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El hablar
crea comunidad; por la palabra
recibimos y compartimos. Sin
lenguaje, el mundo interior
nos oprimiría. La verdadera
palabra libera. Pero debe ser
verdadera y estar en relación
vital con el silencio.
Romano Guardini
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Los padres que llegan a los procesos
de Catequesis Familiar traen los ruidos
y los sonidos de la calle, de la oficina,
de la fábrica, de la ruta,
del barrio, del campo y de la ciudad.
Traen las palabras de sus vidas y
encuentran un espacio para el diálogo.
Los buenos encuentros de Catequesis
propician el diálogo. Las palabras
de las vidas de los interlocutores
se entrelazan tocando la mismísima
experiencia humana que ellos han vivido.
Pero, a veces, el ruido es más
fuerte. El diálogo se prostituye
en dinámicas conversacionales
en las cuales algunos arrastran a
los otros y no se logra pronunciar
la palabra que viene del interior
de cada uno.
Después
habla Dios. Se proclama su Palabra.
Algunos hacen silencio y el silencio
les permite escuchar la voz de Dios.
Otros se dejan habitar por ruidos
diversos y, aunque están callados,
no hay espacio en ellos para el silencio
que sabe escuchar.
En los buenos encuentros de Catequesis
continúa el diálogo.
Los interlocutores le responden libremente
a Dios desde la hondura de su interior.
Otras veces, los catequistas no dejamos
espacio a este diálogo. Preocupados
por lo que "tenemos" que
decir o por lo que los catequizandos
"tienen" que saber, convertimos
el diálogo en discursos magistrales.
Si la Catequesis Familiar es, sobre
todo, Catequesis de iniciación
o de reinciación, los catequistas
hemos de ser verdaderos compañeros
de camino. Caminar al lado, sin violentar,
sin presionar, sin imponer... El camino
de la iniciación cristiana
es, en este sentido, un camino de
silencio.
Los catequistas hemos de saber valorar
el trabajo realizado por el grupo,
evitando nuestras propias síntesis.
Hemos de aprender a escuchar lo que
dicen los catequizandos, valorando
así el lenguaje de la comunidad
eclesial que se expresa. Para pasar,
de este modo, del sentido literal
al sentido simbólico. Este
paso de la opacidad a la iluminación
y del texto al sentido es una verdadera
"pascua del lenguaje".
Más de una vez nos ha sorprendido
la reflexión de aquel miembro
del grupo que, habitualmente, permanece
callado. O la actitud generosa de
aquél de quien no esperábamos
semejante testimonio. Es que Dios
obra mucho más allá
de nuestras palabras de catequistas.
Dios trabaja fecundamente en los corazones
que saben hacer silencio.
Para los grupos de Catequesis en los
que se deja espacio al silencio es
más posible la experiencia
comunitaria. Porque el silencio es
condición para el diálogo,
porque el diálogo es la búsqueda
sincera de la Verdad y porque alrededor
de la Verdad se reúne la comunidad.
La Verdad atrae, ilumina, arrastra
por su propio peso. Las personas que
poseen la capacidad del silencio,
adquieren la comunidad con los demás
en la Verdad.
Equipo
del Observatorio Catequístico
investigacion@isca.org.ar
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