Isca  
 
Encuentros para el encuentro. Un modo de pensar la catequesis con adultos

En la trampa de la homogeneidad

Hasta hace unas décadas atrás podíamos referirnos, en nuestras miradas pastorales, a la familia; a los adultos, a los jóvenes… Hoy, si bien estas expresiones globales siguen siendo usadas, terminan resultando engañosas y ponen, en una especie de trampa, al planteo pastoral que pretende homogeneizar las situaciones, características, opciones, búsquedas y dilemas de los grupos a los cuales se dirige.

 

La atención a una realidad compleja, multifacética y cambiante no se resuelve en simples agrupaciones por franjas etáreas. Ni siquiera los contextos urbanos y rurales conservan hoy algunas de las variables que los han caracterizado, durante años, y que se consideraban decisivos en las opciones pastorales. Por ejemplo, hoy casi todos los pastoralistas coinciden en afirmar que los ambientes urbanos son multiculturales. Ante esta constatación, la reflexión pastoral y sociológica reconoce, también, el fenómeno de la multiculturalidad en los contextos rurales

 

“Los presurosos cambios que se están produciendo en el mundo por las nuevas corrientes migratorias, los desplazamientos forzados de poblaciones, el fenómeno de la globalización de la información y de la economía, que ya no conocen fronteras, como así también los relativamente recientes mega acuerdos políticos que configuran en diversas partes del mundo nuevos bloques de naciones asociadas con acordadas finalidades políticas, sociales y económicas, son algunos de los factores que plantean nuevos retos y desafíos para el encuentro y convivencia de diferentes culturas que constituyen la trama más fundamental e inmediata de la existencia humana sobre la tierra.” 1

 

Por eso, cuando en nuestras reflexiones o propuestas catequísticas nos referimos a los adultos, será preciso tener presente a qué adultos nos estamos refiriendo. ¿Quiénes son realmente los interlocutores a quienes acompañamos para suscitar o profundizar su respuesta de fe?

 

El planteo catequístico tradicional suele agruparlos por algunas de estas razones:

Porque son adultos que no han sido iniciados en la fe y piden, justamente, los sacramentos de iniciación.
Porque no han completado su iniciación cristiana y piden alguno de esos sacramentos.
Porque son hombres y mujeres que piden el sacramento del matrimonio.
Porque son padres que piden algún sacramento para sus hijos.

 

La experiencia catequística de todos nosotros podrá, en este punto de la reflexión, poner otras razones para los agrupamientos. En el mejor de los casos, los criterios se refieren a “situaciones especiales, mentalidades y ambientes”2 . Pero lo cierto es que, en muchas de nuestras comunidades, no son ellos los criterios que prevalecen y priman las agrupaciones según las edades y según el sacramento solicitado.

 

El prolongado cambio epocal viene planteando, desde hace ya muchos años, una trama tan compleja y variada de situaciones que se hace difícil su reconocimiento y categorización. Por eso, cada vez más, los agrupamientos, según algún determinado criterio, no garantizan una mayor eficacia de la acción catequística. Porque, aun en ese agrupamiento, habrá otras variables que no habrán sido consideradas. De modo que la diversidad, que siempre estuvo presente en cualquier grupo humano, unida hoy a una exacerbada búsqueda de la autonomía y de la realización personal, plantea una exigencia, a veces, desmedida de atención a muchas singularidades y lo diverso se constituye así en un verdadero desafío difícil de atender.

 

La antigua y todavía sobreviviente primacía del programa sobre el itinerario

Unida a esta cuestión de los criterios en la conformación de los grupos de Catequesis hay que considerar, también, la primacía del programa sobre el itinerario. Ella sigue constituyendo, en muchas de nuestras comunidades catequísticas, la pauta más repetida a la hora de secuenciar los contenidos.

 

Sin renunciar a la jerarquía de verdades y a la integridad del Mensaje, un buen itinerario catequístico pone en el centro al interlocutor de ese Mensaje. En el centro, junto al mismo Jesús. Porque, como sabemos bien, la finalidad de la Catequesis es poner a la persona no sólo en contacto, sino en íntima comunión con Jesucristo.3 Hay, en un buen itinerario catequístico, dos centralidades que se encuentran: la del interlocutor y la de Jesús que lo lleva al Padre en la unidad del Espíritu Santo.

