Isca  
 
Acoger a los que vuelven (2º parte)

Les ofrecemos la segunda y penúltima parte de este artículo de Álvaro Ginel, para poder continuar nuestra reflexión acerca de los adultos que vuelven a la Iglesia después de haberse alejado.

 

Los comentarios que quieran hacernos llegar y, sobre todo, la experiencia que ustedes tienen, pueden enviarlos a través del foro “Ventana Abierta”. Todos los aportes, las preguntas que cada uno se hace y las sugerencias enriquecerán la reflexión de todos acerca de la Catequesis con Adultos.

Muy pronto publicaremos en el Observatorio el informe final de la investigación que estamos concluyendo.

 

2. Sugerencias para la acción pastoral

No basta conocer lo que acontece en las personas que vuelven a la Iglesia. Si nos asomamos a su mundo desde la preocupación de la acción pastoral de la comunidad cristiana es para proponer acciones eclesiales que respondan a su realidad concreta de la mejor manera posible. En la Iglesia hay cosas que acontecen “a pesar” de los creyentes, a pesar de las estructuras. En muchos casos, los que vuelven a la Iglesia no lo hacen por una acción programada por la comunidad, sino por una acción del Espíritu en lo secreto de su libertad que ellos mismos deciden secundar. Es responsabilidad de la comunidad creyente acoger y encauzar los susurros del Espíritu en la corriente de vida que la comunidad cristiana protagoniza.


2. 1. Delimitar bien qué queremos decir

Podemos caer en la tentación de las “modas pastorales” y pensar que todos los adultos que traen los hijos a catequesis, o se hacen alguna pregunta, o pisan alguna vez por la iglesia después de un cierto tiempo de ausencia, etc., ya entran en la categoría de “los que vuelven”.

Para poder hablar de los que vuelven, con Roland Lacroix[3] precisamos que sólo se pueden denominar como “personas que vuelven” a quienes se les proporciona un lugar y un acompañamiento en el que su búsqueda sea acogida y donde ellos puedan “recomenzar”. Lacroix define como persona que vuelve “a quien participa en un grupo que le propone un camino de iniciación o de recomenzar[4]”. Existen posiblemente otros muchos que vuelven pero lo hacen de manera diferente: integrándose en la comunidad sin más, sin un proceso, sin la necesidad de plantearse en grupo preguntas y comportamientos que necesitan aclarar. Éstos no entrarían en el grupo que aquí nos ocupa.

Los que vuelven son, en primer lugar, bautizados alejados que quieren emprender de nuevo un camino responsable de vida cristiana en la comunidad, no al margen de ella. Cada uno está donde está y viene de donde viene. Unos necesitarán reiniciar un proceso desde cero. Otros ya han recorrido por su cuenta, leyendo libros o hablando con personas que ellos se buscaron, tramos importantes de camino. Todos rechazan vivamente que se les impongan ritmos, metas, metodologías que les encasillen y les priven de libertad personal.

Otro rasgo descriptivo de los que vuelven y aquí consideramos es que regresan, de ordinario, por caminos que no son las ofertas pastorales ordinarias de la comunidad cristiana. Éstas se dirigen, casi con exclusividad, a los que están en la comunidad o en su radio más cercano. Los que vuelven llegan por otros caminos, especialmente por acontecimientos puntuales, unas veces son sacramentales, otras son acontecimientos personales ya sea de dolor o de alegría. Y buscan no tanto lo que ya tenemos funcionando en la comunidad, sino algo que les dé respuesta a su realidad particular, a su búsqueda, a su retorno. El punto de partida radica en considerar a los que vuelven como personas en camino y en proceso de búsqueda. No es que lo tengan todo claro ni que estén decididos ya a formar parte de la Iglesia. Vienen buscando; prefieren darse tiempo, revisar su vida y revisar la vida de la comunidad para evaluar los límites de sus posturas dentro de la comunidad.

 

2.2.  El don de la escucha

Los que vuelven tiene necesidad de poder hablar, de poder expresar lo que han vivido y lo que están viviendo en su interior sin la “amenaza” de ser juzgados, que es uno de los indicativos que mejor refleja la comprensión o incomprensión que se da al otro.

