CAPTULO 1: EL CATEQUISTA
 

1.1. Durante el Congreso Internacional de Catequesis realizado en Roma en 2013, el Papa Francisco perfiló la identidad del catequista a partir de actitudes que manifiestan un don invalorable: el amor de Cristo, amor que nos hace capaces del testimonio.  Se trata, según manifestó el Santo Padre de “recomenzar desde Cristo” y, para ello, precisó tres actitudes que forjan la identidad del catequista:

 

  • La familiaridad con Jesús: sólo unidos a Él los catequistas podremos dar fruto. Sentirnos en la presencia del Señor y dejarnos mirar por Él. Esto constituye un modo de rezar y nos deja  tener acceso al fuego de la amistad de Cristo. Nos hace sentir que Él verdaderamente nos mira, está cerca de nosotros y nos ama.
Imitar a Jesús en el salir de uno mismo para ir al encuentro del otro: _”porque ¡quién pone en el centro de la propia vida a Cristo se descentra! Más nos unimos a Jesús y Él se convierte más en el centro de nuestra vida, más nos  hace salir de nosotros mismos, nos descentra y nos  abre a los otros.” El catequista es un hombre o una mujer que, a partir de Cristo, optan por vivir una verdadera cultura del encuentro.
No tener miedo de ir con  Jesús a las periferias: ahora en las palabras del Obispo de Roma, y  antes en las del Arzobispo de Buenos Aires, descubrimos el mismo impulso misionero que invita a salir al encuentro de los que no creen, de quienes se alejaron y aprendieron a vivir sin fe, a pesar de su humano e inefable anhelo de trascendencia. Y, en este reiterado llamado del Santo Padre, una vez más, su invitación a acercarnos a las periferias, sobre todo a las periferias existenciales de los que sufren y de los que tienen el corazón desgarrado por el sinsentido. Reiterando aquella contundente opción expresada en sus primeros meses de pontificado, Francisco volvió a decir que “prefiere una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma", una Iglesia inquieta, que sale, se mueve, se cuestiona y se arriesga. Si salimos a llevar el Evangelio de Cristo con amor, Él camina con nosotros y llega antes porque, en realidad, Él ya está en aquellas periferias a las que nosotros nos dirigimos impulsados por su llamado.

 

1.2. El catequista de verdad no el que simplemente trabaja de catequista, es el que cuida y alimenta la memoria de Dios, la cuida en sí mismo y sabe despertarla en los otros, sus interlocutores. “La fe contiene  la memoria de la historia de Dios con nosotros, la memoria del encuentro con Dios, que es el primero en moverse, que crea y salva, que nos transforma; la fe es memoria de su Palabra que inflama el corazón, de sus obras de salvación con las que nos da la vida, nos purifica, nos cura, nos alimenta. El catequista es precisamente un cristiano que pone esta memoria al servicio del anuncio; no para exhibirse, no para hablar de sí mismo, sino para hablar de Dios, de su amor y su fidelidad. Hablar y transmitir todo lo que Dios ha revelado, es decir, la doctrina en su totalidad, sin quitar ni añadir nada.”1

 

1.3. “Es preciso ayudarnos a comprender la urgencia de sostener, promover y formar catequistas capaces de afrontar los desafíos del tiempo presente, que sean conscientes del gran don de la fe y, al mismo tiempo, propongan el mensaje evangélico con un lenguaje que llegue al corazón del hombre y de la mujer de hoy, para que puedan convertirse en auténticos discípulos misioneros de Cristo. La Iglesia, por lo tanto, tiene necesidad de proponer itinerarios de iniciación cristiana, que a partir del anuncio del kerigma conduzcan a una verdadera conversión del corazón.” 2 En una línea de reciprocidad, afirmamos que “el catequista en formación, sólo si vive y hace la nueva Iglesia logrará modelarse como un nuevo creyente, atravesado por un renovado ardor misionero que ame y contagie al mundo de hoy, transmitiendo el don de la fe.  Será, al mismo tiempo anfitrión y comensal invitado, al banquete del Señor Jesús que celebra la fiesta de la Salvación. De esta manera podrá suscitar y desplegar, en cada varón y mujer de su tiempo, el deseo y la apropiación de la Buena Noticia de Jesús.”3 Estamos convocados a una catequesis del “insieme” 4, donde todos podemos recorrer itinerarios que nos lleven a la conversión, incluso después de la conversión primera. La Iglesia evangeliza y es evangelizada.

 

1.4. Los catequistas, al igual que todos los hombres y mujeres de buena voluntad, estamos llamados a crecer como evangelizadores. “Procuramos al mismo tiempo una mejor formación, una profundización de nuestro amor y un testimonio más claro del Evangelio. En ese sentido, todos tenemos que dejar que los demás nos evangelicen constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión evangelizadora, sino que encontremos el modo de comunicar a Jesús que corresponda a la situación en que nos hallemos. En cualquier caso, todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él, entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza  eso es lo que necesitas comunicar a los otros. Nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo.”5


1.5. Siguiendo a Víctor Manuel Fernández reconocemos en el catequista una identidad cristiana, una identidad personal, una identidad cultural y una identidad específicamente catequística. “¿Qué es un catequista? La respuesta parece obvia. Sin embargo, casi siempre lo que decimos de un catequista podría decirse de cualquier cristiano, o de un profesor, o quizás de una madre. En la misión del catequista hay algunas notas distintivas, que son propias de su tarea. ¿Qué importancia tiene descubrir mejor qué es lo que distingue a un catequista de los demás? Permite apasionarse más con la misión que Dios le ha regalado, porque ayuda a  descubrir cómo la propia vida es transformada por esa misión. A su vez, ayuda a determinar cuál es la espiritualidad propia de un catequista, ya que es la misión la que determina las características de la propia espiritualidad, y no al revés… La catequesis se convierte en una fiesta cuando el catequista siente que la identidad propia está tan marcada por esta misión que ya no puede entenderse plenamente a sí  mismo sin ella.”6

 

1.6. Los catequistas son parte de la comunidad eclesial. Ya hace mucho tiempo, la Iglesia subrayó la dimensión comunitaria de la Catequesis. La comunidad como fuente, lugar y meta ha situado el ministerio catequístico bajo el signo eclesial de la koinonía. Se inician en la fe de la comunidad y allí maduran sus opciones, haciéndose testigos de esa misma fe. Ellos no constituyen un simple grupo, como los que integran los movimientos o instituciones eclesiales. Ellos son la voz y el gesto de la fe de la comunidad. Ellos son ministros del anuncio…Pero la verdadera “catequista” es la comunidad misma. La Palabra del Señor se hace eco en la profunda experiencia de fe que viven sus miembros. Y el eco no puede callarse… Una vez vivida la experiencia de la fe, ella resuena en todo el espacio catequístico, que es la comunidad eclesial. Resuena y se propaga suscitando la fe naciente de los que se acercan y fortaleciendo la fe más madura de todos sus integrantes.La Iglesia toda posee la función profética y la ha delegado en algunas personas que han sido, especialmente, llamadas a anunciar la Buena Noticia de Jesús. Toda delegación supone una simple entrega de la tarea en sí misma, pero nunca es una entrega de la responsabilidad contenida en esa tarea.Si la comunidad eclesial se despreocupara de su función profética, se desnaturalizaría. No sería quien está llamada a ser. La Catequesis no es, por lo tanto, un ámbito cerrado y reservado a unos pocos “especialistas” del anuncio.

 

1.7. Durante muchos años y, todavía hoy en algunos casos, la formación de los catequistas se ha inspirado en un modelo de “vulgarización teológica”. Este tipo de formación del catequista tiende a que reciba una serie de informaciones teológicas simplificadas y resumidas. Se sigue así la lógica del resumen, de más a menos: Profesor → catequista → interlocutores, con la inevitable pérdida de profundidad en cada estamento. Es una formación que logra catequistas repetidores, reproductores de nociones poco profundas.

 

“Al catequista le sería muy difícil improvisar, en su acción catequística, un estilo y una sensibilidad en los que no hubiera sido iniciado durante su formación.”7

 

1.8. Resultará estéril, por lo tanto, animarlo a una Catequesis propositiva si él, por su parte, recibió una formación fundamentalmente expositiva y de cátedra, sin o con escaso protagonismo del catequista en formación. Señalamos estas perspectivas complementarias en la formación de catequistas: la propuesta de la fe (el catequista evangelizador que propone la siempre atrayente novedad del Evangelio) y el cuidado de la fe (el catequista pedagogo que enseña y acompaña en el camino de crecimiento y profundización de la fe). En palabras de Aparecida, podríamos expresar esto mismo diciendo “el encuentro con Cristo” y “el discipulado”8

 

1.9. En la mayoría de nuestras comunidades la Catequesis está pensada y organizada en el horizonte del “cuidado de la fe”. Muchos  interlocutores del Mensaje no han tenido todavía el encuentro con Cristo que transforma su vida y, paradójicamente, los procesos catequísticos que se les propone buscan cuidar una fe inexistente, abandonada u olvidada. Estos interlocutores, en reiteradas ocasiones, se han acostumbrado a vivir sin fe pero, al mismo tiempo y casi sin saberlo, están en una búsqueda religiosa.

