Isca  
 
Interrogantes para una Catequesis con adultos

Nos planteamos, a continuación, una serie de interrogantes que creemos válidos para una Catequesis con adultos, sin descartar su pertinencia en la reflexión  de otros ámbitos catequísticos. Se trata, más bien, de interrogantes para tiempos de cambios y de increencia, en  una Iglesia y en  una sociedad que asumen el desafío de configurar una cultura más humana.

 

¿Progreso versus humanización?
“El hombre de hoy se muere todavía de hambre y de sed, de enfermedad y de pobreza en este tiempo de abundancia y de consumismo desenfrenado.

 

¿Qué se puede decir de quienes, sin esperanza, se ven obligados a dejar su casa y su patria para buscar en otros lugares condiciones de vida digna?
¿Qué se puede hacer para ayudar a los que, engañados por fáciles profetas de felicidad, se encaminan por el túnel de la soledad y acaban frecuentemente esclavizados por el alcohol o la droga?
¿Qué se puede pensar de quien elige la muerte creyendo que ensalza la vida?
¿Cómo no darse cuenta de que, precisamente, desde el fondo de esta humanidad placentera y desesperada, surge una desgarradora petición de ayuda?”

 

El hombre de este tiempo ha desarrollado extraordinariamente su capacidad de conocimiento científico y sus poderes sobre la naturaleza, gracias al desarrollo de la técnica. No ha hecho lo mismo con su capacidad espiritual. La cultura de la muerte parece ser una de las expresiones más elocuentes de la situación actual, en términos de individualismo, egoísmo y evasión de uno mismo.

 

En este sentido, es alarmante el desequilibrio alcanzado entre las posibilidades científicas de intervención en la vida humana y la conciencia ética que posee la humanidad, en su conjunto. Esto lo pone, muchas veces, por debajo de las invenciones y alcances que él mismo ha logrado. En más de una oportunidad, los progresos del hombre se vuelven contra él mismo.

 

El subjetivismo exacerbado es, tal vez, una de las expresiones más reiteradas de esta época. Una sana e íntegra subjetividad implica ser uno mismo y reconocer la propia identidad, desde la interioridad más profunda. En el subjetivismo egocéntrico, en cambio, hay un recurso frecuente a la instrospección, no como camino de autoconocimiento, sino como verificación de la propia felicidad y autorrealización, con un sentido egoísta e inmanente.

 

Así las sociedades en las que vivimos corren el riesgo de ser, cada vez, menos humanas y los hombres y mujeres que las constituimos podemos llegar a convertirnos casi en una caricatura de la persona humana.

 

“Nuestra época se presenta como un tiempo carente de utopías que puedan expresarse en ideologías sociales y políticas o en opciones religiosas. Tenemos la impresión de estar vagando, perdidos, porque no tenemos un horizonte de sentido hacia el cual podamos caminar.

 

A la Iglesia se le hace difícil ofrecer una orientación existencial en tiempos donde parece no haber un norte dónde señalar. A veces, ella queda desconcertada ofreciendo respuestas a preguntas que la gente no se formula. Vivimos una cultura intrascendente, a la que le cuesta remitirse más allá de sí misma”.

 

A pesar de esto, el hombre de este tiempo, como el de todas las épocas, tiene una existencial y profunda necesidad de trascender, de salir de sí mismo, de perdurar, de crecer, de dejar una huella detrás de sí. Hay en él una búsqueda que lo tensiona hacia un horizonte que intuye y que, a veces, parece no poder vislumbrar.

 

Ante el sufrimiento de la humanidad y ante el fracaso y la distorsión de los ideales sostenidos por la modernidad, el hombre posmoderno renuncia a conocer objetivamente la realidad. Y se deshace, por lo tanto, no sólo de los objetos en tanto cognoscibles, sino también del mismo sujeto.

 

No existe sujeto porque “se ha quedado desfundamentado” y, según el decir de Vattimo “se puede hablar de hombre sólo cuando existe un fundamento que lo afirme como centro de la realidad visible. Por eso, la muerte de Dios –momento culminate y final de la metafísica – es también de manera inseparable la crisis del humanismo”

¿Cómo recuperar nuestra capacidad para crecer más humanamente? ¿Cómo configurar, en medio de las actuales sociedades secularizadas, personalidades más humanas y, por lo tanto, más generosas, más veraces, más seguras y orientadas hacia la búsqueda del bien, la belleza y la verdad?