Es muy revelador lo que los Obispos franceses[5] proponen a este respecto: “La experiencia actual de la evangelización implica esta comprobación inicial: existe actualmente en nuestra sociedad un cierto número de personas que esperan algo de la Iglesia y que tienen la posibilidad de manifestar su expectativa cuando, de una manera y otra, entran en relación con la Iglesia para solicitar el sacramento del bautismo o del matrimonio, con ocasión de acontecimientos especiales alegres o tristes que marcan su existencia, gracias a encuentros ocasionales con una comunidad cristiana, con un grupo más o menos informal, o incluso con un movimiento organizado que les propone un camino de iniciación al Evangelio, en función de su situación humana.

¿No debemos quizá admitir que encuentros de este tipo cuestionan e incluso trastocan la lógica misionera que llevábamos en nuestro interior? Porque de hecho, hemos podido imaginarnos, según una lógica más o menos comercial, o al menos exclusivamente funcional, que la Iglesia, para evangelizar, debería hacer intervenir una especie de ley de la oferta y la demanda, situándose ella en el lado de la oferta, y los demás, las personas que esperan, del lado de la demanda […] Estas personas que esperan no deben considerarse pura y llanamente, según una lógica comercial, como clientes de la Iglesia, dispuestos a consumir pasivamente lo que tenemos que proponerles. Son, por encima de todo, hombres y mujeres que, por su expectativa y su camino, dan fe de la libertad de Dios y de la obra del Espíritu Santo, que puede despertar en todo ser humano el deseo de ir más allá de cuanto vive en lo inmediato. A su manera, a veces desconcertante, estas personas nos recuerdan que el terreno fundamental de la evangelización es el de la existencia humana, y que no existe evangelización auténtica sin esta confrontación efectiva entre el Evangelio de Cristo, la Revelación de Dios y las expectativas profundas de las que todo ser humano es portador”.

La escucha tal como se entiende aquí no es un acto de cortesía: dejar hablar al otro para después decirle que está equivocado. Dejar hablar y escuchar la palabra pronunciada por el otro es un acto de fe y un acto de encuentro. Dios está también “manos a la obra” (Jn 5,17) más allá de nuestras propias fronteras: los que vuelven (¡y los que no vuelven!) son, en palabras de los Obispos franceses, “por encima de todo, hombres y mujeres que, por su expectativa y su camino, dan fe de la libertad de Dios y de la obra del Espíritu Santo, que puede despertar en todo ser humano el deseo de ir más allá de cuanto vive”. Así entendida la escucha de la que aquí hablamos, es, ante todo, una escucha de la obra de Dios en la vida del otro. Y lo de Dios no se percibe siempre bien a la primera ni con nitidez. Lo de Dios no es siempre clasificable dentro de los esquemas aprendidos en libros o en los apuntes de clase en el seminario o en las aulas de la universidad. Lo de Dios llevará más de una vez a los creyentes a la oración, a la contemplación, al silencio para captar la señal de su paso por las vidas de los hombres y mujeres que se acercan y nos interrogan con su vida y su palabra.

Y no es que el creyente tenga que enmudecer. Le basta el silencio. Porque la verdadera escucha provoca palabra. “Al comprender estas expectativas humanas y responder a ellas, continúan los mencionados Obispos, la Iglesia tiene la responsabilidad de mostrar que no se conforma con responder a unas demandas inmediatas, sino que ejerce una misión que ha recibido de Cristo y que consiste en mostrar y abrir los caminos que conducen a él[6].” la vida de muchos nos deja sin palabras, en silencio respetuoso. Y es el silencio y la oración el lugar de encuentro y de surgimiento de la palabra oportuna, de la acción precisa, de la mano tendida.

Muchos de los que vuelven son conscientes de que no tienen por qué renunciar a todo lo vivido anteriormente. Su vida pasada es una riqueza y está llena de elementos que no tienen por qué abandonar. Fuera de la fe y de la vida comunitaria han hecho descubrimientos y han madurado determinadas facetas de la dimensión humana perfectamente válidas. Tienen que aclararse hasta descubrir qué les exige la confesión de fe en Cristo Jesús, la plena participación en la vida comunitaria y lo que ellos están viviendo. Se abre aquí un campo de diálogo, de análisis, de espera, de acompañamiento y de acogida que exige a la comunidad cristiana renunciar a querer que todos “pasen por el aro” de una forma de entender a la persona y de entenderse como comunidad.

