La Catequesis Familiar es
un espacio privilegiado para
la transmisión de la
fe y requiere de la comunidad
un protagonismo especial,
de modo que las familias que
se acercan a ella descubran
allí un ambiente propicio
para vivir una verdadera experiencia
eclesial.
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¿Los
vínculos como motivación
o la motivación como vínculo?
Mucho se ha hablado acerca del vacío
en el cual parecen vivir el hombre
y la mujer de este tiempo. Vacío
y sinsentido que se expresan en una
nostalgia infinita por la realidad
consistente, como continente seguro
de sus vidas, y en el reclamo de fuertes
y auténticos vínculos,
que permitan recobrar el arraigo en
la realidad perdida.
Muchos hombres y mujeres de nuestras
comunidades eclesiales no están
exentos de este reclamo existencial.
Atrapados en el individualismo reinante,
buscan en la comunidad un espacio
de seguridades que les evite el anonimato
y la soledad.
Se
entretejen así los más
diversos vínculos. Ellos se
extienden, en un amplísimo
arco, desde las relaciones más
transparentes y sanas hasta un tejido
de confusión que busca aliviar
distintas carencias no resueltas.
Se recurre, de este modo, a la comunidad
en busca de confianza, amistad, reconocimiento,
cercanía a la autoridad, seguridad,
poder, contención, pertenencia
Y, si bien algunas búsquedas
son humanamente legítimas,
acarrean el peligro no menor de una
comprensión errónea
de la naturaleza de la comunidad.
Esta situación convive con
la indiferencia o con la negación.
No se la considera necesaria y se
la ve como un espacio absolutamente
ajeno a la propia vida. La comunidad
eclesial es considerada, por muchos,
un espacio que otros ocupan y del
cual otros han de hacerse responsables.
Cuando la comunidad eclesial es vincularmente
significativa, a veces, esos vínculos
se convierten en la única motivación
o, al menos, en la motivación
más fuerte de todas las realizaciones
comunitarias. Aquí reside la
contradicción y el peligro.
Los vínculos terminan siendo
los determinantes de la acción
eclesial y ella queda sofocada por
coyunturas emocionales, por la desordenada
búsqueda de uno mismo y por
el vaivén de los sentimientos
desvirtuados.
Una experiencia más madura
de comunidad eclesial muestra, en
cambio, que no son los vínculos
la motivación más fuerte
de la vida eclesial, sino que justamente
es la misma y compartida motivación
la que estrecha los vínculos
de unidad.
La misión
como motivación
El discurso
contemporáneo acerca de la
motivación se refiere a ella
como el efecto del descubrimiento
de un valor y reconoce tres tipos
de motivaciones, en función
de los motivos que las generan: motivación
extrínseca (porque percibe
algo a cambio de lo que realiza),
motivación intrínseca
(por la satisfacción interna
que se experimenta cuando se realiza
una acción) y motivación
trascendente (por la necesidad que
tienen los otros de su obrar).
En todo acto humano se conjugan simultáneamente
los tres tipos de motivaciones, pero
con una intensidad diversa. Una comunidad
eclesial, que centre excesivamente
su vida en función de los vínculos
interpersonales, puede ver distorsionado
su accionar hacia meras motivaciones
superficiales. E, incluso en el ámbito
de las motivaciones trascendentes,
ellas pueden quedar reducidas a la
búsqueda de la promoción
social de sus destinatarios y a la
búsqueda de reconocimiento
externo de sus agentes.
La motivación es un acto esencialmente
humano. Tenemos la capacidad de profundas
e integrales motivaciones que brotan
de la totalidad de la persona, en
su completo interactuar de potencias
iluminadas por la luz sobrenatural
de la fe. La más auténtica
motivación de una comunidad
eclesial es su misión. Ella
se inscribe en su misma naturaleza
y le permite llegar a ser aquello
que está llamada a ser.
Sus miembros, más allá
de la distinción de carismas,
de los diversos estados de vida y
de la compleja situación existencial
en la cual cada uno de ellos se halla,
han recibido el testimonio que Jesús
da sobre sí mismo y sobre su
misión y han sido convocados
- a adherirse a su Persona y a su
Mensaje;
- a seguirlo y
- a insertarse en Él y en su
Iglesia, participando en su misma
misión.
La
común unidad de la misión
común.
La espiritualidad
de comunión a la cual nos invitaba
Juan Pablo II dista mucho del comunitarismo
en el cual se cae, a veces, en busca
de un pretendido entramado comunitario
- vincular.
La comunión o común
unidad, en cambio, asume el Misterio
de la Trinidad. Dios es comunidad.
Entre el Padre y el Hijo existe la
comunión más plena y
el don total de sí en el Espíritu
Santo. Esta comunión perfecta
desborda la Trinidad y se exterioriza
en misión que alcanza a toda
la humanidad. De este modo, el ideal
de toda misión es la Trinidad
- comunidad.