 

¿Cómo ayudar a creer en tiempos de increencia?
Para comenzar, podemos plantearnos una pregunta: ¿es posible transmitir la fe? “La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Lo decía muy bien el catecismo tradicional y lo sigue diciendo el nuevo catecismo. En este sentido la transmisión de la fe no es una expresión exacta. Ninguno de nosotros da a nadie la fe”

En un sentido estricto la fe no se transmite, no se copia, no se imprime, no se clona. “Por la expresión ‘transmisión de la fe’ solemos entender en los países de tradición cristiana el proceso por el cual las generaciones adultas de creyentes comunicaban a las generaciones jóvenes el legado del cristianismo” . (…)

 

Lo que se transmitía no era, por lo tanto, la fe sino la religiosidad propia de esa sociedad cristiana. Coincidían la socialización religiosa y la cultural, y los agentes de la transmisión no eran sólo la familia, la parroquia y la escuela; sino la misma sociedad con su cultura, sus convicciones, su modo de entender y asumir la vida y los comportamientos éticos.

 

Hoy, muchas veces, en un contexto cultural y pastoral diferente, hemos intentado reproducir aquel modo de transmisión creyendo, tal vez ingenuamente, que estábamos transmitiendo la fe. Hemos caído así en un doble error que llevó a algunos a preguntarse, casi apocalípticamente, si tiene futuro el cristianismo.

 

- Por un lado, hemos confundido la fe con la religiosidad o, al menos, la hemos parcializado en algunas de sus dimensiones (sobre todo en la cog-noscitiva y normativa).
- Por otro lado, hemos pretendido transmitir la fe con los modos propios de la transmisión de un legado. Creyendo transmitir la fe, hemos recurrido a la reproducción o al trasvasado de nuestra propia experiencia o, lo que es peor, de la herencia que nosotros mismos hemos recibido.

 

En cambio, “la transmisión de la fe consiste, más bien, en ayudar al sujeto a prestar atención, a tomar conciencia y a dar consentimiento a una Presencia, con la que el sujeto ha sido ya agraciado. Se trata de esa presencia originante de Dios y de su gracia, que hace de él un sujeto creado a imagen de Dios y dotado de una fuerza divina de atracción, que lo sitúa en el horizonte sobrenatural de la gracia.”

 

La fe es, por naturaleza, gracia y don de Dios que, revelándose al hombre suscita en el la respuesta de la fe. Tristemente, en su afán por educar la fe de sus hermanos, el educador ha incurrido en una “enseñanza doctrinal, o simplemente en una socialización cultural y religiosa. Incluso el afán por comunicar una ‘fe’ puede, a veces, esconder un deseo no declarado de adoctrinamiento y proselitismo por parte de instancias ideológicamente definidas.”

 

Durante mucho tiempo, amparados por una extendida situación de cristiandad, nos conformamos con transmitir una fe heredada. Nuestras opciones pedagógicas, alentadas por la identificación entre socialización cultural y socialización religiosa, se redujeron a planteos basados en la repetición, en el deber ser y en la imposición. Asumíamos que los más jóvenes iban a reproducir nuestra misma fe, como si ella se clonara o se copiara de una persona a la otra, como en una especie de trasvasado reproductor e impersonal.

 

Cuando, en cambio, concebimos la fe como gracia y don de Dios, comprendemos que, a través de la experiencia de intimidad con el Señor, pueden encarnarse en la más profunda interioridad, la persona y la propuesta de vida de Jesús. Sólo allí el hombre puede encontrar la respuesta a sus interrogantes más profundos. Y solamente allí puede suscitarse la respuesta personal e intransferible de su fe.

 

La fe es virtud otorgada por Dios al hombre, al igual que la esperanza y la caridad. Ellas adaptan las facultades del hombre para su participación en la vida de Dios, por la gracia. Son infundidas por Dios en el alma humana, para hacer a los hombres capaces de obrar como hijos suyos y hacerse herederos de la vida eterna. Son la garantía de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano.

 

La virtud implica siempre un valor encarnado. Se trata de un hábito bueno, que perfecciona la acción y a la persona que la realiza. La persona virtuosa ha elegido el bien como fin de su obrar y no lo ha hecho circunstancialmente, sino que esa virtud se ha configurado establemente en su personalidad.

 

El hombre y la mujer de fe han encarnado en su proyecto de vida la propuesta del Señor y encuentran, en la comunión con Él, la felicidad que anticipa y anuncia el fin que da sentido a toda su existencia.


¿Tiene futuro el cristianismo?
“Solamente una religión que desarrolle su dimensión mística podrá sobrevivir de manera significativa en las sociedades secularizadas, y podrá contribuir a la superación de los peligros de deshumanización que amenazan a la humanidad de nuestros días”.

 

“Durante mucho tiempo nos hemos acostumbrado a ver el fenómeno místico o las experiencias que brotan de ese contexto como circunscrito a determinadas personas que habían recibido de parte de Dios gracias excepcionales, como una Santa Teresa de Ávila, un San Juan de la Cruz, un San Francisco, un San Ignacio…”

 

En el planteo que hoy nos hacemos concebimos la mística en relación esencial con la dimensión trascendental del hombre. Esta dimensión le pertenece por propia naturaleza, más allá de la práctica de una determinada religión.