 

1.10. En la mayoría de los casos, la formación de los catequistas se ha concentrado en su capacidad de educar en la fe a personas ya creyentes, pensada y organizada según la lógica de la educación de una fe ya presente. Aquí está el desfasaje profundo entre la realidad y una formación catequística eficaz. Es éste el motivo fundamental de las dificultades de muchos catequistas y de su sensación de incapacidad. Muchas personas siguen pidiendo los sacramentos y manifiestan una parcial pertenencia a la comunidad eclesial y, a la vez, su vida está orientada según criterios muy secularizados. Nuestros interlocutores reclaman dos atenciones: el segundo primer anuncio9, como propuesta que suscita reiteradamente la fe, incluso después de la conversión primera, y la profundización de la fe en un camino de discipulado. Teniendo esto en cuenta, creemos que la formación de los catequistas no debe ser pensada como un paso absoluto y excluyente del catequista pedagogo de la fe al catequista evangelizador, sino que las dos dimensiones deben complementarse en la formación.

 

1.11. Para un itinerario de formación que responda a la nueva fisonomía de catequistas, a la vez capaces de proponer la fe (evangelizadores) y de acompañar su desarrollo y profundización (pedagogos de la fe),  proponemos una formación que incluya un planteamiento narrativo y kerigmático10. El talante narrativo de la formación introduce en la formación la experiencia de los catequistas, la narración de sus historias humanas y de fe, el cruce de sus narraciones con las grandes narraciones bíblicas. El planteamiento kerigmático, es decir el del primer o segundo anuncio, contribuye a situar a los catequistas en contacto con el corazón del Evangelio, en orden a una adhesión renovada a Cristo y a los contenidos del Símbolo en la comunidad eclesial.Si son formados en esto, naturalmente darán a su Catequesis una connotación kerigmática, de primer o segundo anuncio.      

 

1.12. “Apoyado en una madurez humana inicial, el ejercicio de la catequesis constantemente discernido y evaluado, permitirá al catequista crecer en equilibrio afectivo, en sentido crítico, en unidad interior, en capacidad de relación y de diálogo, en espíritu constructivo y en trabajo de equipo. Se procurará, sobre todo, hacerle crecer en el respeto y amor hacia los catecúmenos y catequizandos: ¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre: más aún, el de una madre. Tal es el amor que el Señor espera de cada anunciador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia.

 

1.13. La formación cuidará, al mismo tiempo, que el ejercicio de la catequesis alimente y nutra la fe del catequista, haciéndole crecer como creyente. Por eso, la verdadera formación alimenta, ante todo, la espiritualidad del propio catequista, de modo que su acción brote, en verdad, del testimonio de su vida. Cada tema catequético que se imparte debe nutrir, en primer lugar, la fe del propio catequista. En verdad, uno catequiza a los demás catequizándose antes a sí mismo. La formación, también, alimentará constantemente la conciencia apostólica del catequista, su sentido evangelizador. Para ello ha de conocer y vivir el proyecto de evangelización concreto de su Iglesia diocesana y el de su parroquia, a fin de sintonizar con la conciencia que la Iglesia particular tiene de su propia misión. La mejor forma de alimentar esta conciencia apostólica es identificarse con la figura de Jesucristo, maestro y formador de discípulos, tratando de hacer suyo el celo por el Reino que Jesús manifestó. A partir del ejercicio de la catequesis, la vocación apostólica del catequista, alimentada con una formación permanente, irá constantemente madurando.

 

1.14. Además de testigo, el catequista debe ser maestro que enseña la fe. Una formación bíblico-teológica adecuada le proporcionará un conocimiento orgánico del mensaje cristiano, articulado en torno al misterio central de la fe que es Jesucristo.El contenido de esta formación doctrinal viene pedido por los elementos inherentes a todo proceso orgánico de catequesis: las tres grandes etapas de la Historia de la salvación: Antiguo Testamento, vida de Jesucristo e historia de la Iglesia; los grandes núcleos del mensaje cristiano: Símbolo, liturgia, moral y oración. En el nivel propio de una enseñanza teológica, el contenido doctrinal de la formación de un catequista es el mismo que el que la catequesis debe transmitir. Por otra parte, la Sagrada Escritura deberá ser como el alma de toda esta formación. El Catecismo de la Iglesia Católica, será referencia doctrinal fundamental de toda la formación, juntamente con el Catecismo de la propia Iglesia particular o local.

 

1.15.  El catequista adquiere el conocimiento del hombre y de la realidad en la que vive por medio de las ciencias humanas, que han alcanzado en nuestros días un incremento extraordinario. « Hay que conocer y emplear suficientemente en el trabajo pastoral no sólo los principios teológicos sino también los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre todo en psicología y sociología, llevando así a los fieles a una más pura y madura vida de fe. Es necesario que el catequista entre en contacto al menos con algunos elementos fundamentales de la psicología: los dinamismos psicológicos que mueven al hombre, la estructura de la personalidad, las necesidades y aspiraciones más hondas del corazón humano, la psicología evolutiva y las etapas del ciclo vital humano, la psicología religiosa y las experiencias que abren al hombre al misterio de lo sagrado...Las ciencias sociales proporcionan el conocimiento del contexto socio-cultural en que vive el hombre y que afecta decisivamente a su vida. Por eso es necesario que en la formación de los catequistas se haga  un análisis de las condiciones sociológicas, culturales y económicas, en tanto que estos datos de la vida colectiva pueden tener una gran influencia en el proceso de la evangelización. Junto a estas ciencias recomendadas explícitamente por el Concilio Vaticano II, otras ciencias han de estar presentes, de un modo u otro, en la formación de los catequistas, especialmente las ciencias de la educación y ciencias de la comunicación”.11

 

1.16. “Junto a las dimensiones que conciernen al ser y al saber, la formación de los catequistas, ha de cultivar también la del saber hacer. El catequista es un educador que facilita la maduración de la fe que el catecúmeno o el catequizando realiza con la ayuda del Espíritu Santo. Lo primero que hay que tener en cuenta en este decisivo aspecto de la formación es respetar la pedagogía original de la fe. En efecto, el catequista se prepara para facilitar el crecimiento de una experiencia de fe de la que él no es dueño. Ha sido depositada por Dios en el corazón del hombre y de la mujer. La tarea del catequista es sólo cultivar ese don, ofrecerlo, alimentarlo y ayudarlo a crecer. La formación tratará de que madure en el catequista la capacidad educativa, que implica: la facultad de atención a las personas, la habilidad para interpretar y responder a la demanda educativa, la iniciativa de activar procesos de aprendizaje y el arte de conducir a un grupo humano hacia la madurez. Como en todo arte, lo más importante es que el catequista adquiera su estilo propio de dar catequesis, acomodando a su propia personalidad los principios generales de la pedagogía catequética.”12

 

1.17. Durante el I Seminario Nacional de Catequesis de 2011 decíamos: “Proponemos que el catequista en formación sea, al mismo tiempo, anfitrión y comensal invitado al banquete del Señor Jesús que celebra la fiesta de la salvación… Será necesario que el catequista, en su proceso de formación y en su posterior itinerario de servicio, cuente con un espacio comunitario que le permita alimentar y compartir su fe.”13 Esto nos lleva a sugerir otras dos perspectivas en los procesos de formación de catequistas: contribuir a promover identidades cristianas adultas y desarrollar una competencia específica al servicio de la comunicación de la fe. Esto implica, al mismo tiempo,  la formación en  la fe adulta del catequista y la formación para la comunicación de la fe.

 

1.18. Un catequista que crece en la fe adulta hace y renueva permanentemente la opción por el Señor Jesús, tiene un sentido de pertenencia responsable a la Iglesia y puede captar el significado de la fe para los problemas del hombre y de la sociedad. La competencia comunicativa, por su parte, abarca  la capacidad de acceso correcto a las fuentes de la catequesis con una asimilación personal y progresiva de sus contenidos fundamentales; y la capacidad de integrar juntamente los distintos elementos (contenidos, situación de los destinatarios, contexto eclesial, instrumentos didácticos, lenguaje, interacción), con vistas a favorecer el camino de fe de los catequizandos.

