Isca  
 
El testigo en medio de la increencia

El testigo se encuentra hoy conviviendo con personas que no comparten su fe. Las encuentra incluso en el ámbito de la propia familia y entre sus amigos y compañeros. La indiferencia o la increencia es el ámbito en el que de ordinario se mueve el testigo.

 

 

Una situación compleja

Lo primero que hemos de hacer es tomar nota de la complejidad de esta situación. No basta leer encuestas y sondeos. Es necesario conocer el ámbito en que nos movemos (fuera de la comunidad cristiana).

Podemos encontrarnos con creyentes piadosos y con ateos convencidos, con personas escépticas en actitud agnóstica, con gente indiferente desinteresada totalmente por lo religioso, con adeptos a nuevas religiones y movimientos, con personas que desean creer y no aciertan a descubrir un camino, con sectores que creen vagamente en «algo», con personas sincretistas que viven una «religión a la carta» para su uso particular, con personas que no saben si creen o no creen, gente que cree en Dios sin amarlo, personas que oran sin saber muy bien a quién se dirigen, gente que cree a los que creen...

Aunque convivimos en la misma sociedad y nos encontramos diariamente juntos y mezclados en el trabajo, el ocio y las relaciones, lo cierto es que sabemos muy poco de lo que piensa el otro acerca de Dios, de la fe, del sentido último de la vida. A menudo lo ignora la misma persona. Cada uno lleva en su interior cuestiones, dudas, incertidumbres y búsquedas que no conocemos. No sabemos cómo definir la postura de cada uno. J. P. Jossua propone «tener a cada uno por lo que afirma que es»

La situación más generalizada es que los que se dicen cristianos no difieren mucho en su estilo exterior de vida de los que no se reconocen como tales. Mezclados en las diversas situaciones de la vida privada, familiar, laboral, social, comparten actitudes, posicionamientos, intereses y valores muy semejantes. No es fácil detectar testigos de la fe en Dios.


Aprender de los increyentes

Con frecuencia, los cristianos hablamos del testimonio que hemos de dar en medio de esta sociedad indiferente y descreída, pero apenas pensamos en escuchar y dejarnos enseñar por aquellos que no comparten nuestra fe. Se diría que no hemos de aprender de los no cristianos y no es así. Todo ser humano, animado por el Espíritu de Dios, puede ser «signo» que nos invita a buscarlo con más ardor y fidelidad.

Lo primero que me enseña el increyente es que Dios no es una evidencia sino un Misterio que nunca acabamos de comprender ni poseer nadie. Con sus preguntas y sus críticas nos estimula a revisar la imagen que tenemos de Dios. Hacen más humilde nuestra fe porque nos ayudan a no confundir a Dios con lo que decimos acerca de él. Junto a los increyentes sentimos que Dios es un Misterio más grande que todos nuestros argumentos y teologías.

El increyente me invita también a criticar representaciones interesadas y utilitaristas de Dios. El increyente niega o duda de Dios pero no lo utiliza. Con ello nos recuerda que no hemos de manipular a Dios subordinándolo a nuestros pequeños intereses. Dios no está ahí para resolvernos los problemas o proporcionarnos una respuesta fácil a todo. No hemos de utilizar a Dios ligeramente y de cualquier manera. El increyente nos obliga a preguntarnos en qué Dios creemos en realidad. ¿Creemos en el Dios del amor, de la justicia, de la vida? ¿Nos seduce el Dios de los pobres y desvalidos, el defensor de los humillados? o ¿Creemos en los dioses que hoy tienen más adoradores (dinero, prestigio, poder, imagen, sexo, bienestar...)? ¿A qué Dios servimos?

El increyente nos invita a purificar nuestra fe. Las razones y convicciones del no creyente son las preguntas que pueden estimular al creyente. Cuando me habla de sus planteamientos me ayuda a comprender algo que, tal vez, está sucediendo también en mí. Me obliga a preguntarme por la verdad de mi adhesión a Jesucristo y de mi apertura a Dios.