“Esa dimensión, incluso cuando no se ejercita religiosamente, suscita en muchas personas experiencias de trascendencia, por ejemplo en la relación con la naturaleza, en sus aspectos más llamativos e impresionantes, cuando el sujeto se ejerce éticamente o cuando el hombre desarrolla la experiencia estética. De esa forma, hay infinidad de relatos sobre experiencias de trascendencia que, psicológicamente hablando, tienen semejanzas con la experiencia mística aunque su contenido sea diferente.”

El teólogo católico Kart Rahner ya decía, a mediados del siglo XX, que el cristiano de mañana será místico o no será cristiano. A esto podemos agregar que “sólo una religión que desarrolle la dimensión mística podrá ejercer un papel humanizador en un mundo en el que el peligro fundamental es precisamente la deshumanización del hombre” .

Con el término místico no designaba Rahner al sujeto de experiencias extraordinarias, sino al creyente que, en medio de la vida, hace la experiencia personal de su fe. Ya el siglo pasado el cardenal Newmann había advertido que una fe heredada, pasiva, ‘tenida’ más que ‘ejercida’, sólo podía conducir, en las personas cultas, a la indiferencia, y, en las sencillas, a la superstición.

“La secularización de la sociedad, la crisis de la socialización cristiana, la extensión de una ‘cultura de la ausencia de Dios’, hacen que ya no sea posible hacer depender el futuro del cristianismo de los mecanismos del influjo social y cultural. De ahí que sólo un cristianismo personalizado, sustentado en una experiencia personal, tiene posibilidades de subsistir”

J. M. Tillard va en la misma línea cuando afirma que no está desapareciendo el cristianismo, sino una forma histórica de ser cristiano. El cristianismo del futuro ha de ser, sobre todo, un cristianismo sustentado en la experiencia personal y comunitaria de Dios.

 

La experiencia es una realidad o situación vivida Es el carácter de inmediatez, de implicación personal, de contacto vivencial y directo con la realidad.
Es una realidad vivida intensamente Para no quedar en la superficie, la realidad debe ser experimentada con una cierta intensidad y en forma totalizante, es decir, con implicación de toda la persona (en el orden intelectual, emotivo y operativo.
Una realidad pensada e interpretada Sólo con la reflexión y el esfuerzo interpretativo la vivencia adquiere significado y valoración, quedando integrada en el contexto vital de la existencia, dotada de sentido, puesta en re-lación con otros acontecimientos y experiencias. La interpretación es el elemento constitutivo para que, por el contacto inmediato y vivido se pueda aprender algo. Este esfuerzo interpretativo hace que la vivencia (sentimiento intenso) pase a ser experiencia, lección de vida, acceso a la realidad, orientación existencial.
Una realidad expresada y objetivada Es el momento de la expresión, en el que lo vivido se dice, se cuenta, viene objetivado en formas diversas de lenguaje.
Una realidad transformadora Si las experiencias son profundas y auténticas, las personas quedan transformadas, cambiadas. (…)”

 

La experiencia es la forma más directa para conocer y encarnar aquello que se experimenta. Hacer experiencia significa realizar un proceso de unificación entre los varios dinamismos de la persona: cognitivos, operativos, sociales, motivadores…, para llegar a optar con todo el ser por el bien y por lo auténtico.

 

Al ser una interpretación de lo vivido, ésta es una síntesis existencial y se expresa gracias a las potencialidades de la comunicación humana. Mediante la experiencia la persona llega a conocer de forma vital una determinada realidad porque, situándose frente al mundo y a los demás, los acoge en su interior llegando a una síntesis personal.

El hombre o la mujer de cualquier tiempo son seres trascendentes. Su naturaleza los abre a la experiencia mística, más allá de sus prácticas o creencias religiosas. A veces, esta experiencia asume formas vinculadas a la creación artística, al contacto con la naturaleza, a la conducta ética, al goce estético…, sin llegar a escuchar la llamada profunda al encuentro con Dios, que habita en el interior de la persona.

 

Será, muy probablemente, éste el tiempo de pensar en los modos de suscitar experiencias místicas cristianas, que ayuden a creer más allá de las crisis por las que atraviese la institución eclesial.

 

Y el encuentro con Dios, en tanto experiencia mística accesible a todo hombre y a toda mujer, será, al mismo tiempo, camino de humanización de la cultura y de crecimiento en la fe de la humanidad. Porque, en el encuentro con Dios, la persona humana encuentra plasmado el proyecto de lo que ella está llamada a ser.

 
 
 
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