 

1.19. Para definir la perspectiva de la promoción de identidades cristianas adultas utilizamos esta expresión: “la catequesis del catequista”. En una reflexión, con ocasión del día del catequista,  decíamos al respecto: “Para ser entrañablemente él mismo, el catequista necesita hacerse destinatario de la catequesis. Destinatario de itinerarios formativos diseñados para él, en los cuales la educación en la fe sea intencional y sistemáticamente favorecida. En el integral entramado de dimensiones diversas asumidas por la formación de los catequistas, tendrá un lugar privilegiado la educación de la fe,  que ha de ser sostenida, fortalecida, animada, informada y testimoniada a lo largo de toda la vida.”14 Una formación del catequista sólo funcional o didáctica no tiene sentido, es estéril estrategia. Al mismo tiempo, la sola maduración de la fe del catequista, sin hacerlo capaz de su tarea específica, sería también un proceso formativo parcial, inacabado e incompleto.


 

1. S.S. Francisco durante el Congreso Internacional de Catequesis, Roma, 2013.

2. Cfr. Conclusiones del Congreso Internacional de Catequesis 2013.

3. Cfr. el Documento de Apertura de las IV Jornadas Nacionales de Catequética, ISCA, 2008.

4. Esta expresión que significa “todos juntos” ha sido empleada en el número 81 del texto del I SENAC.

5. Cfr.  EG 121

6. Cfr. Víctor Manuel Fernández, “La identidad específica del catequista”, ENAC, 2002.

7. DGC 237.

8. DA. Nº 278

9. Biemmi, Enzo,Il secondo annuncio. La grazia di ricominciare”, Bologna:EDB, Bologna 2011.

10. Estas notas para la formación de catequistas fueron presentadas por Enzo Biemmi durante las Jornadas de la Asociación Española de Catequetas en diciembre de 2011.

11. Cfr. DGC 239 – 242.

12. Cfr.DGC 244.

13. Cfr. SENAC, “Catequesis en clave misionera: Relación entre Primer Anuncio, Iniciación Cristiana y Catequesis Permanente,” Ed. San Pablo, Buenos Aires, 2012, Nº 62.

 
CAPÍTULO 2: LA CATEQUESIS
 

2.1.La Catequesis no es igual a otro movimiento eclesial, que puede estar o no estar en la Iglesia. Es una acción eclesial y, por lo tanto, una obra humano – divina. En la Iglesia distinguimos cuatro funciones, mediaciones o signos eclesiales: la Diaconía (signo del Reino realizado en el amor y en el servicio fraterno); la Koinonía (signo del Reino vivido en la fraternidad y en la comunión); la Martyría o Profecía (signo del Reino proclamado en el anuncio salvífico del Evangelio) y la Liturgia (signo del Reino celebrado en ritos festivos y liberadores). La catequesis integra la función de la Profecía en la cual se incluyen también las otras acciones del Ministerio Tripartito de la Palabra. Tradicionalmente, se distinguen en él: la Predicación Misionera o Primer Anuncio, la Catequesis y la Homilía.

 

“Esta triple división hace referencia a los distintos destinatarios de la Palabra (no creyentes, catecúmenos, comunidad cristiana… A veces este esquema aparece modificado o ampliado, como en las cinco formas de las que habla el DGC nº 51: la convocatoria o llamada a la fe, la función de iniciación, la educación permanente de la fe, la función litúrgica y la función teológica.”15

 

2.2. Siguiendo al Padre Emilio Alberich nos referimos a las cuatro mediaciones como signos al servicio del Reino y no de la Iglesia. Esto que decimos no tiene, por supuesto, un significado excluyente porque damos por sentado que, cuando servimos a la Iglesia, estamos sirviendo al Reino. Esta posición viene dada de una concepción de pastoral reinocéntrica o centrífuga, superadora de una pastoral tradicional, con predominio de la práctica devocional y sacramental (pastoral eclesiocéntrica o centrífuga.)

 

“Como se ve, las actuales circunstancias reclaman una conversión pastoral profunda, sin nostalgias de ‘cristiandad’ ni deseos de reconquista, abiertos al futuro en el servicio desinteresado al Reino de Dios y fieles a la misión evangelizadora. Se vuelve a vislumbrar la necesidad de un nuevo modelo de cristiano, de un tipo remozado de comunidad cristiana, de un nuevo proyecto de Iglesia. Habrá que repensar toda la Catequesis en función de esta nueva orientación pastoral”16

 

2.3. Desarrollamos cronológicamente  cinco concepciones catequéticas que no se niegan una a la otra, sino que se complementan para tratar de abordar, en toda su profundidad, la naturaleza y la finalidad de esta acción esencialmente eclesial.  Algunos tópicos se reiteran, amplían y/o profundizan, dado que el Magisterio catequístico se fue configurando sobre los documentos anteriores, con el aporte siempre nuevo del contexto eclesial en el cual se fue desarrollando y atento también a la reflexión catequética de cada tiempo. El Sínodo17 de 1977 señaló, por un lado, la difusión viva y activa de la Palabra de Dios, ahondando en el conocimiento de la Persona de Cristo y, por otro lado, subrayó la educación ordenada y progresiva de la fe18. La Catechesi tradendae de 1978 privilegió el encuentro con la Persona de Jesús, de modo que el objeto de la Catequesis es el Misterio de Cristo y su finalidad es la comprensión profunda de ese Misterio, en orden a la plenitud en Dios.19 El JEP (Juntos para unaEvangelización Permanente) de 1988 señaló el aspecto procesual del crecimiento y maduración en la fe en un contexto comunitario – eclesial. De este modo se alcanza a descubrir el significado último de la existencia y del mundo. El Directorio General para la Catequesis de 1997 señaló la diferencia entre el Primer Anuncio dirigido a los que no tienen fe y la Catequesis, ministerio al servicio del crecimiento de esa fe que ya ha sido suscitada en el corazón de las personas.20 Aunque son pocos los números que, en Aparecida, tratan el tema de la catequesis, sin embargo, todo el documento tiene un tono catequístico, comenzando por el mismo título: “Discípulos y Misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida.” El Documento de la Vª Conferencia Episcopal Latinoamericano señala la centralidad de la Iniciación Cristiana como itinerario que ha de recorrer todo discípulo misionero.

 

“El Documento insiste en que esta Iniciación Cristiana debe incluir el Kerigma o Primer Anuncio de la fe, ya que es la manera práctica de poner en contacto con Jesucristo e iniciar en el discipulado. Este énfasis que da el Documento nos refleja claramente cómo la Iniciación Cristiana tiene que estar en sintonía con todo el proceso evangelizador que tiene su origen en la también llamada acción misionera, pero que no termina nunca, ya que continúa en la Catequesis Permanente.”21

 

2.4. La Catequesis es una acción eclesial y vital que guarda y transporta hacia el corazón de cada hombre la Palabra siempre viva, la misma que pronunció Dios a través de la Encarnación de su Hijo. Pero, para que esta Palabra fuera asumida y comprendida en plenitud, Dios la dijo a modo humano utilizando para ello el método de una presencia.22 El diálogo de amor eterno de Dios con la humanidad es esencialmente una pedagogía, un modo de encontrarse y de caminar juntos. Los expertos de catequesis del CELAM, recogiendo las experiencias catequísticas de los países latinoamericanos y las nuevas situaciones y desafíos que han surgido en nuestro continente, señalan los rasgos fundamentales de la pedagogía de Dios.

 

“La pedagogía de Dios es paciente con el ritmo y el proceso de cada uno, persona o comunidad, para llegar a la fe. Sabe guardar en la esperanza la hora que a cada uno se le ha dado para creer, sin violentarse ni usar violencia con nadie. En la pedagogía divina sobresa­le la invitación de Dios para que el ser humano edifique su vida sobre la base de valores nuevos. Dios ve el mundo, la historia y el hombre, en relación con los valores que Él mismo ofrece para renovarlos y dignificarlos. La pedago­gía divina ofrece ciertamente valores excelentes como fundamento de la vida, pero también entraña una serie de exigencias para aquellos que adoptan el seguimiento de Cristo como programa de vida.”23

 

2.5. Esta pedagogía es personalizada, en el sentido de su arraigo en la vida concreta de la persona. Parte de la realidad vital y original de cada uno, interpelándolo a la conversión y a la respuesta de la fe. Dios quiere redimir a su creatura, devolverle la dignidad con la cual la creó y hacerla, de este modo, capaz de dialogar con Él. En la pedagogía divina descubrimos el amor de Dios por el hombre, su permanente e infinita voluntad de salvarlo, su paciencia para el tiempo de la fe en cada uno y su incondicional confianza en lo mejor de cada persona.24 La Palabra de Dios se hizo carne y vino a vivir entre nosotros. Dios pronunció su Palabra definitiva y plena asumiendo la naturaleza humana. Así nos habló con palabras y gestos de hombre, se dio a conocer y se reveló a sí mismo con una Palabra que hoy permanece viva a través de la Catequesis. El misterio se hizo Palabra comprensible y significativa. Una Palabra siempre viva, ofrecida e interpretada a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos y de todas las culturas.