Siendo la comunión un signo
esencialmente eclesial, por el cual
todos los hombres son llamados a formar
parte del Pueblo de Dios, expresa
al mismo tiempo la imagen y semejanza
del hombre respecto de su Creador.
Es, precisamente, esta relación
de imagen y semejanza con Dios la
que nos hace hombres y mujeres en
la Iglesia.
Este llamado a ser comunidad no se
comprende a partir de una limitada
cerrazón sobre sí misma.
Todo lo contrario
Sólo
puede comprenderse a partir de la
tensión dinámica comunidad
- misión que brota de la Trinidad:
"La comunión es misionera
y la misión es para la comunión".
Por eso, cuando una comunidad eclesial
madura y arraigada en Cristo se reconoce
comunidad que evangeliza, se está
identificando, en una única
misión, con todas las comunidades
cristianas del mundo.
A imagen y semejanza de la Trinidad,
ellas viven su misión para
que la Vida de Dios las desborde y
circule, como respuesta de fe, a través
de la vida de todos los hombres y
mujeres llamados a formar parte del
Pueblo de Dios.
En la raíz de la misión,
el acontecimiento.
La Palabra de Dios nos ayuda a desentrañar
este título en el que se encuentran,
en un mismo binomio, la misión
de la Iglesia y el acontecimiento
de la resurrección. El final
del capítulo ocho del libro
de los Hechos de los Apóstoles
narra el bautismo de un etíope.
Este texto nos pone en contacto con
un verdadero proceso catequístico.
Felipe es un hombre de Dios, fue elegido
por Él para el anuncio de la
Buena Noticia de Jesús y fue
enviado por la Iglesia de Jerusalén.
Muchos hombres y mujeres creyeron
y se bautizaron después de
su anuncio.
En el proceso narrado es, una vez
más, el mismo Dios quien lo
convoca y lo instruye. Siguiendo el
llamado, Felipe se encuentra con el
etíope y se inserta en su situación.
No espera que el catequizando lo busque.
La iniciativa ha sido de Dios, pero
el catequista ha sabido escucharlo
e interpretarlo.
Por eso, puede penetrar en la realidad
humano - religiosa del etíope.
Se trata de un hombre en búsqueda.
De hecho, Felipe lo encuentra en el
camino, de regreso de Jerusalén.
Había ido al templo
Está
leyendo al profeta Isaías y
se ha provocado en él la pregunta
religiosa ¿"Quién
es éste acerca del cual hablan
las Escrituras?"
Felipe está a su lado, para
ayudarlo a expresar la inquietud de
su pregunta y para ayudarlo a encontrar
la respuesta en Dios. Entonces se
pone a anunciarle la Buena Noticia.
En el momento culminante del camino
le anuncia el acontecimiento de Jesús,
su muerte y su resurrección.
Y el etíope cree
El anuncio
del acontecimiento suscita la fe y
el nuevo creyente pide ser bautizado.
Podemos afirmar que, en la raíz
de toda misión asumida y vivida
desde la fe, nos interpela el acontecimiento
de la resurrección. El anuncio
que Felipe realiza es un acto de fe
en la resurrección de Jesús.
Él vivió esta experiencia,
con toda intensidad, en la Iglesia
de Jerusalén y no puede callarla.
La actualiza y revive cada vez que
la anuncia.
Del acontecimiento al testimonio
y al anuncio de la comunidad.
Cualquier experiencia vivida en plenitud
no nos deja indiferentes. Cala hondo
en nuestras vidas y nos transforma.
"A medida que las experiencias
son profundas y auténticas,
las personas quedan transformadas,
cambiadas. Es difícil que haga
verdadera experiencia quien no está
dispuesto a cambiar, así como
es difícil cambiar de vida,
si no se viven experiencias significativas."
Los que, auténtica y profundamente,
han vivido la experiencia del Señor
Resucitado resultan transformados.
Este acontecimiento les suscita la
fe como "dinamismo que brota
de la Pascua de Cristo
"
Ésta es la experiencia de la
primera comunidad de Jerusalén.
Experiencia cercana y viva que hacía
exclamar: "Miren cómo
se aman". El acontecimiento de
la resurrección se hace testimonio
por la fe. "¿Por qué
son así? ¿Por qué
viven de esa manera? ¿Quién
los inspira? ¿Por qué
están con nosotros?... Este
testimonio constituye ya de por sí
una proclamación silenciosa
"
Y es ese mismo testimonio el que se
hace Palabra en el primer anuncio
y en la catequesis. La Verdad gustada,
saboreada, conocida y vivida se comunica
a otros hombres y mujeres. Resuena
en el corazón de los que la
reciben, dejando que ella se encarne
en sus propias vidas.
Por eso, la experiencia de fe nunca
es, del todo, una experiencia de soledad.
Está llamada a hacerse eco
y a suscitar una adhesión de
corazón a la Persona de Jesús,
a su Mensaje y a un nuevo estilo de
vida. Nuestra fe es, por lo tanto,
una experiencia eclesial.
Equipo
del Observatorio Catequístico
investigacion@isca.org.ar
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