Isca  
 
¿Un nuevo paradigma para la catequesis con adultos?

Presentamos, a continuación, los puntos de partida de la Asamblea 2005 de la Sociedad Española de Catequetas (AECA). Ellos constituyen una incipiente aproximación a los rasgos de lo que ha dado en llamarse “un nuevo paradigma catequético

 

Se está dando una nueva situación socio-religiosa que pone en tela de juicio el “paradigma” catequético que hemos llevado a cabo en los últimos tiempos. Parece que asistimos un “cambio de época” que no debe tomarse únicamente en un sentido negativo o desesperanzado de “crisis” sino como un nuevo “kairós” propiciado por una nueva situación que nos obliga a ser leída en clave de “signos de los tiempos”. Necesitamos, deseamos y nos proponemos trabajar afrontando la nueva situación en toda su radical novedad. No poseemos ya todas las claves de un nuevo «paradigma» de la catequesis, pero nos urge ponernos en camino para encontrarlo.

 

La clave principal desde la que nos colocamos a la hora de afrontar la nueva situación de la catequesis podría resumirse en la famosa frase de los obispos de Francia en su carta a los católicos franceses de noviembre de 1996: «De lo heredado a lo propuesto”

 

«Paradójicamente, esta situación nos obliga a valorar la novedad de la fe y de la experiencia cristianas. No podemos contentarnos con una herencia, por muy rica que sea. Hemos de acoger el don de Dios en condiciones nuevas y reencontrar contemporáneamente el gesto inicial de la evangelización: el de la propuesta sencilla y decidida del Evangelio de Cristo»

 

Entramos, pues, en una nueva lógica, lejos del supuesto de una sociedad enteramente cristiana donde la fe pueda seguir transmitiéndose por ósmosis sociológica. Lo mismo que otros países de la «vieja cristiandad», tal como ya lo afirmaba el anterior papa Juan Pablo II, estamos en un país «de misión» que requiere una nueva lógica de talante misionero, que se plantee en toda su radicalidad una «nueva evangelización».

 

No es el momento de distraerse en ningún tipo de filigrana teológica o dogmática que pueda distraernos del núcleo fundamental de la fe. Debemos ir al corazón del misterio, «al corazón de la fe» (episcopado francés) pues es necesaria una «elementarización de la fe” (episcopado alemán).

 

Un «nuevo paradigma» de la transmisión de la fe y, consecuentemente, de la catequesis, para los nuevos tiempos exige una redefinición radical del proceso continuo de catequización.

 

La transmisión de la fe y el «proceso de catequización» no quedan encerrados en una serie de «etapas» cerradas a modo de programa que se abre y se cierra con la recepción de sacramentos. Se trata de un «hacer camino» que recorre todas las etapas de la vida.

 

En la nueva situación, pues, adquiere una importancia de primer orden, no ya la catequesis como tal, sino algo previo que puede incluso acaparar las fuerzas puestas hasta ahora al servicio de los itinerarios catequéticos: el «primer anuncio» de la fe cuya «gramática» es necesario ir descubriendo.

 

La catequesis, realizado el primer anuncio, debe concebirse en clave de «catequesis iniciática», acentuando más la «mistagogía de la experiencia» (Martín Velasco) que los aprendizajes conceptuales, en línea con las catequesis de los Padres, para quienes «la experiencia debe preceder a la explicación». Adquiere aquí importancia el grupo como «taller de experiencia».

 

El prototipo catequético será, por tanto, catecumenal, teniendo como referencia esencial el catecumenado de adultos.

 

Se trata, pues, de una cierta catequesis «de inmersión» que necesita, como condición «sine qua non» una comunidad cristiana como sujeto «gestante» de la fe que no «delega» la tarea catequética, en todos sus pasos y procesos, en unos determinados «especialistas» (los catequistas) sino que asume ella misma su carácter de comunidad-catequista. Se abre, pues, el espacio a todo tipo de experiencias catequéticas inter-generacionales en las que el catecúmeno entra en contacto y vivencia la vida global de la comunidad cristiana. En este marco debe insertarse el papel importante de la liturgia como experiencia global de la fe.

 

Ninguna persona es igual a otra. En esta fe que «hace camino» no podemos seguir hablando de modo homogéneo de niños, adolescentes, jóvenes, adultos o familias medidos todos por un mismo rasero. Cada vez más las personas y los colectivos son absolutamente diferenciados, lo que nos obliga a plantear, del modo que sea, itinerarios catequéticos diferenciados de individuos y de grupos, logrando el necesario equilibrio entre lo individual y lo comunitario.

 

No es el tiempo ya de una fe heredada y sociológica, cada vez más inexistente en nuestra sociedad. Es el momento de la decisión personal que debe conducir a una «apropiación personal» de la fe, no en un único momento determinado, sino en un proceso que incluye la re-elaboración de la propia fe: la misma de los «mayores» pero no «como» los mayores.

 

En la realización de estos «itinerarios diferenciados» y de esta «reelaboración» personal de la fe, es absolutamente necesario el acompañamiento personal como parte esencial del quehacer del catequista. Esto exige definir de modo nuevo un perfil del catequista en clave misionera, testimonial, anclado en una fuertemente vivenciada y personalizada, capaz de realizar el acompañamiento de las personas y de los grupos en su «hacer camino».

Es, pues, el momento del testimonio personal que supone la opción por una «catequesis narrativa» que pone más el acento en la relación interpersonal y el testimonio vivido y expresado de la propia fe del catequista y de la comunidad.

 

Esto no puede realizarse si lo mismos evangelizadores no son «autoevangelizados» en un movimiento de las comunidades también hacia dentro de sí mismas.

 
 
 
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