 

2.6. En la plenitud de los tiempos, el Padre Dios envió a su Hijo Jesús que se hizo pedagogo de Dios y educó según el estilo de su Padre. No hay Revelación más plena que el Verbo, la Palabra pronunciada por el Padre a través de la Encarnación del Hijo. Los discípulos llamaban “Maestro” al Señor y él les enseñaba con gestos y con palabras, haciéndolos vivir la experiencia de la  Pedagogía de Jesús.25 Los discípulos de Jesús van configurando su vida con la de Él y aprenden de Jesús también su pedagogía. Según la Constitución LG 1, la Iglesia es en Cristo como un sacramento. Ella ilumina a toda la humanidad anunciándoles la Palabra de Dios. Por lo tanto la pedagogía de la Iglesia está llamada a ser la misma pedagogía de Jesús. En esa pedagogía han de darse los mismos rasgos: el amor, el respeto, la paciencia, el acompañamien­to, la fidelidad...

 

“Estas son las razones profundas por las que la comunidad cristiana es en sí misma Catequesis viviente. Siendo lo que es, anuncia, celebra, vive y permanece siempre como el espacio vital indispensable y primario de la catequesis. La Iglesia ha generado a lo largo de los siglos un incomparable patrimonio de pedagogía de la fe.”26

 

2.7. Los catequistas son parte de la comunidad eclesial. Ya hace mucho tiempo, la Iglesia subrayó la dimensión comunitaria de la Catequesis. La comunidad como fuente, lugar y meta ha situado el ministerio catequístico bajo el signo eclesial de la Koinonía.27 Los catequistas se inician en la fe de la comunidad y allí maduran  sus opciones, haciéndose testigos de esa misma fe. No constituyen un simple grupo, como los que integran los movimientos o instituciones eclesiales.  En ellos la comunidad ha delegado la misión del anuncio explícito. La verdadera "catequista" es la comunidad misma.

“Esta tarea de anuncio y proclamación no está reservada sólo a algunos ni a pocos elegidos. Es un don hecho a cada hombre que responde a la llamada de la fe. La transmisión de la fe no es una acción reservada a una persona individual encomendada de esa tarea. Es un deber de cada cristiano y de toda la Iglesia, que en esta acción redescubre continuamente la propia identidad de pueblo congregado por la llamada del Espíritu, para vivir la presencia de Cristo entre nosotros, y descubrir así el verdadero rostro de Dios, que es para nosotros Padre.”28

 

2.8. La comunidad cristiana busca permanentemente hacer suya la pedagogía de Jesús. Se sitúa delante del Maestro reconociéndolo como camino, verdad y vida (Jn 14, 6). Sólo nutriéndose en la pedagogía de Jesús, la comunidad cristiana será capaz de educar en la fe. Aprendiendo de Jesús, que vivió entre los hombres de su tiempo histórico, revelando al Padre con los lenguajes humanos propios de la cultura en la que vivió, la pedagogía catequística, a la luz de la Encarnación, asume la inculturación como criterio articulador esencial en la trasmisión de la fe.

 

“La Catequesis, a la vez que debe evitar todo tipo de manipulación de una cultura, no puede limitarse a la simple yuxtaposición del Evangelio a ésta y como con un barniz superficial, sino que debe proponer el Evangelio de manera vital, en profundidad y hasta las mismas raíces de la cultura y de las culturas. Esto determina un proceso dinámico integrado por diversos momentos, relacionados entre sí: esforzarse por escuchar, en la cultura de los hombres, el eco (presagio, invocación, señal...) de la Palabra de Dios; discernir cuánto hay de valor evangélico o al menos abierto a él; purificar lo que está bajo el signo del pecado (pasiones, estructuras del mal...) o de la fragilidad humana; suscitar en los catequizandos actitudes de conversión radical a Dios, de diálogo con los demás y de paciente maduración interior.”29

 

2.9. Así como el acontecimiento de la Encarnación penetró en el hombre "como el lenguaje propio" de un Dios que es Amor, estamos invitados a traducir su mensaje amoroso en la realidad actual atendiendo a los cambios estructurales que vive y sufre nuestra cultura. La Encarnación es el fundamento de la inculturación. El Verbo se inculturó. Fue judío, hijo de una cultura propia, con sus riquezas y pobrezas, con sus valores y desvalores. Del mismo modo, por la inculturación del Evangelio, la fe transmite sus valores, asumiendo lo que hay de positivo en las culturas, renovándolas desde adentro. Y, a su vez, las diversas expresiones de fe se enriquecen con la diversidad de expresiones culturales.

 

2.10. En la historia evangelizadora de la Iglesia, la Catequesis y otras formas del Ministerio de la Palabra han sido mediaciones proféticas entre el Evangelio y las culturas. Por esas mediaciones, el Evangelio se ha hecho palabra inculturada y la cultura, realidad evangelizada. Para inculturar el Evangelio, la Iglesia necesita ante todo dejarse poseer por la Palabra de Dios que la hace sensible a los diversos espacios culturales con los que debe entrar en contacto, sin perder de vista su objetivo primordial, que consiste en transformar las culturas desde su interior. Estas mediaciones tienen fuerza de salvación porque son acciones eclesiales en las que interviene Dios con su gracia.

 

2.11. La pedagogía de Dios, que la catequesis actualiza, requiere de cauces  que le permitan conseguir sus propios fines. No alcanza con señalar líneas pedagógicas de la educación en la fe. Es también indispensable seleccionar procedimientos prácticos para hacer operativa esa pedagogía.

 

“La Revelación de Dios, por lo tanto, no consta sólo de verdades por comunicar (fondo, contenido), sino también de un modo de comunicarlas (forma, método), por lo cual uno y otro están en referencia mutua y se aclaran. Por ello, la pregunta que debe guiar a los catequistas es: para estos destinatarios específicos, ¿cuál es el mejor método que les debo proponer para que sean interpelados por esta Palabra de Dios?”30

 

2.12. Siguiendo a Frans De Vos, afirmamos que podemos llegar a creer que  el método 31 catequístico  se asemeja a cualquier método educativo, sin embargo tiene algo propio que no puede ser reemplazado. La pedagogía catequística es una obra divino-humana. Es al mismo tiempo obra de Dios y obra del hombre. Es una tarea humana que implica estudio, profundización científica y descubrimiento de los aportes de la Teología, la Pedagogía y las ciencias auxiliares de la Catequesis (como la Psicología, la Sociología y las Ciencias de la Comunicación, entre otras). Pero es, sobre todo, obra de Dios.  El método catequístico se distingue esencialmente de cualquier otro método de enseñanza porque en la Catequesis es Cristo mismo el que se hace presente y el catequista tiene que hacerse a un lado para que todos se dejen enseñar por Él. En la metodología catequística catequista y catequizando están en relación de escucha. El catequista, que es discípulo de Cristo, tiene por principal misión ayudar al catequizando a escuchar a Cristo y hacerlo su discípulo, mientras él también, como discípulo misionero sigue siempre escuchando al Maestro.32

 

2.13. El Padre Emilio Alberich ha señalado cinco dimensiones fundamentales de la Palabra de Dios: la cristológica, la liberadora, la histórica, la espiritual y la escatológica. A la luz de sus reflexiones, se pueden indicar algunas notas básicas para los métodos en la catequesis. Ellos deben servir más para el encuentro personal e íntimo con Jesús que para la simple transmisión de contenidos;  deben llevar a poner como centro de referencia de todo contenido a Jesús;  deben motivar la comunicación personal; deben acercarse al hombre en todas sus capacidades personales; deben iluminar la existencia humana; deben llevar a descubrir los vehículos culturales utilizados para la transmisión de la Palabra, así como a repensarla y actualizarla en nuevas expresiones; deben realizarse en un clima de docilidad al Espíritu; deben invitar a la proclamación del Evangelio con seguridad y firme adhesión;  deben presentar certezas, invitando a la espera del tiempo final en el cual Dios será todo en todos.33

 

2.14. El  concepto de método es sumamente rico y no admite un uso impropio del término, que lo reduzca a la mera utilización de técnicas o dinámicas. El método las incluye pero, a la vez, las sobrepasa. El método, etimológicamente significa "camino hacia", o "cauce comunicativo", camino para llegar a un fin. Se puede describir como el conjunto de técnicas y procedimientos de acuerdo a un criterio determinado y teniendo en vista un determinado fin. Tratándose del método en catequesis, la finalidad del camino es la Comunión con Cristo: "El fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo" 34 El método va siempre acompañado de una cosmovisión de la realidad vital de la persona (interlocutor del Mensaje) y de la concepción de Catequesis que subyace en la utilización de determinado método. Por esto tiene tanta importancia la reflexión acerca del método más adecuado para una comunidad. En este campo, la Catequética y la realización de adecuados diagnósticos pastorales dan elementos para una mejor opción metodológica.

