Isca  
 
Acoger a los que vuelven (1º parte)

En nuestra búsqueda de caminos y respuestas para la Catequesis con adultos, hemos valorado y seleccionado este artículo que Álvaro Ginel escribió para la revista “Misión joven”.

Es claro, desde nuestra experiencia pastoral que muchos adultos, que llegan a nuestros procesos catequísticos o catecumenales, lo hacen después de haberse alejado de la Iglesia por diversas razones. ¿Cómo recibirlos? ¿Qué propuestas pastorales tenemos para ofrecerles?

Publicaremos el artículo en tres partes, para favorecer una lectura reflexiva y la confrontación del contenido del texto con la realidad a evangelizar.


La expresión “ procesos catecumenales” está utilizada en este texto con referencia al catecumenado post – bautismal, que el DGC menciona acerca de aquellos que, habiendo recibido el Bautismo y, a veces, también los otros sacramentos de iniciación cristiana, no han completado o no han realizado adecuadamente su iniciación.

 

Síntesis del artículo
A partir de los datos de un muestreo sobre el alejamiento de la comunidad, realizado por el mismo autor, a cristianos “que han vuelto” a la iglesia, el artículo señala un rico conjunto de propuestas pastorales, que pueden iniciar la reflexión sobre una cuestión de importancia eclesial. Comienzan por la escucha, la acogida, el diálogo; se centran en la construcción de un camino abierto desde la realidad misma de la persona que vuelve; y precisan verdadero encuentro y acompañamiento.

 

“Los que vuelven”, se sobrentiende “a la fe”, o “a la Iglesia”. Algunos teólogos y pastoralistas de la Iglesia francesa llevan años reflexionando sobre los que ellos llaman: los recommeçants[1]y que nosotros aquí traducimos por los que vuelven. Parece oportuno que también en nuestro contexto eclesial comencemos a tomar en cuenta a estas personas. ¿De quiénes estamos hablando? Nos referimos a un cierto número de personas, cristianos en la infancia y en los años de juventud, que se vuelven a interesar por la fe y por la comunidad cristiana después de una etapa de distanciamiento, de olvido, de negación, de oposición o de reflexionada y decidida separación de la Iglesia y de la fe.

Esta reflexión que me ha pedido la revista Misión Joven la hago teniendo en cuenta dos referencias: una pequeña encuesta-consulta distribuida, con ayuda de amigos, a un cierto número de personas que han vuelto. La segunda referencia es la literatura francesa sobre este tema que he podido consultar. El objetivo que me propongo es suscitar la reflexión entre nosotros sobre los que vuelven para abrirnos a una pastoral de acogida y de encuentro de quienes un día se alejaron y un día decidieron volver.

Siempre ha habido personas que se separaron y que volvieron al seno de la Iglesia. La terminología clásica utilizaba la expresión pecadores arrepentidos para denominar a estas personas que un día volvían al seno de la Iglesia. Lo nuevo hoy es que este número, si no es más elevado que antes, sí que reviste unas connotaciones especiales, pues vuelven en un momento en que otros se distancian de  la Iglesia. Eran ellos los que tenían que hacer el camino de vuelta. La Iglesia no tenía que hacer nada: sólo juzgar su arrepentimiento y aceptarlos otra vez. Ellos volvían a integrarse en la normal estructura de la comunidad como si nada hubiera pasado, sin estructuras pastorales específicas para ellos. Lo nuevo es que hoy nos planteamos qué es lo que la Iglesia misma tiene que hacer específico para este grupo de personas que vuelven. No sólo se da un movimiento por parte de los que vuelven, sino que la Iglesia, en su acción pastoral, también se tiene que “mover”, que cambiar, que hacer algo.

 

La vuelta de estas personas se realiza en un momento histórico en el que sociológicamente, al menos en nuestro reducido ámbito cultural, la Iglesia es percibida por muchos como poco significativa [2]. Está más “de moda” apartarse de la Iglesia que regresar o permanecer en ella. Y a pesar de todo, hay personas que vuelven. La vuelta no está ligada a una moda, sino que se efectúa como movimiento de  contracorriente, lo cual indica que en esas personas que vuelven hay que descubrir un signo de la acción del Espíritu en nuestros días. Por eso la acción pastoral debe estar atenta para acoger y para dar respuesta a quienes llaman a las puertas de la comunidad después de un largo camino o de una larga ausencia.