 

El programa, en cambio, está centrado en los contenidos, generalmente en los términos de “lo que hay que saber” y de “lo que hay que hacer”, insistiendo muchas veces en una pretendida filigrana teológica que hace difícil “llegar al corazón de la fe”. 4

 

En este mismo sentido, se hace “necesaria una elementalización en la transmisión de la fe, dicen los Obispos alemanes. Para enfocar su elaboración, ellos hablan de la necesidad de saber contestar a la pregunta ¿qué aporta a mi vida y a mi muerte el hecho de que yo participe de la fe cristiana?; ellos hablan también de poder dar razón de la esperanza que nos llena” . 5

 

El programa es una secuenciación de contenidos articulados por la lógica disciplinar que los sustenta. El itinerario, en cambio, es un proceso flexible, gradual y dinámico, con espacios y localizaciones diversas, con tiempos y ritmos cambiantes.

 

Las exigencias de itinerarios diversificados

El itinerario nos coloca, por lo tanto, en la lógica de la diversidad y evita la trampa de la homogeneidad. Esta lógica nos remite a una pluralidad de métodos, experiencias, tiempos y criterios de agrupación. No se resuelve con la mera conformación de grupos menos numerosos ni con la pretensión de pensar que vamos a diseñar tantos itinerarios como personas integran nuestros grupos de Catequesis.


Hay, en cambio, algunos caminos que pueden contribuir a la configuración de itinerarios graduales, flexibles, dinámicos, con espacios y tiempos cambiantes. Mencionamos, a continuación, algunos de esos caminos y sabemos que, una vez asumidos, tendremos que seguir buscando el modo de hacerlos experiencias catequísticas reales sobre las cuales podremos seguir reflexionando.

 

Distintos caminos de entrada y de salida,
tratando de superar los inicios y las conclusiones siempre supeditados al pedido de un sacramento y a la recepción del mismo. Los adultos y también otras personas que transitan otras edades de su vida, llegan a nuestras comunidades, si sabemos verlos, en situaciones diversas… Con búsquedas que, aun sin que esas mismas personas lo adviertan, conllevan una búsqueda religiosa. Deberíamos poder constituir espacios catequísticos con itinerarios significativos que iluminen y den respuesta a esas situaciones, desde el Misterio de Cristo.
El acompañamiento.
“Acompañar es asistir al largo proceso de gestación de vida nueva que el Espíritu está creando en el otro y estar junto a él, atento a los signos de un proceso, sin querer precipitarlo ni controlarlo, conscientes de que es inútil sustituir un trabajo que sólo puede hacer el otro, pero estando ahí para animar, sostener, tirar con cuidado y a tiempo de una vida frágil que apunta y que lucha por salir a la luz.” 6 “El catequista está llamado a ser un compañero de camino. Sin apropiarse del camino de aquellos a quienes acompaña, sin imponer o trasvasar una experiencia de fe, dejando que el Espíritu haga su obra en ellos y haciéndose mediación y puente para que los catequizandos se encuentren con Jesús, lo sigan y configuren toda su existencia con la de Él.” 7
Una catequesis intergeneracional y de inmersión.
La opción comunitaria de la Catequesis, por un lado, y el desafío permanente del individualismo y del subjetivismo exacerbado que caracterizan la cultura contemporánea, nos hacen pensar en lo que algunos catequetas europeos han denominado “catequesis de inmersión”. En esta propuesta los adultos comparten algunas de las experiencias de su itinerario con otros adultos y otras experiencias con otros miembros de la comunidad, quienes a su vez pueden estar recorriendo otros itinerarios. Los belgas 8 han hecho una experiencia válida en este sentido. Por lo cual sería interesante indagar su pertinencia en nuestras comunidades.
Una comunidad catequista
o una “comunidad catequizada y catequizadora” 9 , según expresa André Fossion. “Los catequistas se han iniciado en la fe de la comunidad y allí han madurado sus opciones, haciéndose testigos de esa misma fe. Ellos no constituyen un simple grupo, como los que integran los movimientos o instituciones eclesiales. Ellos son la voz y el gesto de la fe de la comunidad. En ellos se ha delegado la misión del anuncio…Pero la verdadera "catequista" es la comunidad misma. La Palabra del Señor se hace eco en la profunda experiencia de fe que viven sus miembros. Y el eco no puede callarse… Una vez vivida la experiencia de la fe, ella resuena en todo el espacio catequístico, que es la comunidad eclesial. Resuena y se propaga suscitando la fe naciente de los que se acercan y fortaleciendo la fe más madura de todos sus integrantes. La Iglesia toda posee la función profética y la ha delegado en algunas personas que han sido, especialmente, llamadas a anunciar la Buena Noticia de Jesús. Toda delegación supone una simple entrega de la tarea en sí misma, pero nunca es una entrega de la responsabilidad contenida en esa tarea. Si la comunidad eclesial se despreocupara de su función profética, se desnaturalizaría. No sería quien está llamada a ser. La Catequesis no es, por lo tanto, un ámbito cerrado y reservado a unos pocos ‘especialistas’ del anuncio” 10
Provocar la pregunta existencial por el Sentido.
¿Qué aporta a mi vida y a mi muerte el hecho de que yo participe de la fe cristiana? Ésta es la pregunta que los Obispos alemanes refieren como indicadora de una Catequesis significativa. Conocer a Jesús, seguirlo y hacernos sus discípulos implica darle la respuesta de fe que nos plenifica y nos asemeja a Él, configurando nuestras personalidades a su imagen y semejanza. Implica encarnar en nuestras vidas su propuesta y los valores que ella conlleva. Y, como los valores atraen, arrastran por su propio peso e iluminan el camino de los que peregrinan, donde hay valor hay sentido. La fe es la respuesta de Sentido más plena que el hombre puede darle a su vida, es el valor que lo mantiene religado permanentemente a Dios, como su Sentido y fin último. La Catequesis siempre, y más que nunca en la cultura del “sin – sentido”, ha de ser mediación, camino y experiencia para el Sentido.