 

2.15. Hay una pluralidad de métodos que muestran la riqueza del hacer catequístico y de la reflexión catequética. Nos detenemos en dos de ellos, cada uno de los cuales puede a su vez tener especificaciones que los diferencien: el método deductivo, kerigmático o descendente que parte del Mensaje para suscitar, hacer crecer o educar una fe que se encarna en la vida de las personas y el método inductivo, existencial o ascendente que parte de la vida humana para, luego, iluminarlos con la Palabra de Dios que provoca la respuesta de fe.

 

“La doble alma de la reflexión catequética explica la persistencia proverbial de clásicas tensiones entre las vertientes teológica y pedagógica de la Catequética y de hecho la historia de la praxis y de la teoría de la Catequesis está caracterizada por la presencia de binomios dialécticamente polarizados en un dinamismo que va desde la complementariedad fecunda hasta el choque polémico. He aquí algunos de los más conocidos: fidelidad a Dios y fidelidad al hombre; pedagogía divina y pedagogía humana; madurez cristiana y madurez humana; contenido y método.”35        

                                                                                            

2.16. A partir del principio de reciprocidad entre situación humana y mensaje revelado, han de asumirse estos binomios integrándolos complementariamente, evitando la oposición entre sus términos e incorporando, además, los aportes de las Ciencias de la Comunicación que otorgan al estatus epistemológico de la Catequética otra vertiente que no descarta ni se opone a la dimensión teológica ni a la pedagógica, sino que las enriquece e integra. A veces, se presenta la catequesis experiencial como un modelo catequético que se corresponde con un determinado método. La experiencia supera cualquier planteo metodológico, puesto que es esencial a la naturaleza y a la finalidad de la Catequesis. La verdadera experiencia es siempre una realidad transformadora y favorece la conversión. Para aproximarnos a la comprensión de este alcance transformador, habrá que superar la idea superficial que identifica la experiencia de una persona con los años transcurridos o con las situaciones vividas.

 

“He aquí, esquemáticamente, los elementos constitutivos de la experiencia: realidad o situación vivida; realidad vivida intensamente; realidad pensada e interpretada; realidad expresada y objetivada y realidad transformadora. Si las experiencias son profundas y auténticas, las personas quedan transformadas, cambiadas.”36

 

2.17. En la experiencia se ponen íntimamente en contacto la realidad con la subjetividad de la toda persona. La realidad es conocida profundamente. En términos realistas podríamos decir que es conocida en su núcleo inteligible, en su misma esencia. Ese conocimiento profundo de la realidad es un conocimiento plenamente humano. Es comunicado a los hombres y mujeres de una cultura según el modo de esa cultura y, a la vez, según un modo profundamente cristiano. Como cuando el Hijo de Dios se encarnó y vino a vivir entre los hombres y mujeres de una cultura y de un tiempo histórico.

 

“La Catequesis puede ser definida como una comunicación experiencial significativa de la fe cristiana. Y esto es posible por el principio de reciprocidad entre problemas humanos y mensaje revelado, que es propio de la Palabra de Dios en su encarnación histórica”37

 

2.18. A lo largo de la historia humana, la Catequesis continúa anunciando la Revelación que Dios hizo al hombre. Se trata de un acto de comunicación humana y divina. Como comunicación humana, está sujeta a las reglas de toda comunicación entre las personas. Como comunicación divina, está sujeta a las reglas que surgen de la manera como Dios se comunica en la Revelación. Es legítimo mirar la cultura como un conjunto de lenguajes y expresiones a través de los cuales sus miembros manifiestan su ser profundo y establecen lazos de convivencia. Siguiendo al Padre Francisco Merlos Arroyo, afirmamos que ser parte de una cultura es, en este sentido, aprender los lenguajes que ella emplea para hacer circular la vida entre sus miembros.38


“La Palabra de Dios se hizo hombre, hombre concreto, situado en el tiempo y en el espacio, enraizado en una cultura determinada: Cristo, por su encarnación, se unió a las concretas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió”. 39

 

2.19. Será preciso plantear el lenguaje catequístico desde las categorías culturales y experienciales de los hombres y mujeres a los que se dirige, comprendiendo que este esfuerzo de actualización o reformulación del lenguaje religioso no es más que una búsqueda encaminada hacia el propósito de hablar de hablar de Dios con palabras humanas.40

 

“Asumiendo el desafío de hacer accesible el lenguaje de la fe a la cultura contemporánea y a los catequizandos de nuestra época, la Catequesis está llamada a fomentar nuevas expresiones del Evangelio.”41

 

2.20. La tarea de la comunicación es de importancia decisiva en el anuncio explícito de Cristo. El contexto cultural en el que nos encontramos requiere una fe comprometida, una convencida adhesión al Evangelio, pero también una especial capacidad comunicativa. Una Catequesis que no tiene en cuenta las formas con las que hoy la sociedad se expresa, las categorías mediante las cuales las personas elaboran sus propios juicios sobre la realidad y los principales lazos existenciales en el tejido de la vida cotidiana, puede restar realce a la belleza del  Mensaje que deseamos comunicar, es decir el Evangelio.

 

2.21. “Una característica de la catequesis, que se ha desarrollado en las últimas décadas, es la de una iniciación mistagógica, que significa básicamente dos cosas: la necesaria progresividad de la experiencia formativa donde interviene toda la comunidad y una renovada valoración de los signos litúrgicos de la iniciación cristiana. Muchos manuales y planificaciones todavía no se han dejado interpelar por la necesidad de una renovación mistagógica, que podría tomar formas muy diversas de acuerdo con el discernimiento de cada comunidad educativa. El encuentro catequístico es un anuncio de la Palabra y está centrado en ella, pero siempre necesita una adecuada ambientación y una atractiva motivación, el uso de símbolos elocuentes, su inserción en un amplio proceso de crecimiento y la integración de todas las dimensiones de la persona en un camino comunitario de escucha y de respuesta.”42

 

2.22. “Es bueno que toda catequesis preste una especial atención al «camino de la belleza» (via pulchritudinis). Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas. En esta línea, todas las expresiones de verdadera belleza pueden ser reconocidas como un sendero que ayuda a encontrarse con el Señor Jesús. No se trata de fomentar un relativismo estético, que pueda oscurecer el lazo inseparable entre verdad, bondad y belleza, sino de recuperar la estima de la belleza para poder llegar al corazón humano y hacer resplandecer en él la verdad y la bondad del Resucitado. Si, como dice san Agustín, nosotros no amamos sino lo que es bello, el Hijo hecho hombre, revelación de la infinita belleza, es sumamente amable, y nos atrae hacia sí con lazos de amor. Entonces se vuelve necesario que la formación en la via pulchritudinis esté inserta en la transmisión de la fe. Es deseable que cada Iglesia particular aliente el uso de las artes en su tarea evangelizadora, en continuidad con la riqueza del pasado, pero también en la vastedad de sus múltiples expresiones actuales, en orden a transmitir la fe en un nuevo «lenguaje parabólico».


Hay que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una nueva carne para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de belleza que se valoran en diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos para otros.”43

 

2.23. “En lo que se refiere a la propuesta moral de la catequesis, que invita a crecer en fidelidad al estilo de vida del Evangelio, conviene manifestar siempre el bien deseable, la propuesta de vida, de madurez, de realización, de fecundidad, bajo cuya luz puede comprenderse nuestra denuncia de los males que pueden oscurecerla. Más que como expertos en diagnósticos apocalípticos u oscuros jueces que se ufanan en detectar todo peligro o desviación, es bueno que puedan vernos como alegres mensajeros de propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza que resplandecen en una vida fiel al Evangelio.”44

 

 

15. Emilio Alberich, obra ya citada, Quito: Ed. Abya – Yala, 2003 pág. 43.

16. Emilio Alberich, obra ya citada, Quito: Ed. Abya – Yala, 2003 pág. 52.

17. En lenguaje eclesiástico la palabra “sínodo” (del griego synodos, “camino conjunto”) se usa para designar reuniones a distintos niveles para discutir asuntos relacionados con la Iglesia. Se trata de una noción antigua, que puede referirse tanto a reuniones a nivel diocesano (sínodos diocesanos y concilios particulares/ provinciales) como a concilios ecuménicos, que  son los sínodos de la Iglesia universal. El cuarto sínodo ordinario (1977) se ocupó de la Catequesis. Aunque se preparó bajo Pablo VI, fue Juan Pablo II quien se encargó de publicar la exhortación apostólica La Catequesis en nuestro tiempo(CT)

18. Catequesis es "la actividad constantemente necesaria para difundir viva y activamente la Palabra de Dios y ahondar en el conocimiento de la Persona y del mensaje salvador de Nuestro Señor Jesucristo; la actividad que consiste en la educación ordenada y progresiva de la fe y que está ligada estrechamente al permanente proceso de maduración de la misma fe." (Mensaje del Sínodo de la Catequesis al Pueblo de Dios).

