Año 6 • Nº 83

Julio 2008

“Tenemos abundancia de diagnósticos: somos expertos en mirar la realidad. Todo el mundo habla de lo que pasa en la catequesis…” se dijo en nuestra última reunión general del ISCA, el jueves 26 de junio. “…Pero no sé si estamos comprometidos con los grandes cambios como decimos, si el hablar tanto de esto no es una forma de resistirnos a esos cambios”.


Este encuentro de miembros del ISCA –que se hace un par de veces en el año- es un buen lugar para debatir el tema que nos apasiona: el destino de la catequesis y la búsqueda de mejores formas de adecuar nuestro mensaje a los tiempos que corren. “Están en crisis los contenidos, las metodologías, las estructuras. Tenemos que volver a lo esencial, lo original: las personas” afirmó alguien. “Yo estoy en la Iglesia porque alguien me invitó. No por las metodologías…”, se le respondió.

Quisiéramos compartir con ustedes estas percepciones, estas reflexiones, estos sentimientos. El texto que acompaña este número, “La catequesis en tiempos de éxodo” llega impregnado por estas cuestiones. También podemos seguir el hilo de estos pensamientos durante el mes de julio, en nuestra ya inminente Semana de Reflexión Catequística. Y en agosto con las IV Jornadas Nacionales de Catequética con la presencia de Álvaro Ginel.

Son tiempos de éxodo, de inseguridad y desinstalamiento. Pero podemos transitarlo juntos.

Mariano Nicolás Donadío
comunicandonos@isca.org.ar

 

Lo que continuamente escucho a mi alrededor da fe, a mi modo de ver, de una comprensión todavía bastante limitada del «paso» que tenemos que vivir.


Algunos, en efecto, han podido pensar que el único desafío digno de atención, en las actuales circunstancias era el paso de la escuela a la parroquia, como si se tratase de trasladarse de un sitio a otro con todos los trastos para volver a empezar en ese otro sitio lo que acostumbrábamos a hacer allí donde estábamos instalados. Difícilmente llegábamos a creer que este cambio de lugar traería consigo un cambio de costumbres, de prácticas y de sistema de vida. En efecto, el país hacia el que se nos invitaba a caminar nos era ampliamente desconocido. Quizás por eso dudábamos en imaginar un verdadero éxodo y tardábamos tanto en atravesar el mar porque este «paso», más que introducirnos inmediatamente a la tierra prometida nos iba a llevar al desierto donde tendríamos que hacer la experiencia del despojo y donde perderíamos una a una nuestras seguridades y donde seríamos tentados.

Este paso por el desierto que ahora iniciamos pondrá a prueba la imagen que siempre nos habíamos hecho de la tierra prometida y nos obligará a revisar a fondo nuestra práctica de la educación cristiana. Puede parecer inconveniente, en la apertura de un congreso que se propone ser movilizador, presentar lo que nos espera como la travesía de un desierto. Sería mucho más sencillo reducir este «paso» que se le propone a nuestra Iglesia a un simple traslado o traspaso de operaciones de un sitio a otro. Sin embargo, lo que me importa no es ser simplemente optimista, sino mirar con auténtica esperanza unos retos que son nuestros retos. Por eso, antes de señalar los «pasos» que hay que realizar, quisiera deciros algunas palabras acerca de la amplitud de nuestro éxodo.

Nosotros siempre estamos invitando a la gente, a veces con cierta ligereza, a entrar en la Pascua de Cristo, a atreverse a sumergirse como él en el mar, el mar que puede tragarnos y perdernos. Pero las cosas no parecen tan claras cuando es a nuestra Iglesia a quien se invita a vivir su propia pascua y arriesgarse a entrar en el abismo de las aguas. Tras haber estado tanto tiempo en tierra firme, le tiene miedo al agua y ha perdido los reflejos que necesita todo aquel que quiere nadar en condiciones hostiles. Tal vez por esto hemos dudado tanto tiempo y nos es hoy tan difícil, en cuanto Iglesia, arriesgarnos a entrar en el mar, es decir, abandonar la escuela, ese lugar en el que todavía ayer habitábamos tan a gusto, a pesar del espacio cada vez más reducido que se nos ofrecía y el ámbito restringido de libertad que se nos dejaba, ese lugar con el que quizás soñemos con nostalgia cuando nos encontremos en el desierto, lo mismo que otros soñaron con bandejas llenas de carne como, a pesar de todo, se las ofrecía Egipto.