Un itinerario que dé respuesta a las distintas dimensiones de la persona.

El Documento de Aparecida 11 señala que la formación de los discípulos misioneros ha de dirigirse a toda la persona y distingue la dimensión humana y comunitaria, la dimensión espiritual, la dimensión intelectual y la dimensión pastoral y misionera.

 

 

Un modo de pensar la Catequesis con adultos

Esta reflexión no atañe solamente a la Catequesis con adultos. Cualquier ámbito catequístico se halla atravesado por la diversidad y cualquier propuesta que pretenda, sinceramente, suscitar o hacer crecer la respuesta de fe en sus interlocutores se encuentra ante este desafío.

 

De todos modos, como son los adultos los que poseen las mayores responsabilidades en la humanización de la cultura, la Catequesis como acción eclesial tiene hacia ellos una atención especial. Hace ya muchos años que las Conferencias Episcopales de los diversos países proclamaron la prioridad de la Catequesis con adultos, aunque muchas veces esta prioridad quedó reducida a un acto de voluntad, no del todo asumido, o a la expresión de un deber ser.

 

De modo que, cuando pensamos en el doble desafío de pasar de los programas a los itinerarios y de la homogeneización a la diversificación, queremos hacerlo especialmente desde la perspectiva del adulto. ¿Cómo realizar la diversidad de espacios y temporalidades? ¿Cuáles pueden llegar a ser esos distintos lugares de entrada y de salida? ¿Cómo no distraernos ante la auténtica búsqueda religiosa del adulto que llega a nuestras comunidades? ¿Cómo motivar, provocar y acompañar el encuentro del adulto con otros miembros de la comunidad, para que sus itinerarios se crucen y sean verdaderos encuentros para el Encuentro adulto y comprometido con Jesús, como Dios, Señor y Amigo para siempre?

Ana María Cincunegui

1. Cfr. Padre Dr. Seibold, Jorge, “La interculturalidad. Una mirada filosófica”.
2. DCG 189 – 201.
3. Cfr. CT 5
4. Comisión Episcopal de Catequesis y Catecumenado, Ir al corazón de la fe. Interrogantes de futuro para la catequesis. Paris, Bayard / Cerf / Fleurus-Mame 2003
5. El Documento de Trabajo de la Asamblea 2006 de la Asociación Española de Catequetas cita el Documento de la Conferencia Episcopal Alemana La catequesis en un tiempo de cambio.
6. Aleixandre D, “Imágenes bíblicas para el compañamiento” en Revista de Teología Pastoral Sal Térrea, 1997.
7. Equipo del Observatorio Catequístico del ISCA, Se hace camino al andar, http://www.catequista.org/obs021.htm , Buenos Aires, 2007.
8. Aerens L., La catequesis del camino. Una apuesta práctica familiar, comunitaria e intergeneracional. Santander, Sal Terrae 2006.

9. Fossion A., El nuevo paradigma de la Catequesis desde el Instituto Internacional de Catequesis Lumen Vitae. Hacia comunidades catequizadas y catequizadoras, Sinite 47, 2006, Nº 141
10. Equipo del Observatorio Catequístico del ISCA, La Catequesis de la comunidad, http://www.catequista.org/obs009.htm, Buenos Aires, 2007.
11. Cfr. DA Nº 280

 
 
 
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