19. “…En el centro de la catequesis encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret, Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, que ha sufrido y ha muerto por nosotros y que ahora, resucitado, vive para siempre con nosotros. Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, y la vida cristiana consiste en seguir a Cristo, en la sequela Christi. El objeto esencial y primordial de la catequesis es, empleando una expresión muy familiar a San Pablo y a la teología contemporánea, el Misterio de Cristo.” (C.T. Nº 5)

20. "La Catequesis es un camino de crecimiento y maduración de la fe en un contexto comunitario-eclesial que da sentido a la vida. En efecto, por medio de la catequesis todos los hombres pueden captar el plan de Dios Padre, centrado en la Persona de Jesucristo, en su propia vida cotidiana. Además pueden descubrir el significado último de la existencia y de la historia." (JEP Nº 50)

21. Eduardo Mercado G.,“A la luz de Aparecida… La Catequesis”, Bogotá: CELAM, 2008, pág. 62

22. Don Luigi Giussani, en el Congreso Internacional que la Congregación para la Doctrina de la Fe y la Congregación del Clero, organizaron con ocasión del décimo aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, utiliza esta expresión “el método de una presencia” para referirse al camino educativo que se desarrolla a partir del encuentro con Jesús. Este itinerario educativo, por un lado, ayuda a la persona a abrirse a la dimensión religiosa de la vida y, por otro, le propone el Evangelio de manera que penetre y transforme los procesos de la inteligencia, la conciencia, la libertad y la acción, para hacer de la existencia un  don de sí, según el ejemplo de Jesucristo.

23. DECAT – CELAM, “La Catequesis en América Latina. Orientaciones comunes a la luz del Directorio General para la Catequesis”, Córdoba: Ed. Trejo, 1999, Nº 150.

24.  “… Enseñé a Efraín a caminar, tomándole por los brazos… Con lazos humanos los atraía, con lazos de amor. Y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla. Me inclinaba hacia él y le daba de comer.” (Oseas 11, 3 – 4)

25. “La acogida del otro, en especial del pobre, del pequeño, del pecador como persona amada y buscada por Dios; el anuncio genuino del Reino como buena noticia de la verdad y de la misericordia del Padre; un estilo de amor tierno y fuerte que libera del mal y promueve la vida; la invitación apremiante a un modo de vivir sostenido por la fe en Dios, la esperanza en el Reino y la caridad hacia el prójimo; el empleo de todos los recursos propios de la comunicación interpersonal, como la palabra, el silencio, la metáfora, la imagen, el ejemplo y otros tantos signos, como era habitual en los profetas bíblicos.” (DGC 140)

26. Congregación para el Clero, DGC Nº 141, Roma: Editorial Editrice, 1997.

27.A la luz de las "Proposiciones" de los Padres sinodales presentadas al Papa (Nº 25 y Nº 29), CT no da todo el relieve que ellas dan a algunos lugares comunitarios dentro de la Iglesia, como lugares de Catequesis.
“La comunidad cristiana es fuente, lugar y meta de la Catequesis” (Sínodo de 1977 – proposición 25).La  CT revaloriza la comunidad parroquial, como "lugar privilegiado de la Catequesis". Y es justo hacerlo. Pero, la Proposición 28 habla de las pequeñas comunidades cristianas como lugares importantes de Catequesis (EN 58). Y la Proposición 27 dice: "De hecho, no pocas parroquias, por diversas razones, están lejos de constituir una verdadera comunidad cristiana. Sin embargo, la vía ‘ideal’ para renovar esta dimensión comunitaria de la parroquia podría ser convertirla en una comunidad de comunidades".
El DGC Nº 254 dice: “La comunidad cristiana es el origen, lugar y meta de la Catequesis. De la comunidad cristiana nace siempre el anuncio del Evangelio, invitando a los hombres y mujeres a convertirse y seguir a Jesucristo. Y es esa misma comunidad la que acoge a los que desean conocer al Señor y adentrarse en una vida nueva. Ella acompaña a los catecúmenos y catequizandos en su itinerario catequético y, con solicitud maternal, los hace partícipes de su propia experiencia de fe y los incorpora en su seno. Para fundamentar esta afirmación el Directorio pone, como nota al pie, el Nº 24 de CT, que dice: “La Catequesis, finalmente, tiene una íntima unión con la acción responsable de la Iglesia y de los cristianos en el mundo. Todo el que se ha adherido a Jesucristo por la fe y se esfuerza por consolidar esta fe mediante la Catequesis, tiene necesidad de vivirla en comunión con aquellos que han dado el mismo paso. La Catequesis corre el riesgo de esterilizarse, si una comunidad de fe y de vida cristiana no acoge al catecúmeno en cierta fase de su Catequesis. Por eso la comunidad eclesial, a todos los niveles, es doblemente responsable respecto a la Catequesis: tiene la responsabilidad de atender a la formación de sus miembros, pero también la responsabilidad de acogerlos en un ambiente donde puedan vivir, con la mayor plenitud posible, lo que han aprendido. La Catequesis está abierta igualmente al dinamismo misionero. Si hace bien, los cristianos tendrán interés en dar testimonio de su fe, de transmitirla a sus hijos, de hacerla conocer a otros, de servir de todos modos a la comunidad humana.” La definición de la comunidad como “fuente, lugar y meta de la Catequesis” aparece en las fuentes del Magisterio universal (proposiones del Sínodo del ’77) antes que en el Magisterio latinoamericano, que asumió esta definición durante la Primera Semana Larinoamericana de Catequesis (Quito, 1982) y luego en el Documento ya citado: “La Catequesis en América Latina. Orientaciones comunes a la luz del Directorio General para la Catequesis”, que es una actualización  de “Líneas comunes de orientación para la Catequesis en América Latina”

28. Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización, Instrumentum  Laboris  Nº 92, Librería Editorial Vaticana, 2012.

29. Directorio General para la Catequesis  Nº 204.

30. Cfr. Díaz Tejo, Javier “Metodología Catequística para la Iglesia de hoy” en Catecheticum, vol II, año 1999, páginas 113 y 114.

31. Frans De Vos, “Para que nuestra alegría sea perfecta”, Lomas de Zamora: Ed. La Semilla, 2002, pág. 5. Habitualmente hablamos de “metodología catequística”. Ella, siempre a la luz de la pedagogía divina, constituye el conjunto de métodos catequísticos que, con diferencias entre sí, todos reproducen los rasgos de esa pedagogía de la cual se nutren.

32. “El catequista une estrechamente su acción de persona responsable con la acción misteriosa de la gracia de Dios. La Catequesis es, por esto, ejercicio de una pedagogía original de la fe.” (DGC 138)

33. Podemos profundizar el tema de las cinco dimensiones fundamentales de la Palabra de Dios y su incidencia en la metodología catequística en “La Catequesis en la Iglesia”, Madrid: Ed. CCS, 1991, pág. 60 a 77.

34. Cfr. CT5; DGC 80-82

35. Cfr. Alberich, Emilio «Méthodes et enjeux catéchétiques », en “Lumne Vitae”, Bélgica, 44,1989, pág. 127 – 135

36. Cfr. Alberich, Emilio, obra citada,  Quito: Ed. Abya – Yala, 2003, pág. 79 y 80.

37. Cfr. Alberich, Emilio, obra citada,  Quito:Ed. Abya – Yala, 2003, pág. 85

38. Merlos Arroyo, Francisco. “Hablar de Dios con palabras humanas. Comunicación, lenguaje e inculturación de la Catequesis” en Encrucijadas de la Catequesis, Brasil: SCALA, 1998, Pág.  34 y 35

39. Directorio General para la Catequesis  Nº 109.

40. Esta expresión repite el título de la obra ya citada del P. F. Merlos Arroyo.

41. Directorio General para la Catequesis  Nº 203.

42. Cfr. EG 166

43. Cfr. EG 167

44. Cfr. EG 168

 
CAPÍTULO 3: EL KERIGMA
 

3.1. “La palabra kerigma aparece en varios pasajes del Nuevo Testamento, sobre todo en los escritos de Pablo. Un texto clásico y representativo es el pasaje 1ª Cor. 1, 21: “Puesto que la sabiduría del mundo no ha sido capaz de reconocer a Dios a través de la sabiduría divina, Dios ha querido salvar a los creyentes por la locura del mensaje que predicamos (literalmente: la locura de este kerigma).”

 

3.2. Por lo que se refiere al origen terminológico de esta palabra en lengua griega, usada para la redacción del NT, tenemos tres términos:

  • el verbo kerissein: proclamar solemnemente, anunciar en voz alta.
  • el sustantivo kerigma: anuncio, pregón.
  • el sustantivo kerix: heraldo que, públicamente, y por mandato superior transmite una noticia de interés general, indica el camino a seguir o comunica una orden vinculante.”45

3.3. El kerigma es el anuncio que afecta de modo total a quien lo recibe. Distinguimos el kerigma profético: Is 9, 5; el kerigmade Cristo: Mc 1, 14 – 25; el kerigma apostólico: Rom 1, 2 – 5 y el kerigma escatológico: Jn 14, 3.