 

2. 3. Un camino abierto

La educación en la fe, el descubrimiento del Señor necesita algo sistemático y orgánico[7]. La palabra camino hace referencia a una dirección que hay que seguir para llegar a un determinado lugar. El principio pastoral de trabajo con los que vuelven tiene que ser la construcción de un camino abierto desde la realidad de las personas que vuelven. Si este principio puede ser referencia básica para todo grupo de reflexión en la fe, lo es más tratándose de personas que vuelven.

Cada persona tiene su historia personal. Lo que nos hace poder construir y seguir un camino nuevo que no encontraremos en ningún libro es la narración de las vidas reales de quienes vuelven y participan en un grupo o se sienten acompañadas personalmente por un miembro de la comunidad.

Esta propuesta de un camino abierto parece sencilla, pero encierra no poca dificultad, en primer lugar, porque nos despoja de las seguridades que nos dan los planes trazados en los libros, los temas sistemáticos. Sistematizar, construir y organizar a partir de lo concreto de unas vidas ricas en experiencias, en búsqueda, en contradicciones, en vivencias hechas a base de haber probado un poco de todo hasta construirse un sincretismo religioso personal complejo “a la carta” puede resultar reto complicado…

La gran tentación que les puede pasar por la cabeza a los agentes de pastoral encargados de atender a los que vuelven consiste en “encasillarlos” en lo que ya existe, porque sus preguntas son parecidas a las de todos y, en segundo lugar, acortar el proceso de integración en la comunidad. Obrando así se les niega de alguna manera su historia anterior de distanciamiento de la comunidad y se reduce este hecho importante en su vida a un acontecimiento de segunda categoría. Es posible que las preguntas fundamentales sean las que nos hacemos todos, pero “el suelo” del que parten y la experiencia vivida es enormemente diferente entre aquellos “cristianos de siempre”, que nunca abandonaron la Iglesia y los que vuelven.

Los que vuelven tienen que “familiarizarse” con las formas de la comunidad, con la celebración y con el estilo de servicio a los demás, con el estilo de confesión de fe en el Señor resucitado. Y tienen que aclarar la razón de su deseo de seguir al Señor Jesús. Si no hay este cuidado por la realidad del otro, es posible que se les bloquee en su camino de vuelta. Hay que evitar que una persona que vuelve se encuentre en una situación en la que llegue a decirse a sí misma, por poca pedagogía de los responsables de la comunidad: “Yo aquí no pinto nada. Yo aquí no tengo sitio. Yo aquí no soy comprendida. Esto no es para mí. Esto no lo soporto. Aquí no se me tiene en cuenta”. Como el convaleciente que se reincorpora a su ritmo normal de trabajo dispone de  tiempos y ejercicios programados por el médico según la operación sufrida o la enfermedad superada y no pasa nada, así los que vuelven deberán sentirse miembros de la comunidad progresivamente. Y es previsible que a algunas personas que vuelven  les queden “huellas o cicatrices” tan marcadas que haya detalles que no pueden asumir fácilmente, de la misma manera que hay enfermedades que dejan secuelas, toda vez que lo esencial de la vida normal es posible realizarlo.

Hay que reconocer que las comunidades cristianas no están acostumbradas a prestar servicios a los que vuelven y se encuentran sin propuestas explícitas y sin  “referencias prácticas” para actuar. Esto obliga a algunas personas que vuelven a “apañárselas como pueden”. En algunos casos, es previsible que funcione el miedo en los que vuelven y prefieran reintegrarse de una manera silenciosa, como si nada hubiera pasado en su historia. Pero ha pasado. Y lo llevan dentro. Lo mejor sería proporcionar ocasiones de encuentro donde realizar, durante un tiempo, un camino de reencuentro con la comunidad.

