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Las
preguntas de una paradoja
La actual crisis en la transmisión
de la fe se verifica hoy, especialmente,
en la "paradoja" de una
iniciación cristiana que no
inicia sino que concluye. Ante este
panorama somos muchos los que nos
preguntamos qué hacer y cómo
hacerlo.
Estas preguntas no son ajenas a la
Catequesis Familiar. Ella misma supo
ser respuesta válida y renovada
en un tiempo de preguntas. La Iglesia
pudo, en los orígenes de la
Catequesis Familiar, responder con
creatividad pastoral, provocando así
el cambio:
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Fue generadora
de vocaciones catequísticas. |
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Bajo su impulso y su ardor se
consolidaron comunidades que crecieron
a la sombra de los grupos de Catequesis
Familiar. |
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En el
diálogo y en la reciprocidad
supo precisar las claves para
generar el encuentro. Y, a través
del encuentro, se gestaron y crecieron
las comunidades. |
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Los laicos,
mujeres y varones, encontraron
en ella un ámbito propio
para desarrollar su identidad
evangelizadora. |
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Parafraseando
a Puebla, podríamos decir
que fue una verdadera acción
eclesial en el corazón
de la familia y una verdadera
acción familiar en el corazón
de la Iglesia. |
Hoy, conservando
su valor original, ella también
se halla en búsqueda y, frente
a la actual crisis, sus agentes se
preguntan qué hacer y cómo
hacerlo. A ella no le resulta extraño
el tema de la iniciación cristiana
Todo lo contrario. Es, precisamente,
el fracaso triste y reiteradamente
constatado de la iniciación
cristiana uno de los factores que
más pone en duda la pertinencia
actual de la Catequesis Familiar.
"La familia es el primer lugar
de iniciación cuando lleva
vida cristiana; pero cuando no vive
la fe, aunque sus miembros hayan sido
bautizados, es destinataria de evangelización".
Ante tantas familias que hoy no viven
la fe porque no hemos sabido cómo
iniciarlos a la vida cristiana, nos
vemos interpelados a preguntarnos
qué hacer y cómo hacer
para que la Catequesis Familiar se
convierta en respuesta renovada y
pertinente al fracaso y a la paradoja
de la iniciación cristiana.

Las tentaciones de la crisis
Toda crisis
supone una ruptura para dar lugar
a un nuevo nacimiento. Por eso las
crisis no pueden ignorarse. Están
contundentemente presentes en nuestras
vidas. Es imposible no verlas
Pero las dos tentaciones más
grandes frente a las crisis consisten,
por un lado, en el abatimiento y,
por otro lado, en ignorarlas y seguir
viviendo como si nada ocurriera.
Las crisis
se viven y se superan. Siempre hay
un tiempo posterior a la crisis. Allí
está ya presente e implícito
el nuevo nacimiento. Por eso, entre
las crisis y el futuro, hay siempre
una tensión cargada de esperanza.
Este tiempo
de crisis, largo tiempo de transición
hacia un nuevo nacimiento, demanda
concepciones y modelos nuevos. Los
catequistas, hombres y mujeres de
una Iglesia en crisis y en transición,
no estamos libres de las tentaciones
de la crisis. A unos nos ha tomado
el abatimiento
, a otros, la
tentación de seguir repitiendo
planteos pastorales de otro tiempo,
amparados en la falsa seguridad del
"siempre se hizo así".
Vencidas las
tentaciones de la crisis, es posible
recorrer itinerarios para la construcción
de concepciones y modelos nuevos.
Itinerarios que nos impliquen a todos,
itinerarios para
las familias,
las comunidades,
los catequistas,
los pastores y
la Catequesis Familiar.
Itinerarios en los que se renueven
su identidad, sus propósitos,
sus lenguajes y tareas.
