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Catequesis con adultos en medio de la increencia

Expertos en hacer diagnósticos
Me pareció acertada esta expresión que una vez escuché decir a una de mis compañeras en una reunión del Equipo ISCA. "Parece que nos hemos hecho expertos en hacer diagnósticos- dijo María Rosa Hernando- expertos en decir qué está pasando, en describir escenarios y en analizar su complejidad."

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Y creo que es así. Ante un cambio de época tan prolongado, suele haber de parte de los catequistas y de otros agentes de pastoral diversas actitudes:

 

A veces, procedemos como si nada hubiera cambiado… Como si la situación de cristiandad caracterizara todavía hoy la sociedad en la que vivimos. Y repetimos estrategias, modalidades y formas de lenguaje que fueron eficaces en otro tiempo.
A veces, nos paralizamos. La perplejidad nos embarga y nos hacemos casi incapaces de pensar y generar propuestas. Todo parece inadecuado e inoportuno… Como si tuviéramos que recuperar el significado de nuestra propia misión.
A veces, experimentamos una especie de fuga hacia adelante. Cambiar por cambiar, sin reflexión que sustente y dé sentido a lo nuevo.
Otras veces, nos detenemos ante el diagnóstico. Como si el hecho de aproximarnos a la clave de lo que pasa nos dejara satisfechos… Al menos estamos más cerca de descifrar el enigma de un tiempo tan complejo. Y esta última actitud es combinable con alguna de las tres anteriores: el retroceso, la inmovilidad o la fuga hacia delante.

Aceptar la increencia
La actitud alerta del diagnóstico nos pone de cara a la increencia, que tiene diversos rostros y que provoca reacciones distintas:

 

La indiferencia y la ignorancia.
La confusión y la perplejidad.
Los fundamentalismos.
Una especie de ateísmo práctico. Dejar a Dios encerrado en el templo el domingo y vivir la vida disociada de una fe predicada y, aparentemente, celebrada.
Cuestionamientos de todo tipo a la Iglesia, en su dimensión humana e institucional.
Y una larga lista de manifestaciones casi imposible de catalogar.

En otros textos del Observatorio Catequístico ya señalamos las distintas situaciones en las que se hallan los adultos que llegan, por razones diversas, a un proceso catequístico.

 

Los creyentes no afiliados son los que creen sin pertenecer. No se consideran parte de la institución, viven una fe individualista y acuden, a veces, a la comunidad eclesial con una búsqueda o solicitud puntual.
Los tradicionalistas han recibido la fe de sus padres por herencia. Son practicantes, pero sólo algunos están comprometidos con un proyecto comunitario de evangelización.
Los que han vuelto a la religión no necesariamente a aquélla de la que emigraron, y con un fuerte componente de elección, de acuerdo con sus gustos.
Los buscadores que pueblan el universo de los nuevos movimientos religiosos. A veces, quedan sujetos a situaciones de sincretismo que, generalmente, no advierten. No terminan de irse de la religión de sus padres, pero asumen las prácticas y creencias que les ofrecen los nuevos movimientos religiosos.
Los secularistas que han sido absorbidos por la socialización cultural y que parecen no necesitar una búsqueda religiosa.

En esta descripción cuyos datos vienen de distintos diagnósticos y cuya complejidad avanza, a medida que transcurre el cambio epocal, hay que incluir también a otro grupo, verdadera levadura en la masa de este tiempo de increencia: son los que han realizado libremente su opción de fe. Pudieron haber recibido, tal vez, una fe heredada y la hicieron suya, encarnándola en su interioridad más profunda.

O sin mediar ninguna herencia, la fe fue para ellos, desde el inicio, una respuesta personal y libre a la propuesta de Jesús, en el seno de una comunidad cristiana que los engendró y los acompañó en su crecimiento.

Éstas y otras actitudes y situaciones pueblan este tiempo de increencia. Cuando un adulto o una persona de otra edad llegan a un proceso de Catequesis, podemos encontrarnos ante un no creyente. A veces, pueden decirlo abiertamente, manifestando sinceramente la razón que los hizo acercarse.

Otras veces, los que llegan al proceso catequístico no revelan su situación. Tal vez porque, en el fondo, ellos también la desconocen. Porque no han podido hacerse a sí mismos, todavía, aquellas preguntas existenciales que sólo encuentran respuesta en la fe.

Lo cierto es que, ante el comienzo de un itinerario, hay que aceptar la increencia como fenómeno global, religioso, social y cultural y, también, como fenómeno personal que pide atención, respeto y apertura.

 

Junto a un no creyente, el catequista puede dar y recibir
En la actitud de alerta en la que nos sitúan los diagnósticos los catequistas solemos preguntarnos qué hacer frente a la increencia. Algunas respuestas se van intentando, desde el campo de la investigación y desde la realización y el análisis de algunas prácticas catequísticas.

 

Hoy no les propongo situar nuestra reflexión ante la increencia generalizada, cuya existencia queda suficientemente demostrada por los diagnósticos de todo tipo. Tampoco les propongo que pensemos qué tenemos que hacer o qué tenemos que ofrecer al no creyente, que con mayor o menos conciencia de su situación de fe, llega a un proceso catequístico.

Les propongo, en cambio, que nos situemos como catequistas, frente al no creyente, con una actitud abierta y dispuesta que nos prepare no sólo a dar, sino sobre todo a recibir.

 

Esto puede pasar ante un no creyente de cualquier edad. Si se trata, demás, de un no creyente adulto, la experiencia para el catequista puede ser muy radical y de verdadero aprendizaje. Una interpelación al testimonio de la propia fe, al propio ministerio y al modo de llevarlo adelante en la comunidad.

 

El adulto no creyente es, a veces, un hombre o una mujer que han dejado de creer, que se han alejado de la fe porque ella no daba respuesta a sus preguntas más hondas o porque la injusticia o el antitestimonio de algunos los llevaron por los caminos del dolor, la frustración y el enojo.

 

Otras veces, el adulto no creyente no hizo nunca una auténtica experiencia de fe. Tal vez, quisieron transmitírsela alguna vez como quien da algo que debe ser recepcionado o heredado, en términos de conocimientos o normas a cumplir. Y ese legado se fue endureciendo inmóvil en algún recóndito lugar de la configuración de la personalidad, quedando así sometido a otros rasgos y dimensiones que crecieron más o menos armónicamente, prescindiendo de la fe.

 

El catequista de adultos no puede menos que sentirse desafiado y, si me permiten, sobrecogido y fascinado ante el misterio de la transmisión de la fe. Porque en ese misterio confluyen:


• el misterio de la otra persona (su historia vital, su personalidad, sus relaciones
• el misterio de Dios insondable y, a la vez, revelado en gestos y palabras y, también
• el misterio de la Iglesia, comunidad en la que se transmite la fe, donde se realiza el ministerio catequístico, donde se nace y se crece en la fe.

 

Ésta puede ser, por lo tanto, una gran lección que un no creyente puede darnos: volver a sentirnos pequeños, temblorosos y fascinados ante el misterio.

Junto a un no creyente, podemos aprender a descalzarnos porque estamos pisando la tierra sagrada del misterio. Podemos volver aprender a hacer algunos gestos, a decir algunas pocas palabras y hacer mucho silencio, para que el hermano no creyente haga su acto más importante de libertad: dar su consentimiento a la presencia de Dios, que lo habita desde siempre, y empezar con su Señor y Amigo el diálogo personal e intransferible que florece en la respuesta de fe.

 

Ana María Cincunegui

 
 
 
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