 

1. Datos de un muestreo

A continuación comento los datos de las quince cartas-consulta que me llegaron de personas que han vuelto. Son personas que yo no conozco y a las que he podido llegar a través de amigos y conocidos. Sintetizo las respuestas de los cuatro puntos que se les pedían en la carta. No se puede hablar de verdadera encuesta o consulta científica, pero sí de un muestreo o de una aproximación a lo que algunas personas vivieron y viven en ese doble movimiento de alejamiento y de vuelta. La finalidad de presentar esta síntesis es para que quienes no han tenido trato con “los que vuelven” dispongan de un sencillo panorama que les oriente en esta realidad eclesial. Otros libros y otras realidades les permitirán ampliar y profundizar los rasgos que aquí no se reflejan y contrastarlos con otras vivencias.

 

1. 1. El alejamiento de la comunidad

Un día te alejaste de la comunidad, ¿podrías verbalizar alguna razón? Esta es la redacción de la primera pregunta de la mencionada carta-consulta. Las respuestas recibidas las agrupo en estas categorías:

 

No sé bien por qué

Así se puede resumir la primera categoría de respuestas: no sé bien por qué. “Un día dejas de participar en las cosas de Iglesia y no sientes nada, no echas de menos nada, no te pasa nada. Te preguntas, después, qué sentido tiene seguir en algo que si lo dejas no te pasa nada. Y lo abandonas poco a poco hasta que te haces a vivir al margen de Dios y de la religión con toda la tranquilidad del mundo. O descubres que haces cosas y no sabes por qué las haces ni para qué ni qué sentido tienen. Las cosas que se hacen por costumbre y sin raíz, se abandonan tarde o temprano”. “Cuando la celebración no te aporta nada, la dejas y no sientes nada. No la echas de menos. Un día te encuentras fuera de la Iglesia y no tienes una razón específica que justifique el abandono, pero no tienes ganas de volver a ella”. Alguno lo expresa muy bien con esta afirmación: “Iba a la iglesia. Después dejó de atraerme y hasta hoy”. El alejamiento, apuntan algunos, se puede producir también por la vida familiar y laboral, que en determinados momentos impide la participación en la celebración o actividades de la comunidad. Lo dejas y ya no encuentras nada que te motive a volver. Las cosas pasan casi sin darnos cuenta.

 

La lejanía de la fe o de la Iglesia comienza con una lejanía de la parte mesurable de la religión, como es la práctica religiosa. Abandonada la celebración de manera sistemática, se va produciendo, al menos en los que han respondido, un progresivo abandono u olvido de la Iglesia y hasta de la dimensión más personal  de relación con Dios, la fe. Todo sucede aparentemente de manera progresiva y casi sin darse uno cuenta. No existen razones que afiancen a la persona a una comunidad, a una profesión de fe en Dios y, sin razones que den consistencia, el abandono parece normal. Todo lo religioso es tan débil y sin fundamentos sólidos que se debilita o desaparece “sin saber muy bien por qué.

 

Imagen negativa de la Iglesia

Un grupo numeroso de respuestas apuntan hechos vividos en la comunidad cristiana y que son un antitestimonio que llevan al distanciaminto: el vacío de las celebraciones (al no ser entendidas), la imposición de la práctica religiosa, las amenazas del infierno; la doble vida de los responsables de la comunidad; curas que niegan sacramentos a alguien de manera brusca, sin diálogo, sin una palabra de comprensión; el doble rasero con el que algunos miden a unos y a otros; la represión; la falta de razones para vivir que se le ofrecieron; la predicación de un Dios negativo en el que no apetece creer; la acentuación del miedo como motor de la vida religiosa; el haber depositado responsabilidades demasiado fuertes sobre las espaldas de algunos y no haber estado al lado como ayuda, apoyo, cercanía: “Llegué a tener la impresión de que me utilizaban, de que jugaban con mis ansias juveniles”. En este bloque de respuestas hay un hecho concreto que se vive de manera negativa y que es causa del abandono de la Iglesia y del abandono de Dios. Un Dios que pide o exige lo que “estos señores” dicen, no es un Dios creíble. Y se da el portazo.