 

2. 4. Acoger lo nuevo que tienen que decirnos

Más arriba hemos hablado de la escucha como actitud pastoral para acoger a los que vuelven. Estas personas no regresan vacías, con las manos en los bolsillos y la maleta llena de aire. No. Vuelven cargados de vida,
La primera riqueza que aportan es que la fe no es un movimiento lineal para todos. Muchos bautizados se toman “unas vacaciones”, se van a otros “lugares” y retornan, cuando ellos lo deciden, por las razones que sean, a la Iglesia donde fueron bautizados. De manera plástica, los Obispos de Quebec han reflejado esta realidad con estas palabras: “Estamos acostumbrados a pensar que la transmisión de la fe es como un río que se va haciendo más grande poco a poco, a medida que los afluentes van acrecentando su caudal y ensanchando su curso […] Hay que reconocer que esta imagen del río y sus afluentes no corresponde demasiado a la realidad. En la familia, con frecuencia parece que la fuente se ha secado. En la escuela, la aportación de lo religioso se ha reducido, o se trata a veces de modo aleatorio. Por su parte, la parroquia, cada vez menos frecuentada, no alimenta más que a una débil parte de los bautizados, y muchos creyentes no encuentran en ella una verdadera respuesta para su hambre […] En las nuevas condiciones, que son ahora las nuestras, lo que nos importa es remontar hasta allí donde la fe tiene su fuente; es decir, hasta el corazón de la experiencia de la gente. La fuente está en las personas, en los momentos esenciales de su vida,  en las experiencias más básicas en que se dieron las primeras vibraciones, los primeros rumores de la fe. Esta fuente es la que está en el punto de partida de todos los caminos y es la que hay que volver a buscar continuamente, abrirla, canalizarla. Como si fuéramos zahoríes, tenemos que estar atentos a este fluir, lejano o cercano, de la fuente viva. Atentos a ese pozo secreto que cada uno lleva en lo más profundo de sí mismo.[8]”

¿Qué traen en su maleta? En primer lugar la decisión de volver. En segundo lugar, lo mejor y lo peor de lo vivido fuera de la casa donde se bautizaron. Quizás traen dudas, falta de fe, una fe imperfecta hecha de muchos recortes, una lejanía de Dios o una atracción por Dios, o las experiencias de vivir a Dios en otros “ámbitos”. En tercer lugar, algo ha pasado en su realización como personas humanas en todo lo que han vivido y en aquello que les ha llevado a volver. Es riqueza el modo que han tenido de ejercitar la libertad, el amor, la entrega, la búsqueda, el dolor…

La vivencia de estas realidades humanas profundas en otros contextos son en sí una riqueza, hasta es posible que las hayan afrontado con una responsabilidad personal que les ha hecho madurar y descubrir nuevos horizontes y que éstos tendrán que ser confrontados con el horizonte de la fe cristiana tal como la comunidad eclesial los vive.  Donde está la riqueza del otro es también el lugar de la diferencia, de lo distinto, de la pobreza, por qué no. Estas experiencias fundamentales son las que, en ocasiones, producen en algunos cierta dificultad para formar parte de la comunidad creyente. Son posibles miedos a tener que aceptar algunos postulados de la fe o de la praxis cristiana; miedos a ser tratados de manera un poco infantil: “no pienses, ya pienso yo por ti, ya te digo yo lo que tienes que decir, pensar, creer, hacer”; miedos a ser juzgados y no comprendidos; miedos a la necesidad de tener que renunciar a una religión sincretista, hecha sólo de lo que me apetece, de lo que me va…

Lo cierto es que no se vuelve a la fe y a la comunidad con lo puesto encima cuando la persona se alejó. La vida ha seguido y las oportunidades de madurar también. De hecho es esa vida al margen de la comunidad la que les lleva, de nuevo, a volver y a redescubrir la fe cristiana.

Este cúmulo de posibilidades es el que nos urge, como comunidad, a aceptar con originalidad a los que vuelven, a proporcionarles espacios de “entrenamiento” y de “revisión” de su vida, de sus principios, de sus comportamientos. No podemos, sin más, meternos a todos en el “saco de la comunidad” como si nada hubiera pasado.

 
 
 
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