|
En
el marco de una crisis más
amplia
Que la transmisión de la fe
está en crisis no constituye
novedad alguna. Numerosos sociólogos
de la religión y otros pensadores
(1) han
indagado en las causas y en los alcances
de esta crisis. Sin embargo, cualquier
observador sin disciplina ni método
puede caer en la cuenta de este fenómeno.
Son muchos y variados los signos de
la crisis. Podemos encontrarlos en
el lenguaje del hombre común,
en las propuestas de la publicidad,
en las estadísticas, en las
quejas de los educadores, en la calle,
en los colegios, en el diario, en
la televisión, en las parroquias;
pero sobre todo podemos hallarlos
en las opciones... Allí donde
se encuentran inteligencia y voluntad
para adherir a la verdad y al bien
o para rechazarlos porque la deliberación
humana se ha visto arrastrada y sofocada
por la avalancha de propuestas distintas,
que vienen de todos lados y que dejan
casi adormecida la conciencia.
La crisis de la transmisión
de la fe es un caso particular de
un fenómeno más amplio:
la crisis religiosa que viene gestándose
desde los comienzos de la Modernidad.
Entre las diversas causas de la crisis
religiosa podemos mencionar la falta
de credibilidad de los distintos elementos
del fenómeno religioso, especialmente
de sus instituciones.
Hoy todas las transmisiones están
en crisis. Hay una crisis de la transmisión
de la cultura, los valores y las convicciones
en las sociedades occidentales. Hay
una crisis de la comunicación
y el diálogo entre las generaciones
en esas mismas sociedades.
Los ancianos son separados de la sociedad.
Se los aparta y no se les reconoce
un bagaje a transmitir. Hay entre
nosotros lo que algunos autores llaman
"una cierta situación
de amnesia". Nos configuramos
como sociedades amnésicas,
sin memoria, en las que impera una
impotencia creciente por hacer vivir
una memoria colectiva del sentido
presente y de las orientaciones para
el futuro.
En este marco la secularización
se constituye en una causa primordial
de la crisis. La religión ha
dejado de ser el factor determinante
de la organización del conjunto
de la vida social y personal. La socialización
ocurre, por lo tanto, al margen de
la religión, produciéndose
la disociación entre socialización
cultural y socialización religiosa.
Como consecuencia y como causa de
todo esto, la autoridad tradicional
también está en crisis.
Autoridad e instituciones aparecen,
en nuestros relatos cotidianos, como
entidades cuestionadas. Se desconfía
de ellas y no se las considera capaces
de la verdad y de la justicia.
La modernidad psicológica
Ha sido reconocida, por los especialistas,
como la característica fundamental
de la transmodernidad o de la alta
modernidad o de lo que, hasta hace
poco, designábamos como posmodernidad.
La modernidad psicológica es
el predominio de la autonomía
de la persona. Es la importancia atribuida
a su realización personal,
más allá de cualquier
otra exigencia o solicitud proveniente
de las diversas autoridades, de los
principios o de las instituciones.
Esto conduce a una desregulación
generalizada de las creencias y de
las prácticas religiosas. No
importa lo que siempre se ha hecho,
ahora importa si eso que siempre se
ha hecho y si aquello en lo que siempre
se ha creído es bueno y posible
para la persona concreta. Y, si no
lo es, se descarta... Porque en la
modernidad psicológica importa,
sobre todas las demás cuestiones,
la realización de la persona,
como satisfacción y como alcance
de un estado de armonía, con
la menor cantidad posible de exigencias
y de requerimientos que puedan conducirla
a algún tipo de frustración.
La familia
en la crisis de la transmisión
Frente a la familia tradicional, orientada
a la reproducción de la vida
y a la transmisión de un patrimonio
biológico, material y simbólico,
aparecen y se instalan los nuevos
modelos de familia. De ellos se espera
que aseguren la felicidad presente
de sus miembros, sin pretensiones
de estabilidad ni de continuidad.
Muy por el contrario, si la realización
personal de alguno de sus integrantes
se ve afectada por el condicionamiento
de la continuidad, se rompe el vínculo
para evitar la frustración.
La modernidad psicológica alcanza
aquí una expresión clarísima.
La organización familiar está
siempre supeditada a la realización
personal de sus miembros. Aunque en
el discurso es todavía posible
encontrar rasgos de la familia tradicional,
en los hechos y en las opciones aparecen
con mucha fuerza estos nuevos modelos
de familia con los cuales las instituciones
tradicionales no han aprendido todavía
a dialogar.
¿En
este panorama es posible trasmitir
la fe?
Para que pueda transmitirse la fe
son necesarias unas relaciones basadas
en vínculos interpersonales
fuertes y duraderos, más allá
de las relaciones meramente funcionales.
Esta afirmación de Martín
Velasco tiene plena sintonía
con lo que expresa Paola Del Bosco
cuando dice... "En la cultura
posmoderna la clausura metafísica
y la superación del sujeto
dejan al hombre des - fundamentado
y apoyado en el abismo, el caos y
la nada. En esta situación
de vacío y sin sentido, él
tiene la necesidad de una experiencia
intensa de los valores. Aquí
es posible reconocer la nostalgia
de la realidad consistente, y el único
medio para recobrar el arraigo en
la realidad reside en la intensificación
de auténticas y vigorosas relaciones
interpersonales, como las que se producen
en el ámbito de la familia,
la amistad, el amor y la fe."
(2)
Uno de los dramas del hombre de hoy
es su falta de ligazón a la
realidad. No tiene dónde apoyarse...