Mucho tiempo necesitó Moisés para convencer a sus hermanos para echarse a andar y nosotros también necesitamos tiempo para convertirnos en el «pueblo del paso». Constatando que el mismo Jesús sintió angustia al ser sumergido en su bautismo (Lc 12,50), es decir en el momento de su descenso hacia la muerte de la que debía resurgir vivo, yo puedo comprender nuestras vacilaciones cuando se trata de soltar prenda, de abandonar nuestras seguridades y aventurarnos entrando en el Mar Rojo. Por eso, antes de plantear la pregunta «paso, ¿de qué a qué?», tenemos que preguntarnos si realmente queremos bajar a ese mar rojo, en el que los pesados carros del ejército se empantanan y en el que únicamente se abren camino los que avanzan desarmados y puesta su confianza en Dios. Antes de nada, debemos tomar una decisión: la de renunciar a lo que había sido nuestra seguridad en nuestra tierra de adopción y arriesgarnos a salir, seguros tan sólo de una cosa, de que la compañía de Dios no nos va a fallar. Hoy no se trata simplemente de pasar de un lado al otro e instalarnos en otro lugar con nuestros programas, nuestros cursos, nuestros horarios, nuestras normas y nuestros exámenes. No es ése nuestro horizonte; nos será necesario también purificar nuestra imagen de la tierra prometida. Se trata de un verdadero «paso» y no estoy muy seguro de que verdaderamente consintamos en ello. No podemos emprender la gran travesía que preveo sin poseer una espiritualidad pascual ni desear que la vida de la Iglesia se configure con la Pascua de Jesús, nuestro Señor y Cristo.

No debería sorprendernos que sintamos nostalgia de lo que hemos dejado. Ya antes de ponernos en camino tratamos de minimizar la amplitud de nuestro éxodo arguyendo, tal vez por falta de ánimo ante un desafío tan grande, que «¡todo eso ya lo estamos haciendo!» Más aún, en el desierto, despojados y llenos de inseguridad, querremos recrear en seguida nuevas seguridades. Querremos tener normas claras que nos permitan juzgar todos los casos; creeremos que el solo hecho de repetir la doctrina más segura nos va a salvar; querremos tener caminos claramente definidos, reducir nuestras actividades al mínimo y replegarnos sobre ellas diciendo que ya es más que suficiente... En el desierto, seremos tentados y la situación en la que entramos nos despojará de tal manera que buscaremos basar nuestra seguridad en todas esas certezas más que en el mismo Dios. En este tiempo de éxodo, pues, quisiera simplemente señalar algunos «pasos» que seremos llamados a realizar.

Simplificando excesivamente las cosas, ya que el espacio nos lo impone, podríamos decir que el dispositivo catequético elaborado a partir del Concilio de Trento y que ha perdurado hasta el presente, estaba estructurado en torno a la parroquia. El cura, señor de la fe en su parroquia, y el campanario del pueblo, que inscribía el catolicismo en la espacialidad, representaban los polos principales de la organización de conjunto, en un mundo más propenso que el actual a privilegiar la homogeneidad de las creencias.

Es evidente que hoy, la asunción por parte de la Iglesia de la misión catequética no se realiza en un contexto similar. El cura ya no es el único maestro -incluso se podría añadir que su magisterio está marginado- y la iglesia del pueblo ya no es el único lugar donde se ofrecen las más variadas creencias a la libre elección de la gente. No vamos ahora a replantear aquí una descripción de la situación actual, cosa que ya ha hecho la Asamblea episcopal de Quebec en Anunciar el Evangelio en la cultura actual de Quebec. Debemos sacar todas las consecuencias del hecho de habitar a partir de ahora en la «aldea global». Esto significa, por una parte, que los ámbitos identificados como confesionales no serán, de ahora en adelante, los únicos ámbitos para proponer el Evangelio, sino que será necesario recuperar los reflejos de las primeras generaciones de creyentes, que anunciaban el Evangelio en la plaza pública. Nuestras actividades no van a desarrollarse todas ellas a la sombra del campanario; habrá que imaginar nuevos lugares catequéticos para una propuesta pública del Evangelio y organizar un cierto número de actividades sobre una base interparroquial o regional. Por otra parte, el hecho de que la gente a la que se dirijan nuestras actividades habitaran de ahora en adelante en la aldea global deberá dominar las actitudes, los programas, el método, la pedagogía, el lenguaje, los enfoques y los medios puestos en práctica en aquellas iniciativas catequéticas que se mantengan en el ámbito de la parroquia. De otro modo no tendrán ninguna eficacia. Al contrario, contribuirán simplemente a alejar un poco más de la Iglesia, y hasta del Evangelio, a la gente que inicie un proceso. Sería triste que nuestras iniciativas catequéticas fuesen ineficaces y condujesen a resultados completamente opuestos a los buscados.