 

3.4. “A pesar de que el anuncio del mensaje cristiano es designado también en otros términos como evangelización, testimonio…, por el contexto de los libros del NT, se deduce que, con la palabra kerigma preferiblemente se indica la primera invitación a la fe en Dios y en Jesús, Mesías y Salvador, dirigida por los apóstoles a los judíos y a los paganos, anuncio que, por su importancia, debe provocar un  profundo impacto existencial que induce a la conversión para adherirse a la voluntad salvífica de Dios. El kerigma prepara el camino para una instrucción más detallada (catequesis, didajé, didascalia), para una progresiva formación que implica un cambio de actitudes, de sentimientos y de hábitos, hasta llegar a la recepción de los sacramentos de iniciación.”46

 

3.5. El Papa Francisco en la Evangelii Gaudium afirma “cuando a este primer anuncio se le llama primero, eso no significa que está al comienzo y después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ése que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ése que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos”47.

 

3.6. “No hay que pensar que en la catequesis el kerygma es abandonado en pos de una formación supuestamente más sólida. Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada vez más y mejor, que nunca deja de iluminar la tarea catequística, y que permite comprender adecuadamente el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis. Es el anuncio que responde al anhelo de infinito que hay en todo corazón humano. ..”48

 

3.7. Subrayamos desde el principio su condición de elemento dinámico no de fase o periodo superable, como si fuese una etapa o circunstancia inicial que progresando se hubiera de abandonar. Surgido en el ámbito de la Palabra, sin embargo, es inconcebible sin el Espíritu, sin el testimonio y sin la fe. Por tanto, entra en la zona de los acontecimientos más que de los anuncios. De modo que su acontecer acompaña todos los estadios o procesos de la acción pastoral, y está, de hecho, presente en todos los ámbitos y sectores de la evangelización.


3.8. "La evangelización también debe contener siempre -como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo- una clara proclamación (esto es kerigma) de que en Jesucristo, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios" (RM 44).


3.9. En la forma que se presenta en el NT ordinariamente contiene un esquemático compendio de la vida, muerte y exaltación de Cristo. Tiene por tanto un componente de relato histórico, inserta a Jesús en la historia, partiendo de su humillación y preexistencia, y llegando a su resurrección y exaltación lo anuncia como el acontecimiento definitivo y escatológico. Los discursos de Pedro en Hechos pueden ser las mejores muestras de la forma de presentar el kerigma como proclamación de la irrupción del señorío o el reinado de Dios en la resurrección de Cristo, proclamación que se acompaña con signos, sucesos y acciones que lo manifiestan como algo nuevo, un nuevo orden, una situación distinta llena de abiertas posibilidades sorprendente. Kerigma es pues un acto, una intervención viva y actual de Dios presente por la palabra del mensajero que no se guarda nada de lo que le han dicho, (Hch 24,12) y cuya palabra es mediadora de la oferta de salvación presente en ese acontecimiento.


3.10. Es algo nuevo en su contenido: no una nueva doctrina, ni una nueva visión de Dios, ni un nuevo culto. Lo decisivo del kerigma es la acción, la proclamación. Por la proclamación del hecho viene actualmente el Reino de Dios, se hace real el evangelio. Cristo se hace presente, la Palabra de Dios se pronuncia y actúa. "El kerigma apostólico era algo más que la simple prelación de un mensaje. Pablo fue a Corinto a llevar el mensaje; pero lo específico suyo, lo que lo contradistinguiría de los demás filósofos, no era precisamente lo que había de logos en el kerigma, sino lo que había de pneuma y de dínamis". Esto que tiene de fuerza y poder del Espíritu es lo que distingue al kerigma de otros actos de palabra también presentes y necesarios en la acción pastoral y evangelizadora: la confesión de fe, la didascalía cristiana, la catequesis o la profecía carismática, el himno litúrgico, etc."Resumiendo, podríamos decir que el kerygma es la proclamación oficial y autorizada del gran hecho cristiano: Cristo presente y activo en la historia humana, para conducirla desde dentro a su salvación final". (J. Mª. GONZALEZ Ruiz, s.v. en: Enciclopedia de la Biblia, col. 838).


3.11. Podemos definir el kerygma, como el hecho dinámico y progresivo de la salvación actuada por Cristo, en cuanto proclamado desde la Iglesia, en cuyo seno se realiza visiblemente la fuerza operante del Espíritu. Es proclamado por los enviados con la autoridad de la Iglesia. El kerygma se realiza envuelto en la fuerza y la obra visible del Espíritu, que va transformando al oyente que recibe el anuncio y responde con fe.


3.12. El kerigma es para la Iglesia una de sus formas de vida y actividad esenciales, imprescindibles e insustituibles. El kerigma identificado con la predicación así entendida y junto con la administración de los sacramentos, es el servicio principal que debe realizar la Iglesia. La evangelización también debe contener siempre -como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo- una clara proclamación de que en Jesucristo, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios. Todas las formas de la actividad misionera están orientadas a esta proclamación que revela e introduce el misterio escondido en los siglos y revelado en Cristo (cf. Ef 3, 3-9; Col 1, 25-29), el cual es el centro de la misión y de la vida de la Iglesia, como base de toda la evangelización (RM 44).


3.13. Es un relato cuyo objeto es en último término todo el conjunto de la revelación divina cuyo condensado y núcleo se encuentra en el misterio pascual. El kerigma presupone la palabra de Dios y está vinculado a todo lo que esta palabra revelado de la actividad salvífica de Dios en el pasado, presente y futuro. Pero el punto central de este relato es la persona v obra de Jesucristo, la palabra de Dios encarnada.


3.14. Es un relato vinculado siempre a la historia de salvación. El kerigma se vacía de Espíritu y deja de servir a la palabra de Dios cuando se mengua o se anula esta vinculación a la historia de la salvación. Queda así protegido de toda idealización y de toda desencarnación y atemporalidad. No puede prescindir de lo singular e irrepetible del acontecer histórico, pasado y presente.


3.15. Es íntegro. Tal relato implica que el Kerigma de por sí es siempre íntegro: no ha de omitir ni añadir nada. En cuanto relato-acontecimiento, es cumplimiento de un mensaje. El que lo porta habla como embajador de Dios, condición que excluye todo modo autónomo o autocrático de hablar. El kerigma prohíbe al portador la imposición de valoraciones y exigencias propias, o su rebaja. El anuncio no es, pues, un acto original creado por el mensajero, sino que su presencia y palabra es siempre instrumental, subordinada. El kerigma está al servicio a la palabra de Dios que es quien habla en el acontecimiento.


3.16. Actualización. Si en el kerigma se da la presencialización y actualización de la palabra divina, dado que esta palabra es para el hombre palabra de la verdad y palabra de salvación, no puede permanecer en el pasado, sino que debe ser traída constantemente al presente y dicha a cada uno de los hombres.


3.17. El kerigma es público en el doble sentido de que no responde a la iniciativa autónoma del particular, pues el predicador está ligado de por vida a la misión que le es encomendada por Dios, ligado a través de Cristo, de sus apóstoles y de la Iglesia. Y como tal proclamación, por más que se pueda dar en el diálogo privado y ocasional, es actuación de destino común, no privado; está dada para todo el mundo y ante toda la creación se proclama. "A toda la tierra alcanza su pregón". Con la tarea de proclamar (Kerigma), a la Iglesia le fue concedido el poder de conservar la palabra divina (Sagrada Escritura) y dar su explicación auténtica (Magisterio). Todo esto sólo puede hacerlo la Iglesia mediante la asistencia del Espíritu Santo que le prometió el Señor. Sucesión apostólica y predicación dotada de autoridad están en esencial correlación con la función kerigmática de la comunidad y especialmente de los fieles cristianos que han sido ungidos y constituidos como profetas, mensajeros y testigos.


3.18. El kerigma tiene como fin la conversión y la fe del hombre. De forma que el hombre salvado por la fe y elevado a la vida eterna se halla al fin del camino que Dios describe en su palabra. Pero la salvación sólo se da sobre la base de la aceptación de la propia situación con un conocimiento sereno y realista. No hay predicación kerigmática atemporal ni utópica aunque siempre sea escatológica. La tarea de predicar y actuar el kerigma inmutable de Dios sólo puede ser sostenida y culminada si se intenta realizar en formas siempre nuevas, adaptadas a los diferentes tiempos. Está ampliamente extendido el reproche de que la predicación, por estar ligada a unas formas de pensamiento y expresión ajenas a la vida actual, superadas y en parte empapadas de clericalismo, no afecta al hombre de hoy.