Sólo el caos y el abismo parecen
abrazarlo. En esta situación
de absoluta soledad y falta de consistencia,
necesita desesperadamente situarse,
asirse, reencontrarse, trascender
de él mismo para ir al encuentro
de los otros.
Sólo esas relaciones profundas,
estables, sólidas y confiables
pueden llegar a producir procesos
personales de identificación
como los que se realizan en el encuentro
con personas concretas que tratan
de llevar, sinceramente, a la práctica
el cristianismo a su vida y están
dispuestos a hablar de ello con los
demás y a darles testimonio.
Cuando las relaciones se dan fuera
de la familia, es preciso allí
también la existencia de grupos
capaces de hacer circular los valores
cristianos entre sus miembros. Es
difícil que esto ocurra en
las grandes instituciones en las que
el anonimato, las jerarquías
y la falta de comunicación
dificultan las relaciones a las que
hacíamos referencia. Será
preciso la existencia de grupos vitales
y abarcables en los cuales puedan
surgir y afianzarse tales relaciones.
En un lenguaje más pastoral
diríamos que esas relaciones
se darán en el seno de las
comunidades. Será preciso
el surgimiento de nuevas formas de
comunidad, pequeñas, de talla
humana. Para hacer en la Iglesia la
experiencia mistagógica de
la presencia de Jesús en medio
de todos y para hacer que ella sea
una auténtica fraternidad,
donde la igualdad y la común
dignidad de todos los miembros ( LG
32) supere la distinción de
cargos y ministerios. De este modo,
prevalecerá el acontecimiento
y la convocatoria por medio de la
fe y el aspecto institucional no sofocará
ni dañará el despliegue
auténtico de la comunión
y de la misión.
(3)
Será necesario crecer en una
espiritualidad de comunión,
gestada y fecundada en la vida, la
Palabra, la fiesta, la oración
y la misión. Fruto del Espíritu
y expresión de la unidad y
del amor trinitarios.
Un sociólogo suizo de la religión,
Campiche, dice que los vectores religiosos
de la transmisión (familia,
escuela y organizaciones religiosas)
no están obsoletos, sino que
cambiaron su rol y su estatus. ¿Cómo
hacer de esos "vectores sociales"
comunidades capaces de transmitir
la fe?
Del discurso a la experiencia personal
Cuando de transmisión se trata,
en el tiempo actual, el discurso ha
sido sustituido por la experiencia
personal. Ella se ha convertido en
la norma predominante de toda elección
ética. Ya hace varios años
Emilio Komar nos proponía la
encarnación de los valores
como propuesta pedagógica para
la educación moral (4).
No imponer los valores desde afuera,
a través del discurso doctrinario
y de una encarnación que podríamos
llamar "estampa". Proponerlos
a través de la vida. Dejarlos
circular en la comunidad para que,
en toda ella, vibre un ambiente educativo
que favorezca la experiencia personal
de los que la integran. El valor que
es apreciado, gustado, juzgado como
útil, es finalmente encarnado
con toda libertad.
Se acabó el tiempo del deber
ser. La fe no se transmite con el
discurso. Sólo la fe vivida,
anunciada y celebrada en el seno de
una comunidad puede transmitirse a
sus miembros vinculados por relaciones
duraderas y confiables.
El resultado más importante
de este nuevo modelo de transmisión
es el paso de la reproducción
de la religiosidad de los padres y
maestros a la pluralidad de identidades
religiosas entre los destinatarios.
Algunas preguntas para el final
 |
¿Dónde están
y cuáles son aquellas comunidades
capaces de transmitir la fe? |
 |
¿Hay vectores religiosos
obsoletos o se trata, simplemente,
de la necesidad de reformular
su rol y su estatus? |
 |
¿Cómo
se operativiza el pasaje del discurso
a la experiencia personal en la
transmisión de la fe? |
 |
¿Es
posible pensar en la existencia
de verdaderas comunidades virtuales,
en las cuales sean posibles los
vínculos sólidos
y duraderos que permitan la experiencia
personal como condición
para transmitir la fe? Si nuestra
respuesta es afirmativa, ¿cómo
lo haríamos? Si nuestra
respuesta es negativa, ¿cuáles
son los impedimentos o contradicciones
que podemos señalar? |
 |
¿Estamos
dispuestos a asumir, comprender
y evangelizar el paso del modelo
de reproducción de la religiosidad
a la pluralidad de identidades
religiosas de los destinatarios
de la transmisión de la
fe? |
 |
¿Tenemos
en cuenta esta crisis de la transmisión
de la fe cuando observamos la
Catequesis Familiar? |
 |
¿Puede
ser ella misma agente de cambios
positivos a lo largo de esta crisis
o se ve afectada y arrastrada
por la crisis? |
Equipo
del Observatorio Catequístico
investigacion@isca.org.ar
1
Nosotros seguimos, fundamentalmente
a Velasco, en "La transmisión
de la fe en la sociedad con temporánea
y a Emilio Alberich en "Catequesis
evangelizadora".
2 Cfr. Dra. Scarinci de Delbosco,
María Paola. " Análisis
de la realidad actual según
la propuesta posmoderna"
3 Cfr. Alberich, Emilio. Obra citada.
Pág. 41 y 165.
4 Cfr. Komar, Emilio "La encarnación
de los valores" en "Orden
y misterio". Ed. Fraternitas/Emecé.
Buenos Aires. 1996. Pág. 149
y ss.
|