 

1. 2. Un día te encuentras con que Dios no forma parte de tu vida

La segunda pregunta invitaba a las personas que vuelven a narrar algo sobre los momentos de su vida en que pasaron años después de decidir vivir al margen de todo lo religioso o eclesial. Es la pregunta que menos se comenta y cuando se hace se realiza a grandes rasgos, sin describirla. Pequeñas frases lo dicen todo. Dos categorías sobresalen en los datos que aportaron.

 

Y no pasa nada

Es la respuesta de bastantes. Vivir sin Dios es una manera de vivir en la que  no pasa nada. No se le echa de menos a Dios ni a la Iglesia. Se vive tranquilamente sin Dios. Quizás algunos no lo puedan entender, pero muchos de los que vuelven vivieron tan ricamente sin echar de menos a Dios ni a la comunidad. Si un día vuelven, no es porque le echen de menos, sino por otras razones. La vida tiene muchas otras ofertas para llenarla: el trabajo, los amigos, la realización personal, el hacer el bien a los demás, el pasarlo bien. Una frase de la encuesta puede resumir la vida de los que viven sin Dios y no pasa nada: “Vamos a nuestro aire, nos sentimos con fuerzas para solucionar la vida y no pedimos más”.

 

Algo falta

Minoritario, pero existe como grupo en la consulta, que expresa que “sentían que les faltaba algo”. Es la perspectiva de los que se alejaron, pero siempre llevaron dentro un “pozo” de Dios. Son pocos los que dicen que vivían la lejanía de Dios y de la Iglesia como faltándoles algo. Pero hay algunos. Se fueron, pero nunca llegaron a separarse del todo, al menos existía una nostalgia de lo que abandonaron. “Mi vida no era completa, pero tampoco quería volver porque tenía muy claro por qué me había ido”.

 

1. 3. Un día te pusiste “de vuelta”

Si el abandono de la fe y de la Iglesia se puede dar “casi sin darse uno cuenta”, la vuelta es algo muy pensado. No se vuelve “casi sin darme cuenta”, sino “dándome cuenta perfectamente”. La vuelta no es una “casualidad”, sino una opción que se hace lentamente. Comienza por una “asomarse” a los creyentes y después, en la mayoría de los casos, se continúa adelante. Al preguntar a los que vuelven por lo que les hizo ponerse de vuelta hacia la Iglesia o hacia la fe hay dos categorías que están presentes prácticamente en todas las respuestas recibidas. Es posible que predomine una sobre la otra, pero casi habría que decir que no se da la una sin la otra.

 

Los ‘palos’ de la vida

Uno de los factores apuntados por muchos son “los golpes que la vida nos da”. Los “golpes” más mencionados son: la muerte de seres queridos, los accidentes (o enfermedades)  que causan la muerte de manera inesperada y sorprendente, la muerte de personas jóvenes, las separaciones. He aquí un testimonio sobre las separaciones: “Cuando me separé, me di cuenta de que al otro se le elige, como se elige a Dios o como uno se separa de Dios. La elección es un momento importantísimo en la vida y lo podemos hacer sin profundidad. Después pasa lo que pasa. Esta reflexión sobre mi separación me llevó a revisar mi elección de Dios. Y comencé así el camino de vuelta. Con Dios me era más fácil revisar la opción que con la persona que me dejó y se casó con otro. No tenía opción para revisar y profundizar la elección de mi ex-marido. Es tremendo. Nos dejamos en la mierda con toda facilidad. Y entendí que Dios no me trataba así. Volví.” No todos los momentos de la vida son iguales. Unos nos hacen reflexionar y nos replantean la existencia. En esos momentos surgen las preguntas fundamentales y aparece la realidad de la opción por Dios.

 

Las ganas de ser yo misma

Podíamos agrupar aquí las respuestas de quienes, alejados, nunca perdieron la tensión de una vida responsable y de una vida de crecimiento personal. En un determinado momento, la persona descubre un vacío interno y siente necesidad de rellenarlo. Dos dimensiones se mencionan de manera más común: la preocupación personal por uno mismo, por la paz interior a través de la meditación, la relajación, la autoestima, los libros de autoayuda y sus límites; y por otra parte, la entrega a tareas sociales, justicia social, participación en ONGs… El descubrimiento de las necesidades de los otros y el descubrimiento personal, llevó a algunos a preocuparse por el Dios que habían abandonado, por la comunidad de la que se habían alejado y descubrieron los valores que allí se encerraban, aunque no siempre se practicaran.