3.19. La tarea indudablemente muy difícil de anunciar el kerigma, la palabra de Dios, al hombre de la moderna sociedad masificada y técnica exige como presupuesto ineludible poseer un conocimiento realista y objetivo del hombre y de su entorno. El kerigma no es mágico, es sacramental, no es fundamentalista, es católico y misionero. Sus portadores deben tomar en serio los problemas del hombre de hoy y anunciar el kerigma cristiano como la respuesta verdaderamente clarificadora, liberadora de y absolutamente fiel a estos problemas y situaciones. El conocimiento de la situación real del hombre actual aparece entonces como primer presupuesto pastoral para una auténtica predicación kerigmática.


3.20. Para no caer en el gran peligro de una descripción individualista, espiritualista y moralista, en el que no raras veces cayó la predicación de los últimos siglos, se debe predicar, más de lo que se hizo hasta ahora, el Evangelio como mensaje de Dios, que ofrece en Jesucristo la salvación a todo el mundo.


3.21. Sobre todo, incumbe hoy a la predicación hacer patente a los hombres,

  • frente al predominio de las ideologías (de origen social, político y filosófico) formas modernas de servicio a los ídolos, que la soberanía divina instaurada a través de Cristo es la verdadera libertad;
  • y frente al nihilismo habrá de mostrar que esta misma soberanía divina es la realidad salvífica que da pleno sentido a la existencia humana.

3.22. Sólo cuando las múltiples exigencias de la palabra de Dios vayan acompañadas, por parte del predicador, de una voluntad sincera y fraternal de convivir y conllevar las angustias, problemas y dudas del hombre actual, podrá el mismo predicador abrigar la esperanza de que los hombres vuelvan a ser capaces de oír con ánimo pronto y bien dispuesto la palabra de Dios.


3.23. Ni el presente es indiferente al kerigma ni el kerigma se desentiende del presente. Cierto que solamente se podrá hablar de predicación en el sentido del NT, cuando las palabras humanas procedan del conocimiento de la misión y la promesa dadas por Dios de una vez para siempre. Por eso, sería pretensión injustificada manejar el concepto de kerigma, como si el acontecimiento fuera manipulable y desentendiéndonos del contenido dado y atendiendo solo a las "demandas" si no a las modas.


3.24. Es posible afirmar en buen sentido que el presente constituye el texto de la predicación, como sostiene la línea empírico-crítica de la teología, pero llevado al extremo significa reducir a sabiendas la historia de salvación manifestada en la vida, palabra pasión y exaltación de Cristo al presente, y además se acerca peligrosamente al riesgo de someter la necesidad urgente y la relevancia perentoria del kerigma al capricho de los hombres o a las modas de las generaciones. Esa línea teológica tiene ciertamente razón al indicar que hoy día hay que dar testimonio del significado de Jesús dentro del contexto y del conjunto de las formas actuales de vida. Pero el dar testimonio y proclamar incluye asimismo, más allá de la exposición y el anuncio, el sufrir y el no ser comprendido, pues no es el discípulo más que su Maestro. Sólo podrá haber kerigma cuando la palabra es anunciada y vivida (cf. 2 Cor 3, 3: sois carta de Cristo). La vida es la mejor interpretación y adaptación.


3.25. Por lo que atañe a los destinatarios y a los métodos el kerigma de por sí se dirige no tanto a confirmar a los que se hallan ya dentro de la fe, cuanto al acto misionero de ir y proclamar, de salir y llevar el mensaje a los de lejos. Su ámbito más apropiado no es la propia comunidad, que es más que destinataria mediadora del kerigma y su caja de resonancia, sino la humanidad, el universo entero. A eso tiende el evangelio. Es una proclamación que tiene lugar públicamente y a todos se dirige. Aunque se proclame en el interior del culto, su destino no es la asamblea litúrgica allí convocada a pesar de que muchas veces tome la forma de monólogo ante un auditorio eclesial y sociológicamente cerrado.


3.26. Por otra parte el kerigma no está vinculado exclusivamente a las formas o métodos de comunicación que son usuales hoy. Ciertamente puede y de hecho se lleva a cabo mediante todas las formas en uso: la proclamación, el diálogo, el relato, la información, la enseñanza, etc; pero aun parece que no hemos prestado suficiente atención a formas de comunicación potenciadas por los nuevos medios. A nuevos areópagos (RM 37), nuevos modos de kerigma. En todo caso, una realidad tan indisolublemente ligada al testimonio y a los" signos" o acontecimientos concomitantes, no puede prescindir de la presencia y cercanía personales. De ahí que el anuncio tenga que prepararse por una larga etapa de prestar atención al oyente, al lugar y a las circunstancias y conveniencias metodológicas que en cada caso son tanto más adecuadas al anuncio expreso. "En este sentido, hay que reflexionar sobre la importancia histórico salvífica de un desarrollo, en el que, gracias a las técnicas electrónicas de información, se hace posible la simultaneidad global de las experiencias, y un alcance de la información, que llega hasta a penetrar en los hogares, cosa apenas imaginable hace solo unos pocos decenios" (L. COENEN, S.V. Mensaje, en DTNT, Salamanca 1983, p. 66).


3.27. La RM en su capítulo V, n° 44 ha dado indicaciones preciosas sobre el modo y condiciones del primer anuncio o kerigma. En la compleja realidad de la misión, el primer anuncio tiene una función central e insustituible, porque introduce "en el misterio del amor de Dios, quien lo llamó a iniciar una comunicación personal con él en Cristo (AG 13) y abre la vía para la conversión".


3.28. Algunas dificultades especiales se presentan hoy para el kerigma. Pero precisamente por su novedad y su diferencia y trascendencia el kerigma no es de esta tierra ni es tierra, es semilla, es diferente y germinal. Proclamar y testimoniar esta buena noticia no es hoy fácil a causa de la increencia moderna, del auge de los sustitutivos religiosos y del crecimiento de algunos fenómenos sectarios religiosos.


3.29. La proclamación kerigmática está siempre acompañada y necesitada del compromiso y el testimonio. La revelación de Dios, que se condensa en el kerigma se cumple "por hechos y palabras íntimamente trabados entre sí" (DV 2), de tal modo que las obras corroboran la doctrina y las palabras proclaman las obras. También la EN afirma que Jesús evangelizó mediante la predicación infatigable de una palabra (EN 11) y por medio de innumerables signos (EN 12) o acciones. Es cierto que el primer significado de kerigma es proclamación verbal de un mensaje (EN 42), pero se ha de acompañar del testimonio de vida (EN 21, 41, 76, 78) y de la indispensable acción transformadora (EN 4), asistencial o liberadora (EN 30).Si el objetivo del kerigma es la conversión y la fe, se ha avisar siempre que esta conversión implica cambios personales y sociales. El mensaje busca dar sentido y luz a la totalidad de la existencia humana encarnada y de índole social y comunitaria.


3.30. El respeto y ejercicio del pluralismo lleva consigo una fuerte apuesta por la inculturación del kerigma que significa y promueve una íntima transformación de los auténticos valores culturales por la integración del todos ellos en el cristianismo. Reconozcamos que en la sociedad tecnificada y secularizada actual, la fe cristiana para muchos es "una opción más". Si ya no vivimos en ámbito de mayorías "culturalmente" cristianas o católicas necesitaremos cambiar muchos lenguajes, formulaciones, vías de penetración, con los consiguientes respaldos de complejos y prejuicios que hasta aquí nos han condicionado.


3.31. Exigencia de la actualidad del kerigma es por lo tanto la asunción de la realidad social en la que se proclama. Es decir que para hacer efectiva y entendible su proclamación el cristiano heraldo ha de estar atento a la situación personal, social y política de los hombres en la sociedad concreta que escucha su clamor. Y sabrá que le ha precedido el poder del Espíritu pues descubre, con ojos de fe, el desarrollo de la obra de Dios en la acción de los hombres. El mensaje aunque se encuentra fijado en la Escritura, está por así decir como anticipado en múltiples facetas de la vida humana. "Al anunciar a Cristo a los no cristianos, el misionero está convencido de que existe ya en las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte" (RM 45).


Bibliografía  citada y consultada:
Gabriel Castro Martínez: 
http://www.mercaba.org/Pastoral/K/kerigma.htm
Fernando González, Centro Nacional de Catequesis de Costa Rica.
 http://www.cenacat.org/uploads/que_es_el_kerigma.pdf
L. COENEN. Mensaje, en DTNT, Salamanca 1983, p. 66.
J. Mª. GONZALEZ Ruiz,  Enciclopedia de la Biblia, col. 838.
X. MORLANS, El primer anuncio. El eslabón perdido, Cuadernos AECA, PPC, Madrid, 2009

 

45. Cfr. Xavier Morlans, “El primer anuncio. El eslabón perdido”, Cuadernos AECA, PPC, Madrid, 2009

46. Cfr. Xavier Morlans, “El primer anuncio. El eslabón perdido”, Cuadernos AECA, PPC, Madrid, 2009.

47. EG 164

48. EG 165

 

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