El increyente me estimula a buscar con más sinceridad. Conociendo la lucha interior, el deseo de verdad y la búsqueda sincera de más de uno, puedo percibir que el Espíritu de Dios está presente en el corazón humano y tiene sus caminos para conducirlo hacia su Misterio. Permanentemente me recuerdan que la fe es búsqueda, pregunta y deseo más que posesión tranquila y rutinaria. Por eso nos podemos sentir a gusto junto a increyentes que también buscan la verdad y el sentido de la vida.

El increyente nos obliga a buscar un lenguaje más comprensible y accesible, y menos vacío de experiencia y vida. Los tópicos, las frases sabidas, la repetición de los dogmas, la recitación del credo, las citas bíblicas gastadas... no bastan para comunicar y transmitir la experiencia de Dios.

Algunas actitudes básicas

Para dejarnos estimular y enriquecer por los no creyentes, hemos de adoptar algunas actitudes básicas.

Lo primero es tomar en serio la postura del otro, del diferente. Comprender su posición desde sí mismo y no en relación a nuestra propia fe. Nosotros lo llamamos «increyente» pero, en realidad, es una persona con sus propias convicciones. No hemos de calificarlo nosotros. Él sabe mejor que nadie quién es y qué es lo que quiere.

Hemos de entender de manera positiva la posición del no cristiano. Vivir abierto a Dios es una de las posibles respuestas al misterio de la vida (para el creyente, la respuesta auténtica), pero el increyente es un hermano o hermana en el que puedo reconocer y valorar otros caminos del Espíritu.

Hemos de respetar sinceramente su postura. Nuestra reacción no ha de ser tratar de anular a toda costa la diferencia descalificando su posición como fruto del orgullo, la mala fe y el pecado, o tratando de debilitar a toda costa las razones que presenta para no creer. La intolerancia con el diferente no es signo de fe profunda y convencida sino indicio de inseguridad y debilidad. El que vive arraigado profundamente en la experiencia de Dios es tolerante y comprensivo, no necesita defenderse, no teme perder nada.

Hemos de comprender también su rechazo a la fe y a la religión. Nosotros hablamos a veces de un cristianismo ideal pero ellos ven el cristianismo real, el que se ha dado a lo largo de la historia y el que captan hoy. Es bueno escuchar sus prejuicios y críticas para conocernos mejor. Es sano conocer la imagen que tienen de nosotros: a veces nos ven como idealistas e ingenuos, poco libres para pensar por nuestra cuenta, poco valientes para cuestionarnos nuestra fe, frenados por la jerarquía, sin capacidad de sacudirnos de encima «dogmas increíbles». Al escucharlos, no es tan difícil intuir que en cada uno de nosotros hay un creyente y un increyente, y que no siempre es fácil trazar entre ambos una frontera clara.

Lo que siempre podemos compartir es la experiencia humana, nuestro deseo común de paz y de justicia para todos, el dolor ante quienes sufren violencia, hambre o miseria. Podemos captar su manera de ver la vida, sus razones para vivir, sus luchas y esperanzas. Pronto descubrimos que no tenemos los cristianos el monopolio del amor y la generosidad ni de la pasión por la justicia y la verdad.

El espíritu de diálogo


No parece superfluo añadir todavía algunos aspectos a cuidar en la práctica concreta del diálogo. No hablo de estrategias sino del espíritu que ha de animar al testigo.

La actitud básica en el diálogo es el amor. Desde esa experiencia vive el testigo todo acercamiento al otro. No es posible el diálogo si no amamos al hombre y a la mujer de hoy, tal como son, con sus debilidades y contradicciones, con sus interrogantes y su búsqueda. El diálogo es una forma de amor.

Dialogar significa más en concreto compartir una búsqueda común del Misterio de Dios que nos desborda a todos. En el diálogo cada uno aporta sus experiencias, convicciones, interrogantes, dudas y deseos. Cada uno dialoga desde su propia fe o su propia posición, sabiendo que es siempre una aproximación parcial y fragmentaria a la verdad.