Itinerarios
para las comunidades
La comunidad cristiana es la realización
histórica del don de la comunión
(koinonía), que es un fruto
del Espíritu Santo. La "comunión"
expresa el núcleo profundo
de la Iglesia universal y de las Iglesias
particulares, que constituyen la comunidad
cristiana referencial. Ésta
se hace cercana y se visibiliza en
la rica variedad de las comunidades
cristianas inmediatas
La comunión es, por lo tanto,
la condición y el rasgo por
excelencia de una auténtica
comunidad eclesial. Don del Espíritu
Santo y reflejo de la comunión
trinitaria. Cualquier comunidad, sea
eclesial o no, se diferencia de una
mera asociación porque en la
comunidad las personas no valen por
su productividad; sino por lo que
ellas son. El valor de cada miembro
de la comunidad cristiana se funda
en la dignidad de ser hijo de Dios.
Su singularidad lo define como único
e irrepetible, con carismas y capacidades
personales valiosas y necesarias para
la construcción del Reino en
esa comunidad.
La identidad y la misión de
las diversas comunidades determinan
los valores que en ellas circulan.
De este modo se hacen posibles verdaderos
itinerarios educativos a través
de los cuales las personas hacen suyos
esos valores y configuran sus personalidades
hacia las opciones que van perfeccionando
la naturaleza humana.
En las comunidades cristianas se viabilizan
los valores del Evangelio. Ellas nacieron
del costado herido de Jesús,
para ser verdaderos signos del Reino
en un tiempo y en una cultura determinados.
Sus miembros han sido convocados a
vivir esos valores a través
de la fraternidad y el testimonio;
a anunciarlos explícitamente
a través del Ministerio de
la Palabra y a celebrarlos en la Liturgia.
A veces, esta identidad y esta misión
resultan opacadas por pecados y limitaciones
diversas de sus miembros. La dimensión
institucional prima sobre la dimensión
comunitaria y la circulación
de los valores del Evangelio resulta
obstaculizada por un estilo de vida
poco evangélico, caracterizado
por búsquedas personales y
por formas de autoridad centradas
en el poder y no en el servicio.
Cuando esto ocurre en una comunidad
resulta muy difícil que ella
pueda ser vehículo para la
transmisión de los valores
del Evangelio. Y, cuando las personas
no iniciadas en la fe llegan a ella
con las búsquedas más
diversas, resulta muy difícil
que perciban un estilo de vida y un
Mensaje que los cautive y los lleve
a querer pertenecer, iniciándose
en la propuesta de vida de esa comunidad.
Es probable que, para obtener respuesta
a la búsqueda, permanezcan
durante un tiempo más o menos
breve en la comunidad, asintiendo
inclusive a lo que ella les pida o
les imponga; pero será muy
difícil desarrollar aquí
lo que algunos llaman "una catequesis
de inmersión o catequesis de
la comunidad". Se produce así
el fracaso y la paradoja de una iniciación
cristiana que no inicia, sino que
concluye la vida cristiana de sus
destinatarios.
Esta situación suele repetirse
en los procesos de Catequesis Familiar.
Sus interlocutores, muchas veces no
iniciados aún a la vida cristiana,
no logran descubrir y encarnar en
sus vidas la propuesta de Jesús.
En este tiempo de crisis, para caminar
hacia el futuro de un nuevo nacimiento,
las comunidades cristianas son interpeladas
a recorrer itinerarios de conversión
pastoral.
Éste es un proceso pascual
lleno de gracia, de fe, de esperanza
y de caridad. Allí donde hay
conversión, Dios está
presente. Su Espíritu anima
el camino de la comunidad que, con
valentía, se hace capaz de
torcer su rumbo para ir asumiendo
las opciones que la hacen creíble,
servidora y profética en medio
de este mundo.
Sólo así podrán
transformarse en auténticas
comunidades iniciadoras, capaces de
recibir a los hombres y mujeres con
una fe pequeña y recién
nacida o con una fe implícita,
oculta o casi olvidada por el peso
de los años y de las decepciones.
Recibirlos para iniciarlos en la vida
cristiana, haciéndolos primero
discípulos de Jesús
y enviándolos luego a la misión
que todos comparten en la comunidad.
Equipo
del Observatorio Catequístico
investigacion@isca.org.ar
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