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Girar un poco, pero no demasiado
La metáfora del Observatorio nos viene acompañando desde hace varios años, como un modo de expresar nuestras búsquedas en el amplio espacio catequístico.
Hace tiempo decíamos que, si pretendiéramos observar el espacio con un telescopio, no podríamos abarcar la inmensidad de astros y cuerpos celestes que lo habitan. Ante semejante infinitud, los astrónomos utilizan telescopios, cada vez más perfectos y eficaces, para aproximar la mirada y, a la vez, para extenderla hacia realidades aún desconocidas por el hombre.
Se trata de investigar lo desconocido, mirando hacia la amplitud del espacio. También se trata de conocer más profundamente lo que ya ha sido descubierto, en una dinámica de giros y contragiros.
En el Observatorio del ISCA hemos focalizado nuestra mirada en un lugar del amplio espacio catequístico: la Catequesis Familiar. Para poder mirar mejor, hemos asumido diversas perspectivas. Ellas se tradujeron en afirmaciones que, según creemos, pueden ser caminos para una Catequesis Familiar de este tiempo :
1. Una Catequesis Familiar del diálogo:
El catequista ha de saber valorar el trabajo realizado por el grupo, evitando sus propias síntesis y la tentación de dar respuestas a las preguntas que nadie se ha realizado. Ha de aprender a escuchar lo que dicen los catequizandos, valorando así el lenguaje de la comunidad eclesial que se expresa. Para pasar, de este modo, del sentido literal al sentido simbólico. A este paso de la opacidad a la iluminación y del texto al sentido, podemos denominarlo "pascua del lenguaje". En este senti-do sería prudente preguntarse si la crisis que hoy experimenta la Catequesis Familiar no está estrechamente vinculada a la crisis del diálogo y del lengua-je.
2. Una Catequesis Familiar de la proposición:
Durante mucho tiempo, la Catequesis ha sido una Catequesis del deber ser. Hoy la crisis de la transmisión de la fe nos pide pasar del ejemplo a la experiencia personal. No es és-te el tiempo del discurso doctrinario que impone, no es el tiempo de la "en-carnación estampa", impuesta desde afuera y por la fuerza. La fe no se "clona", no se copia y no se imprime. La fe se transmite través de una verdadera experiencia personal, realizada en el seno de una comunidad iniciadora en la cual los catequizandos puedan vivir una experiencia de valores que los introduzcan en la iniciación a la vida cristiana, verdadera y fundamental finalidad de la Catequesis.
3. Una Catequesis Familiar en el contexto de una pastoral orgánica
que promueva otras instancias de pastoral familiar en las cuales se promuevan el diálogo familiar y la concientización de la misión de la familia en la iniciación y en la educación en la fe.
4. Una Catequesis Familiar comprometida con las nuevas situaciones familiares y con los nuevos modelos de familia.
Una Catequesis Familiar creativa y comprometida que no caiga en el inútil facilismo de hacer co-mo si nada hubiera cambiado; que asuma la crisis que hoy vive la familia; que recree modos de organización, condiciones, lenguajes y experiencias significativas, buscando en lo más esencial de ella misma
5. Una Catequesis Familiar que ayude a crear nuevas formas de comunidad en las cuales sea posible hacer la experiencia de Jesús en medio de todos, compartiendo dones y carismas que se ponen el servicio del anuncio.
6. Una Catequesis Familiar que promueva el discernimiento como camino de encuentro con Dios en las diversas situaciones problemáticas que atraviesan los interlocutores de la CAFA
7. Una Catequesis Familiar que fortalezca el primer anuncio, para que éste se diferencie y, a la vez, se integre en todo el proceso catequístico, otorgándole una fuerza renovadora y catecumenal.
8. Una catequesis familiar que celebre el anuncio y la presencia de Jesús en medio de todos, haciendo confluir orgánicamente la dimensión catequética de la liturgia y la dimensión litúrgica de la catequesis.
9. Una Catequesis Familiar que se atreva a desentrañar la pedagogía del acompañamiento como modo concreto de personalizar los itinerarios ante la diversidad de opciones y caminos previos recorridos por los padres.
10. Una Catequesis Familiar que contemple en silencio y con los pies descalzos el misterio de cada interlocutor. Con catequistas serviciales, humildes, que se atreven a contemplar la tierra sagrada del hermano. Cate-quistas que saben escuchar y que han descubierto en el misterio de cada persona un reflejo del amor creador del Padre.
11. Una Catequesis Familiar con catequistas que no bajan los brazos, que se reúnen para pensar la Catequesis, que investigan, que estu-dian, que planifican de verdad. Catequistas con una mirada larga capaz de trascender la crisis y de esperar la Pascua.
12. Una Catequesis Familiar con obispos y sacerdotes catequistas. Que asumen su necesidad de formación catequística, que se atreven a ser crea-tivos y a promover la creatividad de los catequistas laicos.