Pasar de lo heredado a la propuesta del Evangelio

Este paso a la aldea global, en la que ya no se organiza todo en torno al campanario del pueblo, a una situación en la que la vida y el mundo ya no se conciben en el marco de la creencia cristiana, nos sitúa de modo muy diferente en relación al Evangelio y la fe cristiana. Aunque el cristianismo ha marcado indudablemente la cultura, la fe cristiana y el Evangelio, ya no son cosas que se heredan con el nacimiento ni se confieren por la pertenencia a la sociedad . El Evangelio necesita ser propuesto explícitamente pues con frecuencia es desconocido y la fe ya no se puede suponer adquirida.

Dicho esto, pasar de lo heredado a la propuesta no significa partir de cero en la educación de la fe. Algo sigue perteneciendo al ámbito de la transmisión y de la herencia dado que no nos fabricamos a nosotros mismos. Hacerse cristiano es entrar en una tradición o en una familia de creyentes. No todo está, pues, en la línea de lo elaborado. Además hay que mantener el equilibrio entre tres elementos expresados clásicamente con los sustantivos traditio - receptio - redditio. Se trata de tres acciones importantes que deben integrarse en el acto catequético: transmitir, recibir, volver a expresar lo recibido. Si la catequesis no fuese más que transmisión repetitiva, faltaría a su deber; toda tradición viva implica una nueva expresión y una reelaboración de lo recibido de los padres para el hoy. Por otra parte, debe estar suficientemente preparada para hacer valer el tesoro que hemos encontrado y que deseamos compartir. «¡Hemos encontrado al Señor!», gritaba entusiasmado Natanael. Sin ser consciente de tener algo para compartir, una noticia fantástica que da vida y transforma la existencia, no hay catequesis posible. Catequizar no es simplemente ser eco de lo que ya se sabe. Es también hacer surgir la novedad del Evangelio.

Proponer significa también dirigirse a la libertad del otro. Si tenemos que hablar realmente de lo que hemos descubierto, lo que compartimos, para ser propiamente humano, supone por nuestra parte no sólo la expresión auténtica de nuestra fe, sino también el respeto a la libertad del otro.

