra Asamblea en cada rincón de la Diócesis donde se construye el Reino desde el anuncio y testimonio de la fe en Jesucristo!
Santa María de Guadalupe,
Madre de Dios y Madre Nuestra.
Vos que fuiste la primera catequista de tu hijo Jesús,
vos que guiaste los pasos del indio Juan Diego,
vos que abriste las puertas del Evangelio a nuestra América Latina:
acompañá hoy con tu amor y tu esperanza constante
a tus hijos e hijas de la Diócesis de Merlo-Moreno
que queremos transmitir la fe en un mundo que cambia.
Ayudanos con la sabiduría del Espíritu que todo lo transforma,
para que con humildad y generosidad,
con creatividad y alegría,
podamos anunciar siempre la Buena Noticia de tu hijo Jesús,
a todos los que lo buscan con sincero corazón.
Especialmente, a los pobres, a los niños y a los jóvenes.
En tu intercesión confiamos.
Gracias, Madre de Jesús y Madre nuestra. Amén.
Dado en Moreno el 12 de diciembre del 2007, solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, en el año del décimo aniversario de la fundación de la diócesis de Merlo- Moreno.
Fernando María Bargalló
Obispo de Merlo-Moreno
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