Para asumir estas perspectivas, hemos girado “el telescopio” de nuestras miradas…Lo hemos hecho varias veces, para buscar respuestas mirando desde otro lugar. Ahora, nos proponemos volver a girar. Pero no demasiado. Miraremos hacia otro ámbito: la catequesis con adultos.
Nuestro giro nos posicionará en otro ámbito, sin olvidar las miradas anteriores. Giraremos, pero no demasiado… Porque la Catequesis Familiar es, sobre todo, Catequesis con Adultos.
Algunas perspectivas para la nueva mirada
Para observar este ámbito catequístico, nos posicionaremos en lugares diversos, que nos permitan mirar, comprender y sacar algunas conclusiones que nos ayuden a enriquecer nuestra praxis, orientándonos siempre hacia una Catequesis con adultos, más eficaz, renovada y fundamentada.
Todas las comprensiones y conclusiones que vayamos construyendo se trasladarán, finalmente, a un itinerario catequístico para adultos situados en un escenario urbano de este tiempo.
Para ello asumiremos estas perspectivas y algunas otras que iremos descubriendo y valorando a lo largo de nuestra investigación:
| - La cultura comunicacional o la naturaleza comunicativa de la cultura. |
| - De los medios a las mediaciones. |
| - La pastoral urbana. |
| - La inculturación, como clave catequética para la transmisión de la fe. |
| - La Catequesis como acto de comunicación. |
| - Multiculturalidad e interculturalidad. |
| - El camino de la multiculturalidad a la interculturalidad |
| - Culturas en comunicación. |
| - Los valores en las culturas en comunicación |
| - La comunión como valor en la cultura comunicacional. |
| - Inculturarse en la interculturalidad. |
| - La inculturación en la cultura comunicacional. |
| - El escenario citadino y el sujeto adulto de la Catequesis. |
| - El sujeto adulto de la Catequesis en la cultura comunicacional. |
| - Dimensión religiosa del sujeto adulto en la cultura comunicacional. |
| - Naturaleza comunicativa de la cultura y crisis en las transmisiones. |
| - Los lenguajes en la Catequesis: ¿del lenguaje monocultural al lenguaje intercultural? |
| - El sujeto adulto de la Catequesis ante la crisis en la transmisión de la fe: retos y caminos. |
Dimensión comunicacional de la Catequesis
Siguiendo el Directorio General para la Catequesis, ella queda definida como “una acción esencialmente eclesial”. El mismo Directorio afirma que “el verdadero sujeto de la Catequesis es la Iglesia que, como continuadora de la misión de Jesucristo Maestro y animada por el Espíritu, ha sido enviada para ser maestra de la fe.”
Es válido afirmar, también, que la Catequesis es un acto de comunicación humana y divina. Como comunicación humana, está sujeta a las reglas de toda comunicación entre las personas. Como comunicación divina, está suje-ta a las reglas que surgen de la manera como Dios se comunica en la Revelación.
La cultura comunicacional es un escenario en el cual la Catequesis debe comunicar hoy la Palabra de Dios. Pero esta aparente coincidencia, lejos de facilitar la comunicación del mensaje catequístico, señala la prioridad por comprender y evangelizar una cultura que, manifestando rasgos inequívocos de deshumanización y de descristianización, presenta al mismo tiempo valores fundamentales que piden ser explicitados y encarnados en la vida de las personas.
Es legítimo mirar la cultura como un conjunto de lenguajes y expresiones a través de los cuales los hombres y mujeres manifiestan su ser profundo y establecen lazos de convivencia. Por lo tanto, ser parte de una cultura es, en este sentido, aprender los lenguajes que ella emplea para hacer circular la vida entre sus miembros.
“La Palabra de Dios se hizo hombre, hombre concreto, situado en el tiempo y en el espacio, enraizado en una cultura determinada: Cristo, por su Encarnación, se unió a las concretas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió”.
Este tema de comunicación nos remite a la verdad, como valor inherente a todo humano auténtico acto de comunicación. Cuando dos personas se co-munican, a través del diálogo, están buscando juntos la verdad.
El diálogo supone una verdad buscada y discernida junto con otros. La búsqueda de la verdad está en el fundamento de todo diálogo. Ella es su sentido y su meta. Dialogamos para la verdad: para descubrirla cuando todavía no logramos verla y para comunicarla a los demás cuando creemos haberla alcanzado.
Dice un autor que aquél que sabe dialogar construye puentes, mientras que el que sólo sabe discutir no hace más que cavar profundas e irreconciliables trincheras. Los catequistas solemos hacer alusión a nuestra condición de puentes. En un sentido, nuestra vocación nos hace camino y proximidad entre Dios y los hombres.