Pasar de la vía única a caminos diferentes y complejos

Estamos acostumbrados a una visión totalmente lineal del proceso de formación cristiana. En nuestra cabeza las cosas están perfectamente ordenadas: esto viene antes que esto otro, y condiciona lo siguiente. Hasta ahora todo estaba tan bien regulado que habíamos llegado a saber lo que tenía que ocurrir a tal o tal edad. Una sociedad relativamente homogénea no conocía procesos diferenciados o caminos sinuosos. Hoy en día el individuo, celoso de su libertad, quiere liberarse del dominio de su grupo social y afirmar su autonomía, sobre todo en lo que toca a sus creencias. Por eso hay que reconocer que, aunque la iniciación cristiana es un proceso claramente delimitado que tiene un comienzo y un final y que comporta etapas, el orden ideal de las cosas no siempre es oportuno. Está claro que hay que desarrollar un verdadero proceso catecumenal, apto para desplegarse a lo largo del tiempo más que contentarse con pequeños trechos del camino, pero es igualmente evidente que tenemos que dar pruebas de flexibilidad y adaptación para poder tener en cuenta los diversos caminos posibles. Este proceso, con sus diferentes momentos, etapas y medios, debe ser como un boceto y servir de modelo y cuadro de referencia para la propuesta de diferentes caminos adaptados a las diversas situaciones humanas. No se trata, pues, de una nueva jaula o de un marco rígido en el que haya que hacer entrar a la fuerza a toda persona que presenta a la Iglesia una demanda, sino un punto de referencia o un modelo heurístico que ayude a desplegar toda la creatividad que se requiere para poder mantener esos procesos de fe variados y diferenciados. La Iglesia, en efecto, cada vez más va a tener que acompañar a una amplia gama de personas: nuevos convertidos que escuchan por primera vez el Evangelio; personas nacidas de padres cristianos, pero que no han tenido nunca un contacto vivo con la experiencia cristiana y que, un día, la descubren; cristianos catequizados en su infancia y que luego se han alejado de toda práctica religiosa, y que ahora, ya adultos, se encuentran con unos conocimientos religiosos más bien infantiles; increyentes marcados por una catequesis precoz mal llevada o mal asimilada y que, un día, quieren volver a empezar a creer. Estas peticiones nos irán poniendo, más y más, en presencia de gente de todas las edades: niños, adolescentes, adultos y mayores. Más aún, quienes se dirijan a nosotros estarán situados de formas muy diferentes en sus itinerarios de fe y habrá que tenerlo en cuenta. Pasar del campanario del pueblo a la aldea global significa también pasar de una formación programada y uniforme a un acompañamiento adaptado a situaciones múltiples y diversas, lo que supone que tendremos que hacer bascular nuestra atención prioritariamente sobre el sujeto creyente y ofrecerle un camino propio para entrar en una tradición de fe. Semejante proceso implica ante todo no liarnos en una práctica pastoral copiada del funcionamiento de los servicios públicos; en este sentido se impone una gran vigilancia.

Por lo demás, no podremos acoger a estas personas y proponerlas itinerarios diversificados si no disponemos de un marco de referencia sólido dentro del cual podamos movernos con libertad y seguridad. El proceso catecumenal me parece que puede proporcionar este marco de referencia; la formación deberá ante todo ayudar a un buen conocimiento de este marco antes de proponer ningún tipo de receta o «pret-a-porter» que siempre se muestran cortas e insuficientes. Sólo mediante una sólida apropiación de este marco podremos nosotros inventar procesos adaptados a cada persona, procesos que no hay que imaginar tontamente como una suma de cursillos. Un proceso es un itinerario orgánico que integra, de modo coherente, un conjunto de elementos orientados en una perspectiva de conjunto. De este modo, las actividades catequéticas concretas deberán inscribirse en una trayectoria e insertarse en un continuum.

Como puede ya adivinarse, con la adopción del catecumenado como marco general, la perspectiva que a seguir en toda acción será la de la iniciación, más apta para el acompañamiento de personas que están en proceso. Semejante perspectiva tiene en cuenta la persona en su totalidad (cuerpo, corazón, inteligencia, dimensión simbólica y entorno social) y contempla la vida cristiana como un conjunto (liturgia, compromiso, oración, inteligencia de la fe).

Tomado de “Le devenir de la cathéchèse”, Mediaspaul Montréal (Canadá) 2003, 98 págs., Capítulo 2)

Gilles Routhier
Profesor titular en la Universidad Laval y vice-decano en la
Facultad de teología y ciencias religiosas de esa misma Universidad

 

Soy Isabel Martins, del Decanato Pacheco (Diócesis de San Isidro). Les doy las gracias por enviarnos estos materiales, con el que podemos los catequistas identificarnos y reconocernos  necesitados  de renovación y profundización.

Siempre estamos hablando de tiempos recios, difíciles, pero considero que los tiempos son dinámicos y acompañan la vida particular de cada momento de la historia que vamos transitando.

Por lo que la misma inquietud del catequista hace que siempre estemos en búsqueda y que se adecue al momento, que sea un mensaje actualizado, que observemos la realidad que pisamos, que valoremos a cada persona en especial porque en cada una hay una parte de la verdad, del Dios que nos creó y es necesario que como  parteras/os seamos capaces de “ayudar a dar a luz” eso que hay latente en el corazón de los que buscan a Dios.

Por último me quedo con el párrafo a modo de nueva definición de  la metodología catequística.:

“La educación en la fe, en la forma que sea, aquí hablamos de catequesis, es encarnación (vivir la vida en profundidad y descubrir a Dios en la profundidad silenciosa), reflexión, oración y acción”

Un abrazo en Cristo y María.