En el fondo de todo diálogo sincero hay una búsqueda de verdad y de conversión a Dios. No se trata de renunciar a mi fe ni de convertir al otro, sino de sentirnos los dos llamados a creer en Dios o a buscar la verdad con más sinceridad. Desde la perspectiva del creyente no hemos de olvidar en ese diálogo la presencia de un tercero, el Espíritu de Dios que actúa con los corazones.

Dialogar significa escuchar la verdad del otro, hacerle un espacio en mi conciencia, dejarme interpelar, no tanto sobre la fe sino sobre mi fe, la que realmente anima mi vida. El diálogo comienza cuando estoy convencido de que tengo algo que aprender del otro. De lo contrario, todo puede quedar en estrategia. El diálogo supone, por tanto, una actitud básica de confianza en el otro.

En el verdadero diálogo el testigo se implica, confiesa su propia fe, habla en primera persona del singular, sin necesidad de estar apelando a la doctrina dogmática o al magisterio de la Iglesia. Por otra parte, el diálogo supone un cierto despojamiento pues acepto la mirada del otro sobre mí. Dialogar significa dejarme afectar por el otro.


El diálogo no ha de evitar cuestiones difíciles y problemáticas que a todos nos pueden dejar callados: el sufrimiento, la fuerza del mal, la muerte. Por otra parte, en el diálogo se tocan las cuestiones vitales que afectan al ser humano. No deberíamos olvidar las palabras de Simone Weil: «Cuando quiero saber si alguien es creyente, no escucho en primer lugar lo que me dice de Dios sino cómo me habla del hombre».

Proponer la fe
El testigo sabe también proponer su fe a quienes deseen conocerla. El Episcopado francés formula así el modo de entender y llevar a cabo hoy la comunicación de la fe: «Nosotros hemos de acoger el don de Dios en condiciones nuevas y, al mismo tiempo, volver a encontrar el gesto inicial de la evangelización: el de la proposición simple y resuelta del Evangelio de Cristo»

Proponer no es imponer ni presionar. Es una invitación. Es presentar mi fe sometiéndola a la posible adhesión o rechazo. Así describe J. Rigal este estilo de presentar la fe: «Se trata de proponer sin imponer, despertar las conciencias sin buscar dominarlas, dar testimonio de un sentido sin esperar que será reconocido por todos, anunciar la fe cristiana en el seno de múltiples mensajes: ‘Si tú quieres’ repetía Jesús. Lo mismo la Iglesia: su misión es hacer una llamada a la libertad de las personas y a sus conciencias»

El testigo propone la fe no como un sistema obligatorio sino como una invitación a vivir. Para muchos, la religión católica consiste fundamentalmente en aceptar un conjunto de creencias y cumplir una serie de leyes y prácticas para alcanzar la vida eterna. Por tanto, si no se aclaran las cosas, aceptar la fe significa aceptar una «carga», recortar la libertad, ahogar el deseo que hay en nosotros de vivir plenamente. Quien hoy perciba así la fe no la asumirá. El hombre o la mujer de hoy nunca aceptará una fe propuesta como un «imperativo» que priva del gusto de vivir.

El testigo propone desde su propia experiencia un camino posible de vida. No un camino teórico sino un camino que a él le hace vivir de manera más coherente y sana, más gratificante y unificada. En las primeras comunidades cristianas (Hch 18, 25-26; 19,9), a la fe se la llama «el camino» (hodos). La Carta a los hebreos lo dice espléndidamente: es un «camino nuevo y vivo, inaugurado por él (Cristo) para nosotros» (Heb 10,20); un camino que se recorre «con los ojos fijos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Heb 12,2). El testigo va haciendo su propio recorrido por este camino. Si el otro, así lo desea, podrá hacer el suyo.

Cada uno está invitado a dar pasos en «el camino cristiano», tomando decisiones, superando dificultades, descubriendo nuevos horizontes, conociendo mejor a Cristo, abriéndose con fe a Dios. El testigo sólo ofrece su experiencia y, desde ahí, su palabra, su compañía, su escucha y su estímulo.

José Antonio Pagola

 
 
 
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