La vocación a comunicar la Verdad
Los catequistas hemos sido llamados a anunciar la Verdad. Somos discípulos de la Verdad, hemos dejado otras tareas y urgencias para sentarnos a sus pies. La hemos escuchado y saboreado y hemos intentado hacernos sus testigos.
Pero hoy no es fácil dialogar... Hoy la verdad se halla especialmente cuestio-nada, combatida, sospechada, ridiculizada...Muchas preguntas se hacen en torno a la comunicación de la Verdad. Los catequistas de este tiempo nos afanamos en la búsqueda de respuestas, pero muchas veces, a pesar de haber descubierto la Verdad, sólo atinamos a hacernos trinchera y obstáculo para que muchos otros se hagan sus discípulos y sus testigos.
Cuando intentamos responder a las muchas preguntas que nos hacemos acerca de la comunicación de la Verdad, podemos caer en la tentación de esbozar técnicas y recetas aparentemente válidas, pero absolutamente relativas e imposibles de ser trasladadas a las tan diversas situaciones, dramas y perplejidades del hombre de hoy.
Hacernos trinchera y obstáculo para que muchos otros se hagan discípulos y testigos de la Verdad es pretender imponerla a través de la fuerza, la obligación o el discurso doctrinario. Nadie guarda una lámpara en un cajón. La verdad brilla, ilumina, se impone y se muestra por derecho propio.
Por eso, nada mejor para comunicar la Verdad que asumirla y vivirla rad-calmente, con todos sus riesgos, sus exigencias y su transparencia traducida en evidencia y en certeza. Comunicar la Verdad es, antes que nada, haberla encarnado en la propia vida y hacerla don para los demás. Después, sólo después, podremos plantearnos la pregunta acerca de los lenguajes que facilitan y hacen más eficaz la comunicación de la Verdad.
Los lenguajes de la Catequesis
A pesar de su naturaleza comunicativa, “uno de los problemas más graves que hoy enfrenta la Catequesis es el de la comunicación… A menudo se tiene la impresión de que utiliza lenguajes que nadie entiende, se dirige a audito-rios que ya no existen y responde a preguntas que nadie tiene o responde a problemas que nadie vive.”
Se señala así el imprescindible empleo de un lenguaje realmente significat-vo, tanto para quien lo pronuncia como para quien lo recibe y se afirma la opción por un lenguaje vital, creíble, actual, inteligible, cercano y persuasivo. Un lenguaje existencial que expresa el sentido de la vida con sus búsquedas, sufrimientos, frustraciones y esperanzas.
“La Palabra de Dios se hizo hombre, hombre concreto, situado en el tiempo y en el espacio, enraizado en una cultura determinada: Cristo, por su Encarnación, se unió a las concretas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió”.
Será preciso, entonces, plantear la comunicación catequística desde las categorías culturales y experienciales de los hombres y mujeres a los que se dirige, comprendiendo que este esfuerzo de actualización o reformulación del lenguaje no es más que una búsqueda intensa encaminada a poner en acto esta naturaleza comunicativa de la Catequesis.
El lenguaje, como medio de comunicación, tiene gran importancia en la Catequesis. En el fondo, son dos los problemas a resolver: por un lado, la Catequesis ha de utilizar un lenguaje que sea expresión de la fe de la Iglesia; por otro, la Catequesis ha de renovarse continuamente en la búsqueda de un lenguaje adaptado al hombre de hoy.
Ella tiene, entre otras, la finalidad de iniciar a los hombres, mujeres y niños en el lenguaje propio de la fe: El primer lenguaje de la Catequesis es la Escritura y el Símbolo...Las Escrituras permiten a los cristianos hablar un lenguaje común. No se puede aislar el Evangelio de su lenguaje. El Evangelio es un mensaje expresado en un lenguaje concreto: La comunidad de fe implica esencialmente comunidad en el lenguaje, al menos en un mínimo de lenguaje que guarde la comunidad en la fe.
La Catequesis tiene unos lenguajes propios, cada uno de los cuales con una fuerza peculiar. No puede renunciar a ninguno de ellos, porque se incapacitaría para la auténtica comunicación de la fe: antropológico, bíblico, histórico, cristológico, eclesial, doctrinal, magisterial, tradicional, celebrativo y testimonial. A través de todos sus lenguajes hace circular la experiencia del mis-terio de Dios en la experiencia del misterio del hombre.
La pastoral en general y la Catequesis en particular son actos de comunica-ción pública. Los pastores, evangelizadores y catequistas son comunicadores públicos como los profetas, como los apóstoles y como Jesús. Han de ser, por tanto, ser expertos en el difícil arte de la comunicación. Al mismo tiempo deberán conocer el contenido de lo que comunican y las situaciones existenciales de sus interlocutores. Pero, sobre todo, los catequistas son los hombres y mujeres que pueden comunicar aquello que antes han encarnado en hondura más íntima y propia, anunciando la Buena Nueva de Jesús a través del lenguaje primordial de sus propias vidas.
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