|
Caminos
para el encuentro
Reiteradas
veces nos hemos detenido a pensar
en los diferentes caminos transitados
por los padres cuando llegan a nuestras
propuestas de Catequesis Familiar
. Hemos tratado, incluso, de caracterizar
esos caminos, descubriendo rasgos,
motivaciones, búsquedas y experiencias
vitales de nuestros interlocutores.
La llegada
a la Catequesis Familiar se convierte,
de este modo, en un verdadero entramado
en el que confluyen las más
diversas situaciones, las historias
de vida, la interioridad más
íntima y los interrogantes
existenciales que cada uno trae. Cada
miembro del grupo llega con un bagaje
propio y personal, con una disposición
diferente y con experiencias de fe
también diversas.
Habitualmente,
los catequistas los esperamos con
un programa de contenidos, con fechas
establecidas para desarrollar esos
programas, con un modelo de transmisión
que reiteramos año tras año
y con una fe más o menos madura,
según cada caso. Nos disponemos
así a comunicarla, pero muy
a menudo este conjunto de buenas intenciones
tiene la forma de un "trasvasado".
Sin querer, a veces sin sospecharlo
siquiera, ignoramos los caminos que
ellos han transitado.
Hoy queremos
preguntarnos cómo hacer significativo
y auténtico el encuentro de
caminantes de procesos tan diversos.
¿Cómo ponernos a caminar
al lado de cada uno, dejando que ellos
se encuentren con Jesús, según
su propio modo y su propio ritmo?
¿Cómo ayudarlos a desandar
caminos de alejamiento, indiferencia
o tibieza? ¿Cómo ser
espacio para gestar o profundizar
verdaderos procesos de fe personales
y comunitarios?
Jesús,
compañero de camino
Asumiendo y
encarnando la pedagogía del
Padre Dios, Jesús se hizo compañero
de camino de los hombres y mujeres
de todos los tiempos. Cuando vino
a vivir entre nosotros, llevando a
la plenitud la Revelación,
se hizo caminante como su Padre que,
desde la misma Creación, se
puso a caminar al lado del hombre
para salvarlo.
Dios está
en medio de su pueblo (Is. 7, 14),
habla y comprende al hombre (Sal 33,
115, 3 - 7), es Padre (Dt. 1, 31 -
33), pastor (Is. 40, 11) y continuamente
envía mensajeros y profetas
que acompañan al pueblo en
su camino y revelan su voluntad (Is.
6, 8; Jr 1, 4 - 10). Desde todos los
tiempos se nos revela a cada uno en
particular y nos acompaña en
el camino hacia Él.
|
Enseñé a
Efraín a caminar, tomándole
por los brazos
Con lazos humanos los atraía,
con lazos de amor.
Y era para ellos como los que
alzan a un niño contra
su mejilla,
Me inclinaba hacia él
y le daba de comer
(Os.11, 3-4)
|
Su presencia
en medio de su pueblo, su confianza
en cada uno de nosotros, su esperanza
en la nueva humanidad y su entrega
universal para todos se encarnan en
Jesús de Nazaret. Si hay algo
que podemos comprobar, con toda certeza,
en un recorrido por la Biblia es esta
pedagogía de Dios, que se atiene
a los procesos humanos y que en ellos
se va develando y revelando.
El acompañamiento
como pedagogía
"Acompañar
es asistir al largo proceso de gestación
de vida nueva que el Espíritu
está creando en el otro y estar
junto a él, atento a los signos
de un proceso, sin querer precipitarlo
ni controlarlo, conscientes de que
es inútil sustituir un trabajo
que sólo puede hacer el otro,
pero estando ahí para animar,
sostener, tirar con cuidado y a tiempo
de una vida frágil que apunta
y que lucha por salir a la luz."
El catequista
está llamado a ser un compañero
de camino. Sin apropiarse del camino
de aquellos a quienes acompaña,
sin imponer o trasvasar una experiencia
de fe, dejando que el Espíritu
haga su obra en ellos y haciéndose
mediación y puente para que
los catequizandos se encuentren con
Jesús, lo sigan y configuren
toda su existencia con la de Él.
Concebir el
acompañamiento como pedagogía
supone, por un lado, una espiritualidad
del acompañamiento: despojarse
de las seguridades, de los ritmos
propios, de la impaciencia y de la
desconfianza. Contemplar en silencio
y con los pies descalzos el misterio
de cada interlocutor. Es descubrir
en cada persona un reflejo del amor
creador del Padre. Es hacerse humilde,
pequeño, servicial para mirar
y amar la tierra sagrada del hermano.
Por otro lado,
el acompañamiento como pedagogía
supone también unos pasos,
un sendero, un método
Frente a los procesos tan diversos
que convergen en la Catequesis Familiar,
ella ha de atreverse en estos tiempos
a desentrañar ese método,
tratando de explicitar algunas pistas
por donde puede desplegarse la pedagogía
del acompañamiento.