Isabel
isamartinsrebelo@yahoo.com.ar

Queridos hermanos:

Gracias por mantenernos atentamente informados, a mi particularmente me ayuda mucho porque tengo un espacio en la radio para difundir temas de la catequesis, diocesana y nacional. Asi que desde Catamarca les decimos GRACIAS.

Mary (María Eugenia Villagra)
mary_eugi@yahoo.com.ar

 

Este es el calendario de los encuentros de nuestra Semana de Reflexión Catequística:

Viernes 25 de julio “Ser catequista, hacer Catequesis en un contexto de nuevos paradigmas” Encuentro masivo con los catequistas de la Arquidiócesis de Buenos Aires.
19 a 21 horas - Colegio San Pablo - Pacheco de Melo 2300 - Cdad. de Buenos Aires

Sábado 26 y domingo 27 de julio Encuentros masivos con catequistas de la Región Platense..
Sábado 26 de julio - Diócesis de Mar del Plata - 14:00 a 17:00 - Colegio San Antonio María Gianelli

Domingo 27 de julio - “Ser catequista, hacer Catequesis en un contexto de nuevos paradigmas”
Diócesis de Azul. 11:00 a 16:00 - Gimnasio Colegio Sagrada Familia (SAFA)

Lunes 28 de julio “Encrucijadas y horizontes de la Catequesis hoy”. Encuentro del Padre Álvaro Ginel con los alumnos que se preparan para iniciar el Curso Semi – presencial en la Región Platense.

Miércoles 30 y jueves 31 de julio “Ser catequista, hacer Catequesis en un contexto de nuevos paradigmas”
Encuentros masivos con catequistas de la Diócesis de San Isidro.
San Isidro - Colegio Marín -9:00 a 12:00

Viernes 1º al domingo 3 de agosto “Acentuaciones y procesos para la renovación de la Catequesis”.
Jornadas Internacionales de Catequética en la Argentina.
Casa de Retiros María Auxiliadora. San Miguel - Provincia de Buenos Aires
La inscripción para estas jornadas cierra el viernes 4 de julio.

 

El próximo miércoles 30 de julio será la fecha de anuncio de los ganadores del IIº Concurso “Frans De Vos” de Ensayos de Reflexión Catequístico - Pastoral e Investigación Catequética. Los finalistas son cinco y sus seudónimos y trabajos son estos:

1. “El itinerario catequístico centrado en el adulto - Prioridad pastoral en tiempos de cambio. Reflexiones, propuestas y curso de acción para la catequesis de adultos” por María Dabar.
2. “Catequesis de los talentos, catequesis de comunidad” por Ut Unum Sint.
3. “El sentido de la vida, como eje vertebrador de la catequesis de adultos” por Ramón de la Cruz.
4. “De agentes pastorales a discípulos misioneros - Algunas notas para pensar la identidad del catequista de adultos en la cultura comunicacional” por Ceferino José.
5. “Crisis del adulto en la transmisión de la fe. Análisis para una Nueva Evangelización” por Emaús

 

En Formosa del 18 al 20 de Julio se realizará el Encuentro Regional de Catequistas organizado por la Junta Nacional de Catequesis. ¡Esperamos las conclusiones!

 
Seguimos publicando artículos de las principales revistas de catequesis de habla castellana y portuguesa. Este mes, en nuestro sitio web, agregamos “Parroquia Ntra. Sra. De Guadalupe – Cáceres”, por José Luis Saborido Cursach, s.j.. una interesantísima experiencia pastoral relatada por sus responsables en la revista CATEQUÉTICA. Además, sumamos material escrito de la revista argentina DIDASCALIA. Pueden acceder a este material en nuestro link www.isca.org.ar/
publicaciones.htm
 
Blog del rector
del ISCA

El rector del ISCA, José Luis Quijano, comenzará a publicar sus textos, sus experiencias y vivencias en un blog personal. Dentro de algunos días se podrá acceder a está página en el sitio web del Isca, http://www.catequista.org

 
Sede Central
Rector: P. José Luis Quijano
Venezuela 4145
CP 1211 • Buenos Aires
Tel/Fax: (011) 4512-3868
rector@isca.org.ar
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