 

1. 4. El retorno

Una persona, al releer su historia de lejanía y de vuelta, concluye diciendo: “Siento que Dios no me abandonó nunca”. Es una reflexión que sólo la persona singular puede realizar y esto, a posteriori. Ser capaces de ver que todo el entramado de la vida está tejido en una historia donde Dios está presente siempre quizá no es meta a la que todos pueden llegar. Algunos lo consiguen.

El retorno, como el alejamiento, no es algo puntual. Tenemos que hablar de procesos, de caminos largos. Pero sí que es posible determinar algunos hechos que sirven de revulsivo o de referencia para iniciar el retorno. Algo nos pone en marcha y después ya es cuestión de ir recorriendo el camino. Los factores o elementos más destacados que los que vuelven verbalizan son dos: uno hace referencia al influjo que recibieron de fuera, generalmente de personas que coincidieron en su camino. El otro alude a lo que les pasa en su adentro a las personas que retornan, a lo que el retorno tiene de cambio interior y personal.

 

Personas diferentes

Con esta expresión queremos denominar la experiencia que la mayoría de los que vuelven tuvieron con personas en las que percibieron una manera de vivir el cristianismo diferente. Lo diferente está en detalles muy concretos: “Me acogieron sin juzgarme, sin importarles mi pasado. Les importé yo, mi persona, mis problemas, mi presente, sin preguntas, sin condenas. Esto me hizo cambiar totalmente”. “Vi que vivían la vida con alegría, tenían un Dios que les alegraba la vida y yo vivía en la tristeza. Esto me interrogó enormemente”. “Topé con un párroco que “antes de volver” ya me dio responsabilidades. Se fio de mí. No me exigió nada previo, no me examinó. Me integró en la comunidad haciendo cosas, encomendándome “chapuzas”. Cierto, eran cosas pequeñas, detalles, pero aquello era algo grande para mí: se me tenía en cuenta, me daba algo que hacer aunque sabía que yo era un “perdido”.

Lo diferente no es qué intimidad o relación la persona tiene con Dios, sino la relación que se entabla con el que viene, con el hermano. Y quizá se pueda ser acogedor con el hermano porque se intima mucho con Dios. De hecho, lo que más subrayan los que vuelven es el encuentro con creyentes diferentes. Y la diferencia está en el trato y acogida que se les dispensa, no como algo postizo o como anzuelo para pescar a alguien, sino porque perciben que son actitudes vividas con la máxima normalidad.

 

Lo que más me cuesta a la vuelta

La mayor parte de los que vuelven expresan claramente que no vuelven “al montón” y no vuelven “a la rutina” ni “por rutina”. La vuelta es una exigencia interior, no un capricho. Aclara mejor lo que significa la vuelta para personas concretas la transcripción de algunos testimonios: “Lo que más me cuesta es el paso de la seguridad del dinero a la seguridad en Dios. Tengo un largo camino. ¡Cómo envuelve el mundo! Sólo veo solución en la oración y en la búsqueda de Jesús con toda sinceridad”. Deberíamos hablar más que de vueltas o retornos de verdaderas conversiones, no son  una simple “vuelta” a la Iglesia. Éste será uno de los temas pastorales más importantes. Los que vuelven precisan una acogida que es más que vuelta al redil. Vuelven a una manera de vivir el mensaje de Jesús  más exigente y coherente. Sólo eso justifica la vuelta. Otro testimonio que hace pensar: “Vuelvo a la comunidad de Jesús de la que me alejé, no a la “panda de X”. Vuelvo a la comunidad que quiere vivir el Evangelio y evangélicamente. Vuelvo a una comunidad donde he encontrado hermanos que viven sin ganas de poder, con muchas ganas de búsqueda, de oración, de trabajo por los últimos. No vuelvo por el ejemplo de los pastores; vuelvo por el ejemplo de los hermanos”.

Hasta aquí el panorama que nos refleja un poco el “universo” en el que se mueven los que un día se marcharon y un día decidieron volver.

 

 
 
 
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