Buscando pistas
Creemos que
el acompañamiento como expresión
de la pedagogía catequística
ha de entenderse en su doble vertiente
personal y comunitaria. Un catequista
que acompaña los procesos de
fe del grupo es un catequista que
sabe hacer silencio. Hacer silencio
para escuchar, hacer silencio para
proponer y no para imponer, hacer
silencio para dialogar dejando que
cada uno se exprese.
El hablar crea
comunidad; por la palabra recibimos
y compartimos. Sin lenguaje, el mundo
interior nos oprimiría. La
verdadera palabra libera. Pero debe
ser verdadera y estar en relación
vital con el silencio .
Los catequistas
hemos de saber valorar el trabajo
realizado por el grupo, evitando nuestras
propias síntesis. Hemos de
aprender a escuchar lo que dicen los
catequizandos, valorando así
el lenguaje de la comunidad eclesial
que se expresa. Para pasar, de este
modo, del sentido literal al sentido
simbólico. Este paso de la
opacidad a la iluminación y
del texto al sentido es una verdadera
"pascua del lenguaje". Este
saber hacer silencio para dialogar
y proponer favorece la apropiación
de la fe por parte de los interlocutores,
en un singular acto de libertad.
Acompañar
los procesos de fe del grupo supone,
también, no imponer un programa
de contenidos y unos tiempos rígidos
en los cuales han de desarrollarse.
Supone dar el paso del programa al
itinerario.
La mirada puesta
en el sujeto y en su contexto reclama
este paso, optando por una permanente
reflexión acerca de la propia
práctica catequística.
La implementación de un verdadero
itinerario pide los siguientes requisitos:
 |
Una
comunidad cristiana en permanente
estado de evangelización
( evangeliza y es evangelizada) |
 |
Un
proyecto de pastoral orgánico
planificado, actuado y evaluado
por esa comunidad. |
 |
Un
equipo de catequistas formado
por personas:
1. testigos, miembros y enviados
por la comunidad
2. con competencia y cualidad
profesional
3. en estado de permanente formación
4. con capacidad de ser agentes
de transformación
5. con dones de animación
- creatividad - participación |
 |
El conocimiento de la situación
de los interlocutores a los cuales
está dirigido el mensaje
(contexto y maduración
psico - ética - espiritual) |
 |
La
gradualidad expresada en los objetivos,
contenidos, experiencias, actividades. |
El itinerario
es un proceso que implica el acompañamiento
por parte del catequista. Él
sabe cuál es la meta y camina
al paso del catequizando, animándolo
a poner la parte que le corresponde.
Es un camino bien estudiado que se
continúa analizando mientras
se avanza, para saber indicar siempre
el camino que hay que seguir, adaptando
el recorrido.
Se va haciendo
camino al andar. Un poco como al estilo
del baqueano, que conoce la tierra
que recorre, pero que se anima a andar
por ella sin ataduras y con valentía;
abierto siempre a la novedad que esa
tierra conocida le va brindando a
su paso. El catequista compañero
de camino sabe bien por donde tiene
que acompañar al catequizando,
pero está atento a la novedad
y a la sorpresa. No se ata al camino
que él conoce y está
dispuesto a acompañar por otros
caminos que llevan a la misma meta.
La comunidad
cristiana tiene una misión
muy importante en el acompañamiento
de los hermanos que se van incorporando
a ella a través de la Catequesis.
Lamentablemente, a veces y por distintas
razones, ella no asume esta misión.
La delega en los catequistas, olvidando
que la función profética
corresponde a toda la Iglesia y no
a unos "especialistas" del
anuncio.
Cuando la comunidad
eclesial asume la responsabilidad
del crecimiento en la fe de todos
sus miembros, especialmente de los
más nuevos, ellos pueden "sumergirse"
en un estilo de vida auténticamente
evangélico que contagia y cautiva.
Alguna vez nos referimos a esta realidad
definiéndola como una auténtica
"pedagogía del ambiente"
, en la cual la comunidad de fe es
el ambiente propicio para vivir las
experiencias que suscitan y hacen
crecer la fe de sus miembros.
El catequista
compañero de camino se va animando,
poco a poco, también a un acompañamiento
personal. Sin imponerse lo imposible,
trata de encontrar la ocasión
y el "kairos", como momento
oportuno de Dios, para escuchar y
ayudar a discernir, dejando que al
catequizando se le vaya haciendo familiar
la escucha del Señor, que le
habla siempre. Sin pretender ser un
maestro del discernimiento, con mucha
sensibilidad y sin violentar la sagrada
interioridad de cada uno, propone
la oración, la Palabra, la
reflexión y la contemplación
de la propia vida como lugar para
la experiencia de Dios.
Para ser un
compañero de camino, el catequista
ha de dejarse acompañar, experimentando
él mismo el regalo de ser acompañado
en su propia vida de creyente, discípulo
y testigo.
|