Isca  
 
Acoger a los que vuelven (3º parte)

acoger a los que vuelvenCon esta tercera parte del texto “Acoger a los que vuelven” de Álvaro Ginel, concluimos la reflexión acerca de este aspecto que nos da algunas claves para pensar la Catequesis con Adultos.

En la próxima edición del Observatorio, compartiremos con Uds. el informe final de esta investigación.

 

2. 5. Al encuentro de los que vuelven

En relación con los que vuelven, una postura de la comunidad cristiana consiste en esperar que ellos den el paso. Cada vez será más necesario la invitación y la iniciativa por parte de la comunidad para acogerlos.
Ni es fácil, ni tenemos experiencia de salir al encuentro de los que sienten un tenue deseo de volver. Sí que tenemos ocasiones pastorales para el encuentro con los que vuelven y para hacerles una invitación o propuesta de emprender un camino. Estas ocasiones o lugares de encuentro con los que vuelven necesitan ser potenciadas y atendidas de manera cuidada, yo diría, “mimada”.

Los momentos de petición de sacramentos.
Por razones que desconocemos, hay hombres y mujeres que piden el bautismo para sus hijos (o para ellos mismos), aunque ellos viven al margen de lo que piden; pero lo piden. En este gesto es posible percibir y descubrir que hay “rendijas” para asomarse a unos deseos de contacto con la comunidad cristiana que pueden estar velados. La acogida, el diálogo, la preocupación por su vida y sus problemas, el seguimiento durante la preparación del sacramento y después son siempre un “acontecimiento” del que nazca la decisión de emprender un camino de vuelta. La condición fundamental para que se dé la vuelta es dejar bien claro que no sólo nos interesa “la preparación para el sacramento”, sino la realidad de las personas que piden el sacramento. Lo mismo se podría decir de otros sacramentos como la confirmación, el matrimonio, la primera comunión o de los funerales…


Del despacho oficina de servicios, al despacho como lugar de acogida.
Nuestras iglesias están abiertas, sobre todo en las grades aglomeraciones, pero de ordinario, están vacías, sin alma, sin una persona con quien hablar o a quien dirigirse. Y los despachos parroquiales tiene “horarios de oficina” para tramitar papeles oficiales. Creo que hay muchas oportunidades que desaprovechamos. Hay personas que “caen” por la iglesia cuando pueden, cuando sienten la necesidad de silencio o un peso que les aplasta el alma.
Además del silencio y el recogimiento del templo, no estaría de más tener la oportunidad de la palabra acogedora de alguien. De la misma manera que preparamos personas para lleven un grupo de catequesis, ¿no debiéramos preparar personas que hicieran presente a la comunidad en los templos abiertos para escuchar a quien “cae por allí” y quiera hablar o preguntar? El silencio del templo puede ser el lugar de la palabra entre dos personas.

Otros se acercan, por necesidad, a solicitar un “papel oficial”. Detrás del papel solicitado está la persona que lo solicita, con sus preguntas, con su vida, con sus alegrías y con sus penas. Hay muchas maneras de hacer un expediente. Pero el expediente puede ser una oportunidad para llegar a la persona de manera más concreta y humanizadora. Los despachos y los templos tenemos que redimensionarlos. Hoy son posibles lugares de misión, de diálogo con las personas que no vendrán a la celebración ni a los grupos. Encontrar, tomar el teléfono del que nos visita y seguir a esas personas en su realidad humana es una sencilla tarea de servicio y de acogida sincera. Hay encuentros que no son eficaces en el momento, pero son preparación para que “algo pase”, o para que “algo se renueve dentro del corazón” cuando llegue la plenitud del tiempo que cada persona tiene, o pueden ser referencia para saber “dónde acudir” cuando la persona realmente necesite hablar con alguien y decida hacerlo.

Las informaciones al fondo de la iglesia.

Tenemos que potenciar en las iglesias el servicio a través de informaciones y hojas volantes que los que visitan el templo puedan llevarse. Es una oportunidad para informar, para dar noticia de la historia del templo y su significado y para, por qué no, plantear alguna pregunta que llegue al corazón de la gente. Tenemos que entrar en la dinámica de la “pastoral del goteo” y salir de la pastoral de masas. Parece que las pequeñas iniciativas no valen la pena si no tenemos resultados amplios. Nos bastará hoy con resultados de “goteo”. No esperemos más. Y sabiendo que siempre nos quedaremos al margen de los frutos que producen iniciativas de esta índole. Pensemos en el turismo que moviliza a muchas personas. Pueden sentir la llamada en un punto de la geografía y después ponerse en marcha allí donde viven habitualmente.

Estar presentes y acompañar.
Hay veces que cuando estamos con alguien percibimos que el otro está físicamente presente, pero no está centrado en nosotros. Su cuerpo sí está aquí, pero está disperso, en otro sitio, en otras preocupaciones. La persona que tiene delante no es “lo importante” en este momento, sino una “casualidad” que le hace perder tiempo o que le corta el hilo de lo que vive dentro de sí. Cuando alguien tiene esta percepción queda bloqueado, sin ganas de seguir adelante “para no estorbar”. Hay “detalles” que son revelación de la persona. Nuestra actitud corporal y gestual no tiene que dar la impresión de que queremos llevar al otro allí donde él no quiere ir, pero sí de estar junto a él “de cuerpo entero”.

Acompañar no es imponer caminos y pistas, sino ayudar a descubrir el camino que cada uno quiere seguir. Acompañar, estar presente es permitir que cada persona pueda hablar y decir la palabra que lleva dentro. Acompañar, estar presente es manifestar atención a cada persona, porque cada persona es singular y requiere que el otro le tenga en cuenta de manera singular. El bosque no puede impedirnos mirar a cada árbol con originalidad propia. Dar importancia a la persona de manera singular es de lo más movilizador y de lo que más puede alentar al otro a emprender caminos de vuelta. La publicidad y los comerciales se centran en la persona para “venderlos el producto”. En pastoral, no tenemos nada que vender. El Señor que nos anima es el mismo que está dentro del otro y precede a nuestra acción. Nosotros somos colaboradores que prestamos nuestra ayuda humilde para que la persona pueda decidir a acoger y a tomar en la mano los deseos profundos que le habitan. Ese es el camino para llegar al encuentro con Dios.

Para concluir, estamos ante un mundo de posibilidades que no podemos olvidar ni relegar. El abanico de las acciones pastorales necesita ser ampliado. No basta dar respuestas a los que están. Hay que pensar en los que se fueron y un día quieren regresar. Los que vuelven son hoy un reto para la acción pastoral de las comunidades. Centrados como estábamos en los que estaban dentro y a los que queríamos cuidar, hoy nos abrimos a los que vienen de recorrer otros caminos insospechados.

ÁLVARO GINEL

 
 
 
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